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El asesinato de la familia Clutter ocurrió en las primeras horas del domingo 15 de noviembre de 1959. Siete años después, la publicación de A sangre fría convirtió ese episodio sangriento en una referencia ineludible de la literatura del siglo veinte. El estadounidense Truman Capote (1924-1984) comprendió que detrás de las noticias dispersas sobre un crimen tan absurdo y desalmado se agazapaba una historia capaz de revelar los mecanismos más complejos de la violencia, la fascinación pública por el delito y las ambiguas relaciones entre un escritor y sus personajes. Difundida a partir de ese libro, la etiqueta de "novela de no ficción" terminaría por eclipsar un antecedente esencial: Operación masacre (1957), del argentino Rodolfo Walsh, verdadero punto de partida de una tradición que modificó la manera de contar la realidad.

A sesenta años de la aparición de A sangre fría, que se lanzó en forma de libro en enero de 1966 al cabo de su paso como una serie dividida en cuatro partes en la revista The New Yorker entre septiembre y octubre de 1965, resulta imposible desligar el libro de la transfiguración que provocó en el encuentro entre literatura y periodismo. Capote localizó en la tragedia de Holcomb una materia que exigía herramientas distintas a las del reportaje convencional y distintas también a las de la novela tradicional:

El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman "allá". A más de cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como el del desierto, tiene una atmósfera que se parece más al Lejano Oeste que al Medio Oeste. El acento local tiene un aroma de praderas, un dejo nasal de peón.

El propósito del autor oriundo de Nueva Orleans consistía en reproducir los hechos con exactitud documental y a la vez conferirles la hondura psicológica y la arquitectura narrativa que hasta entonces parecían pertenecer únicamente al terreno de la ficción. El fruto fue una obra que amplió el horizonte de generaciones enteras de cronistas y novelistas, aunque la semilla de esa indagación hubiera sido plantada nueve años antes por Walsh en la reconstrucción de los fusilamientos clandestinos de civiles perpetrados por la autodenominada Revolución Libertadora en junio de 1956 que dieron origen a Operación masacre.

Cuando la mañana del lunes 16 de noviembre de 1959 leyó en The New York Times una breve nota sobre el asesinato de Herbert Clutter, su esposa Bonnie y dos de sus hijos adolescentes, Nancy y Kenyon, Capote percibió de inmediato que el caso encerraba un relato excepcional. Antes de que los responsables fueran identificados, viajó a Kansas para observar el entorno donde se había llevado a cabo el multihomicidio. Lo acompañaba Harper Lee (1926-2016), amiga de infancia y futura ganadora del Premio Pulitzer por Matar a un ruiseñor (1960). La presencia de Lee fue fundamental desde los primeros días: su carácter abierto y su facilidad para vincularse con los habitantes de la región compensaron el fulgor excéntrico y sofisticado que irradiaba Capote. Gracias a ella comenzaron a abrirse numerosas puertas para que los testimonios fluyeran con una naturalidad que de otro modo habría costado más trabajo obtener.

La investigación se prolongó a lo largo de seis años y fue acumulando una enorme cantidad de materiales. Capote entrevistó a familiares y testigos, abogados y agentes de policía. Escuchó rumores, examinó documentos y rehizo con enorme prolijidad la vida cotidiana de una comunidad que había visto alterada para siempre su sensación de seguridad. El escritor detectó muy pronto que la historia no concluía con las víctimas: también debía internarse en la biografía de quienes habían cometido los crímenes.

Fue entonces cuando surgió la figura problemática de Perry Smith. Entre el escritor y el condenado que cargaba con una dura infancia a cuestas se fincó un nexo de una intensidad inesperada que tiempo después se repetiría de otra manera entre Emmanuel Carrère y el multihomicida francés Jean-Claude Romand según atestigua El adversario (2000), la novela de no ficción que cambió radicalmente la trayectoria de Carrère. Capote halló en Perry a un hombre solitario y lleno de contradicciones, dueño de una imaginación viva y una sensibilidad que coexistía con actos de una brutalidad extrema. A medida que avanzaban las entrevistas, el interés intelectual se mezcló con una cercanía emocional cada vez más difícil de gestionar. Perry dejó de ser sólo un personaje dentro de una investigación para pasar a ser una persona cuya suerte afectaba salvajemente al investigador.

Tal situación colocó a Capote en una posición particularmente intrincada. Necesitaba seguir el proceso judicial hasta sus últimas consecuencias para concluir el libro. Cada apelación retrasaba el desenlace y mantenía suspendida tanto la vida de los condenados como la escritura de la obra. Durante ese extenso periodo Capote visitó a Perry Smith y Richard Hickock en prisión, atendió el progreso de los recursos legales y aguardó una resolución decisiva que parecía aplazarse indefinidamente. Cuando ambos criminales fueron ejecutados el 14 de abril de 1965, el manuscrito pudo cerrarse. También quedó en el escritor una marca anímica de la que nunca se podría desprender por completo.

La publicación de A sangre fría concedió a Capote una celebridad de dimensiones inéditas. El libro fue recibido como una demostración de que los hechos verídicos podían cobrar una potencia literaria comparable a la de las grandes novelas. El éxito, no obstante, tuvo un costo cuantioso. La convivencia prolongada con la violencia, la proximidad con los asesinos y la presión derivada de la escritura imprimieron una huella indeleble en el autor. Buena parte de los años posteriores estuvo signada por el apuro de dar con un proyecto capaz de igualar la magnitud de la empresa detonada por el multihomicidio de Holcomb.

Cuatro décadas después, la magnífica película Capote (2005) de Bennett Miller logró internarse en el laberinto íntimo del proceso creativo. La interpretación casi sobrenatural de Philip Seymour Hoffman aprehendió a la perfección el conflicto interior que acompañó al escritor durante la confección de su obra maestra. Lejos de presentar a Capote como un observador imperturbable, la cinta exhibe a un hombre atrapado entre la curiosidad y la empatía, entre la ambición artística y el afecto de bordes amorosos desarrollado hacia Perry Smith. En esa tensión radica una de las claves para comprender el vigor imperecedero del libro.

Sesenta años después de su aparición, A sangre fría continúa siendo un puntal indispensable para entender y explorar la reelaboración de la realidad a partir de sus posibilidades narrativas. Su influencia alcanza a innumerables cronistas, escritores y periodistas que han visto en sus páginas la constatación de hasta dónde puede llegar la literatura cuando se acerca a los hechos sin renunciar a sus instrumentos expresivos. Este aniversario ofrece a la par una oportunidad para recordar que el camino dio inicio antes en Operación masacre, donde Rodolfo Walsh abrió una senda que Truman Capote recorrería con una visibilidad sin precedentes. Entre ambos libros se trenza una de las aventuras más apasionantes de la literatura moderna: la tentativa de retratar fielmente el mundo que nos circunda con la diversidad, la profundidad y el voltaje que por mucho tiempo se consideraron patrimonio exclusivo de la ficción.


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