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Tengo la ligera impresión de que las bibliotecas terminaron por convertirse en escenografías. Piense, por ejemplo, en el reputado analista cuando se enlaza desde su estudio al noticiero donde revelará las verdades ocultas del acontecer nacional. Detrás de él se levanta una flamante estantería plagada de libros. Lo mismo pasa con las modestas conexiones por zoom a una junta de trabajo. Si en casa no hay libreros, se puede poner uno digitalmente para no dar de qué hablar.

La biblioteca fetiche engalana viviendas, bufetes jurídicos, consultorios médicos y restaurantes. Se trata de un adorno consignatario, declaratorio: si en una casa hay libros, sus habitantes están muy lejos de ser idiotas; son gente de mundo, ilustrada y con dinero de sobra. Los libros hablan de la inteligencia y bonanza de su tenedor. Una casa con libros es una casa pudiente y culta.

Precisamente, la biblioteca ornamental privada se originó en la transformación del libro en mecanismo de presunción. El libro fetiche no se lee: se ostenta. Y se ostenta porque envía un elocuente mensaje: quien me posee es mejor que tú. El visitante de esos hogares queda pasmado ante los muros cubiertos de libros. «Pásate», indica el anfitrión. «Mira», le dice, «mi humilde biblioteca». Su azoro es comparable al de Cristóbal Colón al ver tierra. Pasmado, no da crédito a los libreros colmados. Un «¿qué te ofrezco?» saca al invitado de su asombro.

No hace mucho, la biblioteca doméstica era rara. La democratización del libro hizo posible que cada vez más personas accedieran a él y fuesen formando un pequeño acervo hogareño. Sin embargo, las bibliotecas nacieron como espacios comunitarios o públicos. Se trataba de recintos consagrados a la lectura y abiertos a quien quisiera acercarse a los libros. Por eso, aunque no era su función primordial, este tipo de bibliotecas debía servir también de almacén de esos libros y, en consecuencia, exigía ser grande. Además de las estanterías, debía albergar sitios adecuados para leerlos y áreas de servicios.

Hoy, sobreviven especímenes de esas antiguas bibliotecas. En la Ciudad de México, está la Vasconcelos, que ocupa poco más de tres hectáreas de los terrenos de la antigua hacienda de Buenavista, que en su momento también fue una zona ferroviaria. Se trata de la más vistosa de una red de 7,476 bibliotecas en el país (según datos de la Secretaría de Cultura en 2025); de las cuales, 1,014 están cerradas. Otra cosa son las bibliotecas de instituciones privadas, como fundaciones, universidades e institutos de investigación.

En las universidades privadas, la biblioteca tiene usos variados, primordialmente, dormitorio. La biblioteca del ITAM, por ejemplo, se llama «Manuel Gómez Morín»; pero, cariñosamente, le apodan «Manuel Gómez Dormir». La fuerza del silencio hace inevitable un sueñito entre clase y clase. El silencio también favorece la concentración; de ahí que las bibliotecas universitarias estén colmadas de alumnos en periodo de exámenes. Afortunadamente, contra el silencio, están los audífonos.

En general, la biblioteca universitaria –ya lo he dicho en este espacio– está en extinción. Esto, por un motivo principal: la proliferación del libro digital, que ya no exige un sitio de almacenaje. Este hecho es lo que permite a muchos afirmar que «internet es la nueva Alejandría». Además, la universidad ha privilegiado la información y el adiestramiento por encima de la reflexión y el conocimiento. «Los libros son nuestra contraseña para llegar a saber lo que somos», asegura George Steiner (Los logócratas: FCE/Siruela, 2007). La biblioteca propicia el encuentro con el libro y, éste, el encuentro conmigo mismo y con la humanidad de la que soy parte.

Que una biblioteca cierre es grave. Pero es terrible que una biblioteca universitaria agonice porque supone la agonía de la propia universidad. Muchos se asombran ante los estudios que revelan las altas deficiencias de los universitarios mexicanos tanto en lectura como en comprensión. Hace mucho que la universidad dejó de ser un espacio que propicie el sosiego necesario para leer, para pensar y para dialogar. Permítaseme una extrapolación: el campus universitario es una extensión de la biblioteca. Por ello, la aceleración, el ruido y el nerviosismo no deberían caber ahí. El campus es a la manera de la biblioteca porque la biblioteca es el alma de la universidad.

Para Stiener, «la intimidad, la soledad que permite un encuentro en profundidad entre el texto y su recepción, entre la letra y el espíritu, es hoy una singularidad excéntrica, que resulta psicológica y socialmente sospechosa». Y agrega: «es inútil detenerse a hablar del hundimiento de nuestra enseñanza secundaria, sobre su desprecio del aprendizaje clásico, de lo que se aprende de memoria. Una forma de amnesia planificada prevalece ya desde hace mucho tiempo en nuestras escuelas». La universidad recibe a ese estudiante sin memoria, que egresará de ella tal y como ingresó. Porque la propia universidad perdió la memoria: su biblioteca.

La muerte de la biblioteca universitaria es el síntoma del fin de la universidad como comunidad de personas en busca del saber. No es que el universitario ya no lea. Por supuesto que pasa sus ojos sobre manuales de finanzas, códigos jurídicos y tutoriales de adiestramiento en cualquier disciplina son leídos a mansalva. Pero no lee los grandes libros. Esos libros que preservamos de las llamas junto con el bombero Guy Montag murieron porque ningún universitario los leyó y hoy yacen en ese cementerio que llamamos biblioteca.


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