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Alma Guillermoprieto encontró en la danza la resistencia física que le permitió hacer durante más de medio siglo el periodismo de a pie, un oficio que considera "de jóvenes" y que hoy deja a éstos, con crónicas y reportajes publicados en New Yorker, The Guardian, The New York Review of Books, The Washington Post o National Geographic, que le han valido reconocimientos como los premios Ortega y Gasset por trayectoria, en 2017, o el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, en 2018.

"Fui bailarina de danza contemporánea, entrené con Martha Graham y Merce Cunningham; eso me dio una resistencia física que me ha permitido hacer lo que hago, que físicamente es muy agotador y que es un oficio de jóvenes, que yo estoy dejando apenas ahora", comenta a propósito del último de sus libros periodísticos que publica, Esta improbable tierra prometida. Historias de América en este siglo (Debate, 2026), la tercera entrega tras Al pie de un volcán te escribo y Desde el país de nunca jamás.

Ya en los agradecimientos al final del volumen, señala que: "Este será mi último libro de reportajes que publique, pues he ejercido un oficio de jóvenes mucho más allá de lo que me correspondía. Va dedicado a los reporteros que sé que existirán en el futuro, porque a pesar de las dificultades y los peligros sin fin, este es un oficio irresistible, y porque todos saben que, aunque no nos quieran, hacemos falta".

Aunque reconoce en la entrevista que no es optimista a corto plazo sobre el futuro del periodismo y ni siquiera sobre la supervivencia de la especie humana, en el largo plazo, de sobrevivir ésta, cree que los periodistas volverán a ser indispensables, porque las redes o medios sociales no son fuentes confiables.

"Y una sociedad necesita fuentes confiables de información", apunta Guillermoprieto (Ciudad de México, 1949), que ligado a ello considera "imperdonable" que sea probable que los padres de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, uno de los capítulos del libro, nunca sabrán la suerte que corrieron sus hijos, a 12 años de su desaparición, el 26 de septiembre de 2014 en Iguala, por tanta "basura" en ese caso.

Y al preguntar sobre el manejo del gobierno de Andrés Manuel López Obrador del caso Ayotzinapa, que retrata en el artículo titulado "Los 43", confiesa y expone por qué la decepción no fue tanta al respecto.

"En su trayectoria, López Obrador no destaca como un gran defensor de derechos humanos", apunta.

Y se lleva la mano a la frente y cierra los ojos cuando escucha que Alejandro Encinas, ex subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migración en el sexenio de López Obrador y representante de México y del gobierno de Claudia Sheinbaum ante la Organización de Estados Americanos (OEA), se abstuvo de votar una resolución contra la larguísima dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua, país cuya historia también resuena, incluso con cierto "rencor", en las páginas de su libro.

Admiradora de Kung Fu Panda y Blade Runner, que valora como las mejores películas, y paciente con este reportero que cargaba cuatro grabadoras para no perderse sus palabras y que abusó de su tiempo, se sorprende cuando se le comenta que en la literatura y el cine de ciencia ficción no hay periodistas.

"Es verdad. Pero es increíble la capacidad que tuvieron los escritores de ciencia ficción de ver el futuro. Y ya en Blade Runner hay lo que está pasando hoy: que los robots también quieren ser humanos", dice.

La compilación reúne textos de su actividad como reportera en América Latina publicados en medios estadounidenses y europeos en lo que va del siglo, divididos en cuatro secciones: "De demonios y dolor"; "De gobernantes y rebeldes"; "Héroes", y "Belleza y fe", donde aborda a personajes como el pederasta Marcial Maciel, gobernantes como Hugo Chávez, Evo Morales o dictadores como Daniel Ortega, aunque relatos en torno a personajes como la fotógrafa Claudia Andujar, la chef de comida mexicana Diana Kennedy o la persona real detrás de la nana en la película Roma, de Alfonso Cuarón.

