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La Talabartería La Palestina abrió sus puertas en 1884, cuando todavía era común encontrarse con caballos y carruajes en las calles de la Ciudad de México. En aquellos años, entrar a este establecimiento del Centro Histórico significaba encontrar sillas de montar, arreos, espuelas, fuetes y otros objetos indispensables para quienes dependían del caballo en sus actividades cotidianas.

Más de 140 años después, los automóviles sustituyeron a los caballos y la ciudad alrededor del establecimiento cambió por completo. La Palestina, sin embargo, continúa en la calle 5 de Mayo y todavía conserva algunos elementos que recuerdan aquella época.

Su permanencia también cuenta otra historia: la de un oficio que tuvo que transformarse para sobrevivir. Con el paso del tiempo, la talabartería cedió parte de su espacio a la marroquinería y los artículos de viaje, pero sin borrar completamente su pasado ecuestre.

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La Palestina: talabartería que nació en el siglo XIX

La Palestina se fundó en 1884, durante el Porfiriato. En sus primeros años se especializó en talabartería o guarnicionería, el oficio dedicado a elaborar y trabajar objetos de cuero destinados principalmente a caballos y jinetes. En sus mostradores podían encontrarse sillas de montar, cinturones, espuelas, fuetes, arreos y diferentes accesorios relacionados con la charrería y la vida ecuestre.

Incluso el origen de su nombre conserva una historia particular. Una publicación del Fideicomiso Centro Histórico recoge el testimonio de José Gascón Lujano, entonces gerente del establecimiento, quien explicaba que «La Palestina» no hacía referencia al origen de sus propietarios. Según el relato conservado por el negocio, el nombre habría sido elegido por la devoción religiosa de su fundador, en referencia a la tierra de Jesús.

Existe, sin embargo, una discrepancia entre las fuentes sobre la identidad exacta de ese primer propietario. Algunas publicaciones oficiales del Centro Histórico mencionan a Juan Rosales, mientras otras fuentes atribuyen la fundación o propiedad temprana a Juan R. Ortiz. Ante la falta de documentación que permita resolver la diferencia, resulta más prudente conservar ambas referencias que presentar alguna como definitiva.

Lo que sí está sólidamente documentado es el año: La Palestina funciona desde 1884, por lo que su historia atraviesa ya tres siglos distintos.

La Palestina existía antes que el edificio que hoy la alberga

Uno de los detalles más curiosos es que el negocio resulta más antiguo que el inmueble con el que actualmente lo identificamos. La Palestina ya existía desde 1884, mientras que el edificio ubicado en 5 de Mayo número 20, esquina con Bolívar, fue terminado en 1903. De acuerdo con información de la Alcaldía Cuauhtémoc, el proyecto estuvo a cargo de Alfredo Robles y Manuel Torres Torija.

El inmueble constituye por sí mismo una pieza destacada de la arquitectura del Centro Histórico. Su fachada es ecléctica, con predominio de elementos románicos, mientras que una gran mansarda en la esquina introduce una marcada influencia francesa. En su construcción se utilizaron materiales como cantera, granito y mármoles rosados y negros.

Durante la década de 1930, el interior fue nuevamente modificado para incorporar elementos Art Déco, estilo que entonces transformaba numerosos edificios y establecimientos de la capital.

El inmueble terminó tomando el nombre del negocio que ya funcionaba ahí. De esta manera, La Palestina no solamente sobrevivió al paso del tiempo: terminó dando identidad al edificio que la alberga.

Barandal para estacionar el caballo

Antes de los parquímetros y estacionamientos, los clientes de La Palestina necesitaban resolver un problema mucho más sencillo: ¿dónde dejar el caballo mientras realizaban sus compras? La respuesta estaba frente al establecimiento.

Durante décadas, La Palestina contó con un característico barandal de bronce adornado con motivos ecuestres, incluidas figuras de cabezas de caballo e hipocampos. Los jinetes podían sujetar ahí las riendas mientras entraban para comprar una silla de montar, espuelas, cinturones o cualquier otro artículo.

La Palestina contó con un característico barandal de bronce adornado con motivos ecuestres, incluidas figuras de cabezas de caballo e hipocampos. Facebook La Palestina.

Aquella pieza terminó convirtiéndose en un pequeño testimonio material de otra Ciudad de México. Su función dejó de tener sentido cuando los caballos desaparecieron como medio habitual de transporte, pero el barandal permaneció como recuerdo de la vida cotidiana de finales del siglo XIX y principios del XX.

¿Villa y Zapata amarraron sus caballos en La Palestina?

