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La reciente prohibición de teléfonos celulares en las escuelas de educación básica en México ha generado una conversación sobre este importante tema que preocupa, sobre todo a profesores, madres y padres de familia. Sabemos que hay múltiples efectos de la conexión permanente a los dispositivos móviles en la vida de las personas. Desde la falta de concentración, saturación, atención fragmentada hasta problemas de salud mental vinculados a su uso como la ansiedad, los sesgos cognitivos o el FOMO o miedo a perderse de algo, por sus siglas en inglés.

Quienes trabajamos en las aulas sabemos desde hace tiempo que competimos constantemente por la atención del estudiantado en clase. Hemos observado en las universidades un cambio profundo en las habilidades de pensamiento, lectura y escritura entre jóvenes. Aunque no podemos achacárselo por completo a las tecnologías, sabemos que juegan un papel importante en estos cambios. ¿Cómo contrarrestar estos efectos negativos en el aprendizaje de niños y jóvenes? Es una pregunta que están respondiendo ya los expertos en educación. Desde el campo de la comunicación, me atrevo a plantear que la medida prohibitiva será, sin lugar a dudas, insuficiente. McLuhan, un clásico de los estudios sobre medios, señalaba que la introducción de una tecnología en la sociedad no podría interpretarse de ninguna manera como la suma de un dispositivo más al ecosistema mediático. No es que la tecnología se vaya acumulando una tras otra sin más. Lo que dice es que la innovación tecnológica supone siempre un cambio al sistema social en su conjunto. La parcialidad del medio que implica el condicionamiento social del uso de una tecnología permite pensar que, aunque a nivel individual, podamos resistir los efectos con decisiones personales que nos permitan poner límites al efecto de una determinada innovación tecnológica en nuestra persona; esta decisión individual no impedirá que se afecte al resto de las personas colectivamente. La plataformización de la sociedad ha penetrado gran parte de nuestra vida, de manera tal que pensarnos al margen de la mediación tecnológica es imposible. Podemos elegir no tener un celular, pero no pensar en una sociedad que no dependa de estos dispositivos móviles para gran parte de las relaciones que sostenemos en la cotidianidad.

De la misma manera, una ley no impedirá que estas profundas transformaciones sociales ocurran. Habrá que pensar en todo caso de qué manera reconfiguramos los espacios educativos para acompañar a niños y niñas en la relación que deberán tener con los dispositivos tecnológicos. Lo que viene no es un mundo menos tecnologizado, al contrario. Por eso convendría pensar en estrategias educativas que permitan agenciar a los sujetos desde edades tempranas para aprender a usar críticamente la tecnología. Los desafíos hoy con el uso de la IA, imponen retos más profundos en cuanto a procesos de aprendizaje. De nuevo, como el clásico McLuhan alertaba, habremos de pensar en las extensiones que estas tecnologías suponen y qué prótesis queremos colocar en las habilidades humanas que amputamos. Prohibir celulares en las escuelas no evitará su uso en otros espacios, aquellos en los que estos dispositivos siguen colonizando nuestros momentos de ocio, de afectividad, de relacionamiento en general y, por supuesto, de aprendizaje. Ese que no solamente se adquiere en la escuela. Maricela Portillo es académica del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. _______________________________________________ Nota del editor: Maricela Portillo es académica del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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