El artículo más reciente, "La invasión sorpresa de Venezuela", publicado el 26 de enero pasado en El País Semanal a propósito del ataque militar que el 3 de enero Estados Unidos lanzó contra Venezuela para secuestrar a Nicolás Maduro y llevarlo preso a Nueva York, sirvió a la periodista para hablar de Donald Trump, al que define como "psicópata", y destacar la amenaza que se cierne en América Latina.

"A partir de ese momento, cualquier gobierno débil es un gobierno vulnerable, totalmente vulnerable", advierte Guillermoprieto, aunque descarta que México tenga un gobierno débil, al ser "un paisote".

La charla se abre con risas de sorpresa de Alma Guillermoprieto por la cantidad de grabadoras ante ella.

Gracias a tal despilfarro, el premio Princesa de Asturias 2018 relata un par de anécdotas sobre el oficio.

"Yo tampoco usaba grabadoras, hasta que me di cuenta de que ya no estaba ahí. Yo escribía mis notas tan rápido y con tanta exactitud, que los colegas checaban conmigo si habían sacado el entrecomillado bien. Y, de repente, me di cuenta de que ya estaba yo lenta y poco exacta y que no alcanzaba a leer mi letra. Y empecé a grabar", comenta sobre el rechazo de Gabriel García Márquez al uso de la grabadora.

"A mí se me borró una grabación (y creo que no fue la última vez, hay otras por ahí) con Hugo Torres (1948-2022), que era un guerrillero sandinista, al que Daniel Ortega y Rosario Murillo metieron a la cárcel y lo dejaron morir. Conseguí una entrevista con él, porque aparte era muy guapo, y me dije: 'Bueno: Voy a entrevistar a Hugo Torres'. Y después de una hora de entrevista, checo y ni una palabra (grabada). Y él me dijo: 'Mira, cuando nosotros vamos al combate, siempre probamos el arma'", cuenta.

Tendré que empezar por el final de Esta improbable tierra prometida y su despedida ¿Cómo que deja esto para una nueva generación?

Absolutamente. Primero, porque el mundo está cambiando a una velocidad que yo no alcanzo a seguirle el paso, creo que nadie alcanza a seguirle el paso, pero los jóvenes por lo menos nacen, son nativos de este mundo nuevo. Si no fuera por otra razón, hay que dejar el camino. Y, por otro lado, siempre he hecho reportería de a pie, no he sido reportera ni de conferencias de prensa ni de investigación, que se trata principalmente de documentos. No, yo he sido reportera de a pie, de calle y de caminar muchísimo. Y eso es un oficio para jóvenes, obviamente.

Sus artículos tratan mucho de Historia. ¿Cuál es la diferencia entre crónica e Historia?

Son muchas. Yo tomo fotos de un instante de la historia, considero que eso son mis textos. No es la historia de América Latina; es la constancia de ciertos momentos que ocurrieron y que presencié. Por eso he caminado tanto. Por otro lado, la historia puede estar bien o mal contada. Pero, para mí, un objetivo tan importante como la reportería y la exactitud, es, como decía García Márquez, echar el cuento bien contado. Eso es imprescindible, porque si no, ¿quién va a leer un texto de estos 25 años después? Si no son textos o dramáticos o conmovedores, o que dan risa, o que provocan alegría o un poco de fe, ¿quién los va a leer?

En estos artículos, ¿no cree que hay un poquito de crueldad actualizándolos con sendas posdatas? Me refiero a que nos presenta una crónica de algo muy terrible, por ejemplo la matanza de El Salado en Colombia, o la situación en Nicaragua, y uno quisiera ver en la posdata que algo cambió, pero no, en realidad es otra puñalada ahí.

Es otra apuñalada. Uno de los temas del libro es una pregunta que me he hecho desde la segunda colección realmente: ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo cambiar? ¿Qué podemos hacer para que nuestro futuro sea diferente a nuestro pasado? No lo sé, no sé la respuesta. Pero la pregunta me escarba constantemente. ¿Por qué no cambiamos? Porque las cosas a veces son peores de lo que eran cuando yo pensé que estaba escribiendo algo terrible, y ahora es peor. Esa es una pregunta central del libro.