Una de las historias más famosas de La Palestina asegura que Francisco Villa y Emiliano Zapata utilizaron sus barandales para amarrar sus caballos durante su estancia en la capital.

La anécdota suele relacionarse con la entrada de los ejércitos revolucionarios a la Ciudad de México en diciembre de 1914 y con la histórica presencia de ambos caudillos en Palacio Nacional.

La historia se ha transmitido durante décadas entre trabajadores, propietarios y cronistas del Centro Histórico. Incluso publicaciones oficiales dedicadas a la historia del primer cuadro capitalino la han recogido.

Sin embargo, existe una precisión importante: no se cuenta con evidencia documental suficiente para asegurar que Villa y Zapata realmente dejaron sus caballos frente a La Palestina.

Por eso, más que presentarla como un episodio comprobado de la Revolución Mexicana, conviene entenderla como una de las leyendas que se han construido alrededor de un comercio que lleva más de un siglo observando pasar la historia frente a sus vitrinas.

Junto con fotografías y objetos relacionados con la charrería, esta figura recuerda la actividad que dio origen al negocio. No es simplemente decoración: ayuda a reconstruir visualmente una época en la que buena parte de los productos ofrecidos por La Palestina estaban destinados al caballo y a quien lo montaba.

Estos elementos convierten la visita en algo más que una compra. Entrar al establecimiento permite reconocer rastros de un oficio que alguna vez tuvo una función cotidiana en la capital.

De talabartería a marroquinería

Sobrevivir más de 140 años también implicó cambiar. Conforme los automóviles desplazaron a los caballos durante el siglo XX, disminuyó inevitablemente la demanda de sillas de montar, arreos y otros accesorios ecuestres.

La Palestina respondió ampliando su catálogo. Los artículos de piel continuaron siendo fundamentales, pero el establecimiento incorporó bolsas, maletines, portafolios, carteras, cinturones, mochilas, equipaje y distintos objetos para viaje y uso cotidiano.

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José Gascón, quien durante años estuvo al frente de la tienda, explicaba esta transformación de una manera sencilla: antes las personas se transportaban a caballo y ahora lo hacían en automóvil. El negocio debía responder a las necesidades de sus nuevos clientes.

Así, La Palestina se convirtió progresivamente en una marroquinería sin dejar completamente de ser talabartería. Todavía es posible encontrar artículos vinculados con la charrería, pero ahora conviven con objetos que difícilmente habrían formado parte de los escaparates originales de 1884.

Un negocio que ha visto transformarse el Centro Histórico

Cuando La Palestina comenzó a trabajar en 1884, la calle 5 de Mayo pertenecía a una ciudad radicalmente diferente. Los caballos todavía formaban parte del tránsito cotidiano. Faltaban décadas para que los automóviles dominaran las calles y algunos de los edificios que actualmente identificamos con el Centro Histórico todavía no existían.

Desde entonces, el establecimiento atravesó el Porfiriato, la Revolución Mexicana, la expansión de la ciudad durante el siglo XX y las sucesivas transformaciones comerciales del primer cuadro.

La propia calle 5 de Mayo cambió con ella. Hoteles, restaurantes, bancos y comercios aparecieron y desaparecieron. Los hábitos de consumo se transformaron y el Centro pasó por periodos de esplendor, deterioro y recuperación. Empero, La Palestina permaneció.

Una referencia periodística publicada en mayo de 2026 todavía la menciona entre los negocios activos de la avenida 5 de Mayo, confirmando la continuidad de un establecimiento que comenzó a trabajar más de 140 años atrás.

Quizá la permanencia de La Palestina se explique precisamente porque nunca intentó quedarse completamente detenida en 1884. La talabartería tradicional perdió buena parte del mercado que alguna vez tuvo en la Ciudad de México, pero el conocimiento del trabajo con piel encontró otros usos. Las sillas de montar compartieron espacio con portafolios; los arreos, con cinturones y bolsas; los artículos para jinetes, con equipaje para viajeros.

Esa transformación permitió mantener vivo un comercio ligado a un oficio antiguo sin convertirlo únicamente en una pieza de museo. Todavía quedan rastros de su primera vida. Están en los motivos ecuestres, en el caballo que permanece dentro del establecimiento y en las historias transmitidas durante generaciones.

La Ciudad de México dejó de llegar a La Palestina montada a caballo. Sin embargo, en una esquina de 5 de Mayo y Bolívar todavía sobrevive un negocio que recuerda cómo era aquella ciudad y demuestra que conservar una tradición también puede significar aprender a transformarla.

El Caballo Mexicano, otra de las talabarterías antiguas de la Ciudad de México. Aquí te contamos más

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