Don Eduardo Patiño, mejor conocido como Doctor Lalo, nos recibe con afable camaradería. Estamos en La Principal, cantina centenaria de pura cepa, en la esquina de Jesús Carranza y Matamoros, en el barrio de Tepito. Mi amigo y yo, para no variar, nos acomodamos en la barra en forma J estilo art decó. Don Lalo es especialista en salvar crudos del abismo; en hacerles recobrar el color y la turgencia. Para tal fin, ha inventado algunos potingues de entre los que destaca el "Azulito", un coctel que ha saltado al estrellato internacional.
Para no quedarse con la duda, mi amigo pide uno. Y el Doctor se pone en acción. Vaya que toda barra rezuma vivacidad e ímpetu. Apostado en ella, uno puede atestiguar la astucia del maestro cantinero: cuánto vierte y cuánto escatima; qué chinchón abre, qué alipuses emplea; imaginar a quién irá dirigido aquel trago que prepara (¿a un obtuso briago al que no dejarán entrar a casa esta noche, ¿a una joven que ama hasta la médula?); participar del prodigio común que significa anegar las barrigas de todos los santos bebedores que beben desde el fondo de los siglos.
Don Lalo es un alquimista habilidoso. ¡Y cómo no!, si lleva más de 60 años en este negocio, que inició su existencia en los albores del siglo XX, en la planta baja de un edificio ochavado, estilo neoclásico, construido por el ingeniero civil Benito Ortiz y Córdova. Don Lalo heredó el bisne de su padre, de homónimo nombre, un madrileño llegado a México en las postrimerías del porfiriato.
La receta del auténtico Azulito preparado por el doctor Lalo: En un vaso jaibolero colocar tres vidriosos hielos y quemarlos con limón. Después, escanciar vodka generosamente (el de su preferencia, Lalo emplea Smirnoff). Añadir agua mineral hasta colmar tres cuartas partes del vaso. Remover con un agitador (que no un alborotador). El doctor prefiere una bailarina. Para cerrar, verter curazao (nuestro maestro utiliza marca Flamingo), que debe flotar cual azulona nube, y coronar con un twist de limón o naranja. Vualá.
Copiosas son las variantes de los Azulitos fuera de La Principal: refresco de limón, en vez de agua mineral; cualquier bebida de mora azul, o energizante azul tipo Boost, en vez de curazao; escarchado de Miguelito azul y una cereza, en vez de twist… Estimadx lector, lectora, dele rienda suelta a su creatividad.
Como ya no estoy en edad de beber cócteles, y como don Lalo no vende cerveza porque afuera está minado de chelerías, pido un Bacardí pintadito y decimos salud. Mi amigo, Azulito en mano, observa algunos detalles de esta áspera y luminosa cantina y, al tiempo que rumia unos chicharrones de botana, conversa con don Lalo, quien le cuenta que en un primer momento el local de la cantina era más pequeño pues –como era común en los orígenes de este tipo de establecimientos– compartía espacio con una tienda de ultramarinos.
El día aún nos da para visitar al menos un lugar más, así que cavilo nuestra próxima parada. ¡Ya sé! Iremos a La Nueva Lucha, una cantina sin igual, con “Hora Feliz”, atendida por Carlos Bermúdez, enclavada en la colonia Nicolás Bravo, antiguamente Popular Rastro, a unos dos kilómetros de aquí, entre las estaciones del Metro Valle Gómez y Canal del Norte. Tomaremos un taxi.
Pagamos la cuenta y nos despedimos de don Lalo, amenazando con volver pronto y bien crudos. El aguzado mesero nos abre la puerta y salimos de esta tasca, la última en su tipo en Tepito. Afuera el sol va cayendo. Mi amigo y yo nos sumergimos en los oscuros canales de puestos callejeros, desandando nuestros pasos rumbo a la rúa Peralvillo.
La suerte está de nuestro lado, conseguimos taxi. “Llévenos por favor a Aluminio y Cananea”. Le escribo a Carlos, el dueño de La Nueva Lucha, para advertirle de nuestras negras intenciones. El ruletero toma hacia el norte y pronto pasamos por la vieja Garita de Peralvillo, conocida como la Aduana del Pulque pues hasta las primeras décadas del siglo XX, antes de que la cerveza lo condenara al ostracismo, todo el tlachicotón de la ciudad, proveniente de los valles de Apan, arribaba a esta oficina arancelaria enclavada en los lindes de la ciudad.
Tomamos un pedacito de la Avenida Guadalupe, que sigue la arcaica traza de la Calzada del Tepeyac, y doblamos a la derecha en Aluminio. La colonia Nicolas Bravo tiene sus orígenes en el viejo rastro de la ciudad, construido en “las afueras” a finales del siglo XIX sobre los terrenos que hoy ocupa el Mercado Minillas. Fue el primer degolladero de México erigido bajo las nociones de higiene. Los actuales parques que circundan la colonia, el Parque Popular Rastro y el Deportivo Plutarco Elías Calles, eran los corrales y encerraderos de las reses y piaras próximas a ser enviadas al matadero.
Hasta hoy, en las calles Aluminio, Minillas, Fresnillo, Cieneguilla y Bonanza, retaguardia del mercado, es posible observar toda suerte de ganado destazado. Vísceras, despojos y miasmas chorrean por las banquetas. Pastosos hilos de sangre corren hasta embutirse en las coladeras del arroyo vial. Cada tanto, cabezas desolladas, patas y rabos escoriados y sobras amorfas, componen mórbidas torres y amontonaderos que avivan densos nubarrones de moscas. En tiempos de calor, el pestífero olor a muerte te aguijonea en lo más profundo de las fosas nasales.
Hemos llegado. Pagamos la corrida y nos apeamos del taxi. “Ya verás, amigo mío, lo jocosa y desmadrosa que es esta cantina. Se juega mucho dominó, venden un huachinango adobado de rechupete y todos los días hay dos tiempos de japiagüer, de 2 a 3 y de 6 a 7, en la que todo es al 2 x 1. Con el retumbante repiquetear de una coqueta campanita empotrada en una esquina de la barra se anuncia el inicio y el final de la promoción. Son las 5:45, así que vamos a alcanzar perfecto el segundo tiempo”.
Pero al levantar la mirada, mis ojos no dan crédito a lo que ven. La marquesina está desbaratada, la cortina de la entrada cerrada con fuertes candados, las ventanas tapiadas… Como quien se niega a reconocer la catástrofe, me asomo al costado que da a Cananea. También ha sido arrancado el fulgurante anuncio que decía “Cantina La Nueva Lucha. Las mejores botanas desde 1930”. ¡Carajo!
Perplejo, con un vacío en el estómago y antes de que pueda asimilar lo que está pasando, escucho que alguien grita mi nombre. Es Ramoncito, el tendero de la pulquería La Bonita que está justo en frente. Nos hace señas para que nos acerquemos.
Continuará…
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