Si usted no tiene la respuesta, que se involucró desde lo más profundo, ¿quién la puede tener?

Es difícil, porque somos el resultado de una conquista y colonización espantosas. Que ahora padecemos una nueva conquista y colonización como nunca Estados Unidos la había ejercido. Y esas conquistas y colonizaciones nos han dejado también la desigualdad, el racismo, el clasismo, la corrupción como constantes de nuestra vida. No sé qué es lo que se puede hacer para cambiar institucionalmente eso. Me parece que los cambios importantes han venido fuera de las instituciones.

"Tengo un librito que se llama ¿Será que soy feminista? Y las mujeres, que por casualidad somos la mitad del mundo, cuando cambiamos nosotras cambia la mitad del mundo. Eso es importanteísimo. Las mujeres están produciendo los cambios y los movimientos de protesta más significativos, que no son protestas feministas; son protestas porque aparezcan los desaparecidos, porque haya justicia, alimento para los niños, porque se protejan los ríos y los bosques. Son las mujeres las que están al frente de esos movimientos. Es interesante, no sé qué signifique, pero los movimientos sociales sirven para algo".

En su artículo sobre Claudia Andujar comenta que su libro de fotografía es el reflejo del Amazonas. Esta improbable tierra prometida, ¿de qué son reflejo esas crónicas y reportajes?

De mi vida. Es una autobiografía involuntaria de lo que vi, de lo que viví y principalmente de los males de la violencia y la desigualdad que nos aquejan. Principalmente, digo, porque hay otras cosas: está Monseñor Óscar Arnulfo Romero, Claudia Andújar, Alfonso Cuarón. También está lo que yo creo que perdura, que es la belleza, la preocupación por la belleza, el alivio que dan la belleza y la fe.

En el artículo "El soberano arte del tamal" es notorio el placer que le provocó a usted escribir sobre Diana Kennedy y sus recetas de comida mexicana. ¿Cómo se cocina una crónica o reportaje de Alma Guillermoprieto? ¿Cuáles son sus ingredientes secretos?

Dedico por lo menos el 30 por ciento de mi tiempo, y puede ser bastante más, a la primera parte de un texto, porque si los lectores se aburre después del primer párrafo, ahí nos amolamos. Mis principios, mis entradas, me llevan horas. Y como soy todavía de las que imprimo, al final del día hay una cantidad de papel desperdiciado impresionante. Esa es una cosa que hago sistemáticamente. Igualmente, reporteo hasta que sé que tengo un personaje que me lleve al final; si ya tengo la entrada y el final, lo único que debo hacer es caminar desde la entrada al final. Si no tengo el final, no sé para dónde voy.

"Me uso a mí misma como un instrumento, como un avatar de la lectora o el lector. Y trato de usar sistemáticamente todos los sentidos: el olfato, el oído y la vista, obviamente, pero también el tacto, para facilitar que esos lectores entren al texto como si fueran yo. Eso me importa mucho, porque es la realidad a la que quiero que entren, que percibo. Y quiero ser siempre muy honesta con los lectores: esto es lo que yo vi, no estoy diciendo que esto es la verdad universal, es lo que me tocó a mí vivir".

¿Es la razón por la que sus artículos están como en primera persona, casi con usted como personaje?

Yo diría que no estoy como personaje y que no estoy ni siquiera como primera persona. Diría que yo estoy como narradora, que es diferente. Sí, esa es la razón. Soy yo la que les estoy contando este cuento, pero no soy la protagonista de este cuento. No soy primera persona. No hay personaje de soja. No estoy yo participando en.

En la cuestión ética, ¿cómo se siente cuando, por ejemplo, habla con un niño sicario, un dictador, o, por el otro lado, cuando habla de la nana de Alfonso Cuarón, Liboria Rodríguez, a quien interpreta Yalitza Aparicio como la Cleo de Roma?

