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En su naturalidad y en su sosegada alegría, Los umbrales es un libro extraño en la literatura mexicana. No lo es, desde luego, por su género: se trata de un libro autobiográfico, entre el relato de duelo y la novela de aprendizaje, en el que la autora rememora su vida en Mérida, centrándose en la figura de Yoli, su tía abuela. Es, sí, un libro más de la narrativa del yo, de esa primera persona del singular que en sus dos breves letras amenaza con absorber la literatura contemporánea. Pero el yo que Liliana Muñoz (Mérida, 1989) construye es diferente al que pulula en toda clase de autoficción y crónica autobiográfica, y lo es de la manera más inesperada. No hay, para empezar, ninguna clase de victimismo, ni justificado ni forzado, ni Muñoz justifica su libro erigiéndose como modelo de nada. Aunque podría haberlo hecho, por la insinuación de ciertos pasajes, la narradora decide no focalizar su relato en alguna de las muchas injusticias sociales o violencias que atraviesan, en diferente grado, la vida de casi cualquier joven mexicana, desde la precariedad al machismo. También podría haber caído en la tentación de retratar a la tía Yoli, de una generación muy anterior –es nonagenaria–, como símbolo de opresiones pasadas. Pero no, la excepcionalidad de Yoli no radica en sus luchas ni en sus frustraciones, sino en características más cotidianas, casi raras en la escritura contemporánea: el buen humor, el optimismo, el cariño y una bondad más espontánea que militante. Por si quedara alguna duda, la misma Muñoz lo aclara: “No es este un relato de grandes acontecimientos, y creo que así está bien. La Historia, en realidad, está hecha de tímidas historias, de tramas ordinarias de gente ordinaria, de personas comunes que nacen, crecen, envejecen y mueren. Mi tía Yoli no merecerá glorias ni laureles: no ha inventado nada, no ha conquistado nada, no ha revolucionado nada. No hace falta.” Tampoco aparece por ninguna parte la violencia que caracteriza al México contemporáneo y a su literatura, y aunque es verdad que el libro está situado en Mérida –el último oasis del horror–, Muñoz bien podría haber tocado temas como la gentrificación o el racismo, en una ciudad que podría sentar cátedra de ambos. No lo hace, y está bien porque su apuesta literaria es de otra índole y no aprovecha el ruido de la realidad más estridente para justificarla. La otra gran tentación que se evade en Los umbrales es la exotización, y su autora decide presentar su realidad con la llaneza de quien habla de su entorno sin ganas de hacer literatura o de mostrar un mundo extraordinario donde simplemente transcurre la vida de todos los días. Yo mismo, en algún punto de la lectura, lamenté que no se hablara más de Mérida, de sus transformaciones y de su carácter, y más cuando se piensa que una ciudad tan importante tiene poca representación en la literatura mexicana. Muñoz y su familia duermen en hamaca, por ejemplo, y, salvo alguna broma de pasada cuando su novio…

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