Me siento exactamente igual que cuando estoy platicando contigo. Una cosa que me ha importado mucho a mí es la invisibilidad de nosotros, los latinoamericanos, salvo los presidentes, que me interesan poco, a no ser un personaje como Evo Morales, que luche, no te imaginas cuánto para poder entrevistarlo y que al final lo tuve que acorralar así, porque se me quería ir por un ladito; estaba de candidato apenas en ese momento. No me interesa tanto hablar con los que tienen el poder, porque sabemos ya lo que van a decir y podemos esperar que nos mientan, porque es parte de su oficio.

"Me interesa la gente que nunca ha tenido la posibilidad de hablar." Y esos presos sicarios o probables sicarios ---porque no han ido a juicio después de años, no han tenido la posibilidad de hablar o de ser descritos o de que su existencia sea reconocida como algo más que alguien que apunta una pistola---, son para mí casi lo último de lo último de lo último de lo olvidado, y por eso me han interesado".

Y, en el caso de la gente poderosa, presidentes, ¿no es justamente el reto lograr que en una entrevista digan la verdad? Recuerdo la historia de Gareth Jones y su entrevista con Adolf Hitler.

Ah no, por supuesto. Por un lado, hay muchísima gente que ha hecho esas entrevistas, no lo siento tan necesario; y, por otro lado, creo que ahí me inhibió también el hecho de ser mujer, porque como mujer, en la época en la que he trabajado, nunca he tenido acceso al Club El Nogal o al no sé adónde se van a desayunar los políticos con los periodistas que son sus cuates o un poco sus cuates. Yo nunca he tenido un cuate político. Y, por otro lado, me da también cierta cosa, sí, como ñañaras, lo reconozco. Pero la limitación de acceso que teníamos las mujeres era un factor sin duda alguna.

Hay poderes muy visibles y otros no tanto, que no podemos negar. En sus crónicas de Colombia habló con gente poderosa, que no aparecía: guerrilleros, paramilitares, gente muy poderosa.

Los jefes guerrilleros, sí, claro, no aparecen. A Fidel Castaño también lo perseguí. Dios mío, Fidel Castaño me interesaba muchísimo porque era un personaje literario, se creía poeta, leía y escribía libros. Y por fin conseguí la entrevista. Por fin, por fin. Y ahí tenía que ir a Medellín, cambiar de aeropuerto al aeropuerto chiquito de Medellín y ahí tomar una avioneta que me iba a llevar al lugar donde me iba a encontrar con él. Y en ese aeropuerto, me llegó el mensaje de que no, siempre no.

"También, creo: ¿Y si yo hubiera sido hombre? (Omar) Torrijos. Torrijos habló por teléfono conmigo 45 minutos de la manera más grotescamente seductora, entre comillas. Y creo que él se dio cuenta de que conmigo no iba a ser divertida la entrevista. Y cuando me la suspendió, cuando yo ya iba también camino al aeropuerto para ir a su isla donde él pasaba su tiempo, me canceló, y dije: Uf, qué alivio. Sí, he pensado poco en lo que significó ser mujer frente al poder, pero creo que sí es un factor importante".

Justo en estos días se recordaba el encuentro de Oriana Fallaci con Jomeini (septiembre de 1979), cuando se quitó el chador, lo que provocó la ira del ayatolá, que cortó la entrevista.

Cuando (Fallaci) se quitó el trapo.

Así es. ¿Es también el miedo a una mujer periodista? ¿Usted lo ha enfrentado?

Posiblemente, posiblemente. El primer trabajo que tuve en la vida fue como mesera. Durante muchos años fui mesera en Nueva York. Y era un restaurante libanés que se llamaba Los Cedros de Líbano, en cuyo refrigerador general había una señora, que era la mamá del dueño, que vigilaba las porciones que sacábamos. Y al final del primer día me despidió. Mi primer día de trabajo, me despidió. Y me dijo "No me gustan las mujeres inteligentes (No me gustan las mujeres inteligentes)". Eso es un factor, siempre, muchísimo menos ahora, pero sí es un factor.

¡Qué irónico que haya sido una mujer!

Sí, que haya sido una mujer la que me lo dijo; de frente, por lo menos.

En su libro aparecen varias mujeres, desde Rosario Murillo hasta Liboria Rodríguez, Diana Kennedy o Claudia Andujar. ¿Cómo ha sido el periodismo para usted ante estos personajes femeninos? ¿Cómo lidia con los prejuicios?

En el proceso de escribir ¿Será que soy feminista? fui reevaluando mi propia vida. Y dije: "Caray, ¿cómo no me di cuenta?" Llevaba años diciendo: "No, nunca he sentido la discriminación. No, eso a mí no me afectó". ¡Qué mentira más grande! Mi editor decía: "Tú no estás feliz sino hasta que metes en tus crónicas a una mujer campesina, indígena, que baja al río por agua y sube una colina inclinada con la jarra de barro llena de agua pesada subiendo por la loma y cantando". Algo de eso hay. Querer meter a las mujeres al escenario. Llenar ese 50 por ciento de vacío que hay en tantas crónicas periodísticas.

Respecto a Rosario Murillo, Sara Sefchovich hace unos años me decía, a propósito de su libro Vida y milagros de la crónica en México (Océano, 2017), que las mujeres dejaron de ser solamente víctimas y ahora son también verdugos. ¿Cómo ha vivido usted eso?

Pues, concretamente, Rosario Murillo es un ejemplo. Tú dices que yo uso mucho la primera persona, lo que pasa es que soy muy vieja, entonces he visto muchas cosas de primera mano. Conocí a Rosario Murillo en 1978. O sea, ni siquiera había triunfado la Revolución Sandinista. Y conocí a una muchacha bonita, muy bonita, que era un poco la que le manejaba la prensa a Daniel Ortega, que era el jefe de prensa en Costa Rica del Frente Sandinista. Ver cómo esa mujer se fue labrando su camino de verdugo fue súper interesante. Y sí, ahí entra un rencor personal mío de lo que ha hecho con lo que alguna vez fue un sueño. Pero también es la posibilidad de retratar eso de decir: No somos más santas que ustedes los hombres. ¿Por qué habríamos de serlo? Queremos igualdad de derechos, igualdad de oportunidades, pues nos tocó también igualdad de hijas de la fregada.

En los textos en que rinde homenajes al periodista mexicano Javier Valdés, asesinado el 17 de mayo de 2017, y al arzobispo de El Salvador Óscar Arnulfo Romero, también asesinado, el 24 de marzo de 1980, se nota mucho dolor en usted. ¿Cómo se involucra personalmente con la gente de sus artículos? ¿Cómo marca distancia?

Con Javier, obviamente era amigo mío. Hay un libro muy bonito sobre Javier que son, no sé, 20, 30 personas escribiendo sobre él, pero si ves, la que marca más distancia soy yo. Quizás leyéndolo no es tan posible adivinar que lo adoraba, me parecía fantástico, porque las normas del periodismo estadounidense exigen eso, una distancia que no es la de los textos maravillosos de otros amigos que casi lloran en la página. Sin embargo, las autobiografías involuntarias no pueden negar la emoción. A monseñor Romero también lo conocí, lo traté, y también pensé: "Ya lo van a matar, ya lo van a matar". Y ahí yo recuerdo que mi editor sí me tuvo que quitar adjetivos porque perdí la distancia.

"Es un texto que en cierta manera está colado en el libro porque a monseñor lo mataron en 1980, pero el texto por alguna razón salió en este siglo. Dije: "Bueno, va de colado". Me parecía importante hablar sobre él después de Marcial Maciel, que es un monstruo, de todos los monstruos, mexicano, mexicanísimo, el papá michoacano que lo manda a que se haga hombre, a que lo violen; después de eso, me parecía como necesario decir que hay este otro lado de la iglesia, que fue monseñor Romero".

Pero con Javier Valdés usted hace un truquito ahí para poder hablar de él, digamos, de su lado negativo, entre comillas. Toma las palabras de su esposa. ¿Cómo logra estos oontrapuntos?

A veces me hacen regalos, de verdad. Sobre todo, con alguien como Javier, que era tan desmadre, tan jolgorioso, tan vanidoso, no me interesaba poner un santo, porque era lo más alejado de un santo, pero cuando su esposa dice que era el más imperfecto de los seres humanos, de veras se lo agradecí, porque yo no tenía la información sobre él que tenía ella, obviamente, y que ella lo dijera, me permitía decirlo con autorización y con credibilidad, porque yo no tenía la información como para completar ese perfil. Evo Morales, por ejemplo, que es un ser muy complejo y que creo que hizo algo muy grande por Bolivia y después fue el desastre, ahí lo puedo contar mucho más fácilmente porque lo acompañé, lo vi en sus persecuciones de las mujeres, sus borracheras, su indisciplina, todo eso me tocó verlo. Yo puedo hablar con más autorización de Evo Morales, pero de Javier Valdés, pues se me dio ese regalo.

¿Cómo lidia con la censura? Por otro lado, el periodismo en EU tiene oficinas de verificación.

Los medios tienen; cuando yo empecé, New Yorker, National Geographic, tenían. Ahora todo el mundo tiene, porque cualquier persona que se sienta víctima puede montar una demanda legal y arruinar. Donald Trump puede ganar una demanda legal, de las muchas que le ha hecho al New York Times, y se acabó el New York Times. Asimismo, la censura allá es más sutil. Tuvimos que pelear mucho para que se le pudiera decir rebeldes a los sandinistas durante la guerra, obviamente no ahora. Pero es ese tipo de censura de palabras. Y más peligrosa es la autocensura. Y la autocensura sé que la ejercí muchísimo en los primeros dos años, sobre todo con los sandinistas, no contaba nada malo de ellos y me parecía que alguien que los criticara era un ser malvado. Esa desilusión y esa capacidad de escribir críticamente sobre algo que básicamente me pareció bueno durante mucho tiempo fue un parto.

Parafraseando a Marx, hay un fantasma que recorre su libro: Trump y EU. ¿Qué son Trump y EU en relación a este espejo que nos pone a Latinoamérica en Esta improbable tierra prometida?

Hay un solo texto, que también fue de alguna manera un regalo para mí, aunque no para el mundo, ni para Venezuela, ni ciertamente para Nicolás Maduro. Hay un texto, el más actual, del 3 de enero, que salió unas semanas después, que es insólito para una crónica. Pero fue un regalo en el sentido que me permitió actualizar el libro y hablar de Trump, y hablar de Donald Trump en el momento más determinante de su historia con América Latina. A partir del momento en que extrae a Maduro de su escondite en un cuartel militar en que nadie alza un dedo meñique para defenderlo y mueren 20 cubanos que no estaban enterados de lo que había que hacer, a partir de ese momento, cualquier gobierno débil es vulnerable, totalmente vulnerable. México no es un gobierno vulnerable porque es un paisote, con una culturota y un ejército, no sé cuál será la palabra, pero entre otras cosas, nacionalista.

Tampoco le interesa a Estados Unidos tener un conflicto al lado, pienso.

Donald Trump no es Estados Unidos. Donald Trump es un psicópata que ha llegado al poder y que no saben cómo deshacerse de él. No es Estados Unidos en el sentido de que el 38 por ciento del electorado, sí mucho, siga apoyándolo, sí mucho.

Ayotzinapa. ¿Que le deja haber escrito sobre Ayotzinapa con tres gobiernos que han pasado ya? ¿Cuál es su lectura ahora de qué pasó con Ayotzinapa, cuando en tres gobiernos, con dos diferentes partidos, dos tendencias políticas, han hecho prácticamente lo mismo ante Ayotzinapa?

En primer lugar, es la única vez en el libro que me apoyo mucho en textos, en los informes del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI); en los abogados de los padres, y en el informe maltrecho que hizo la comisión supervisora con Encinas, y el expediente jurídico. Me apoyé mucho en eso porque no veía otra manera de limpiar tanta basura que se le ha ido acumulando al caso Ayotzinapa. Y me parece que nunca vamos a saber, los padres de familia nunca van a poder saber qué suerte han corrido sus hijos. Y eso me parece imperdonable. Y me parece que Ayotzinapa es un solo caso de cientos de horrores que se han cometido, de masacres, desapariciones en este país.

"Pero, gracias a los padres, por lo menos sabemos decir la palabra Ayotzinapa. Y cuando alguien dice: Los 43, pensamos en 43 muchachos. Más que eso, no soy optimista. Han pasado demasiados años; aunque hubiera un gobierno que quisiera realmente explicar todo lo que pasó, está muy enlodado el caso. Y en el expediente podemos seguir el trayecto de 22 muchachos esa noche espantosa hasta su detención. Pero son 43 desaparecidos. ¿Qué pasó con los demás? Es espantoso. Es un hoyo negro pero menos negro que de las otras familias que tienen a sus hijos, a sus esposos, a sus hermanos desaparecidos y no saben ni siquiera eso. Pensar en un país lleno de buscadores de hijos es terrible".

¿Tenía alguna esperanza de que López Obrador fuera diferente ante el caso Ayotzinapa? En su crónica me parece que siente usted una decepción al escribir, por el bandazo que dio AMLO.

Sí, pero no fue tan grande, porque en su trayectoria López Obrador no destaca como un gran defensor de derechos humanos. Eso es lo que puedo decir.

Algo más agradable. Fue bailarina. ¿De qué le sirvió ser bailarina para ser periodista?

Fui bailarina de danza contemporánea, entrené con Martha Graham y Merce Cunningham; eso me dio una resistencia física que me ha permitido hacer lo que hago, que físicamente es muy agotador y que es un oficio de jóvenes, que yo estoy dejando apenas ahora Y me dio una cierta capacidad para seguir cuando estoy muy cansada, que es algo que tienen en común con los atletas. Me decía una fisioterapeuta que la danza enojaba muchísimo, tenía razón: es un ejercicio de alto rendimiento. Pues sí.

Y que debe levantarse si cae ¿Le ha pasado que su trabajo periodístico le haga derrumbarse?

Todo el tiempo. Siempre.

¿Y cómo le hace para levantarse?

Primero, leo algún artículo mío que me haya gustado, para decir: "Alguna vez lo hice; entonces eso significa que lo puedo volver a hacer". Segundo, que cuando me sucede es a la hora de escribir, no a la hora de reportear. Y tengo un compromiso con la gente con la que hablé, no los puedo dejar. Y tercero, también tengo un compromiso con mi editor, que era Bob Gottlieb, que ya murió, en el New Yorker. Y Bob Silvers, que también ya murió, en el New York Video Books. ¿Y cómo los defraudaba yo? Eso.

Ha publicado incluso en National Geographic. ¿Qué es Alma Guillermoprieto: antropóloga, historiadora...?

Ninguna de esas cosas. Soy una persona muy curiosa, muy libre, que tuvo la suerte de dar con lo que podía hacer bien. Que es un regalo que me dio la vida.

¿Por qué sigue siendo optimista sobre el periodismo, en un país con cientos de periodistas asesinados?

Eso no importa. Obvio, importa muchísimo. Pero, no importa para la supervivencia del oficio. Sí importan para la supervivencia del oficio los medios, las redes, internet. A corto plazo no soy nada optimista. No soy nada optimista de que podamos sobrevivir como raza, como especie humana, como sociedades más o menos funcionales. Los peligros son inmensos. Si sobrevivimos como sociedades más o menos funcionales, vamos a volver a ser indispensables. Porque los medios sociales no son fuentes confiables de información y porque una sociedad necesita fuentes confiables de información y espacios, que quizás en el futuro no sean de lectura, quizás tengamos unos implantes y hasta las mismas palabras desaparezcan. No sé. Pero tendremos la necesidad de alguien que sale a ver cómo fue, qué pasó, lo que pasó, y que nos lo explique de manera que sea, entre otras cosas, un placer leerlo.

¿Qué le dejó el premio Princesa de Asturias?

Por primera vez me dejó la posibilidad de creer que lo que he hecho durante tantos años vale la pena.


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