Hay lenguajes que se escuchan y otros que se contemplan. Algunos nacen entre palabras; otros florecen en el movimiento preciso de las manos, en la expresión del rostro y en la dirección de una mirada. Así es la Lengua de Señas Mexicana (LSM), un idioma vivo que no solo comunica ideas, sino que dibuja historias en el aire.
Quien observa por primera vez una conversación en LSM suele sorprenderse por la velocidad y la belleza con la que las manos parecen bailar. Sin embargo, detrás de cada movimiento existe una estructura lingüística compleja, con gramática, sintaxis y vocabulario propios, completamente independientes del español.
Historia de la Lengua de Señas Mexicana (LSM)
La historia de la LSM comenzó a consolidarse hace más de siglo y medio. En 1867, el presidente Benito Juárez decretó la creación de la Escuela Nacional de Sordomudos en la Ciudad de México, institución dirigida por el maestro francés Eduardo Huet. Aunque la enseñanza seguía los métodos oralistas europeos, fueron las y los propios estudiantes quienes, al convivir diariamente, mezclaron señas locales y sistemas gestuales hasta dar forma a una lengua auténticamente mexicana.
Pero el camino no fue sencillo. Durante gran parte del siglo XX predominó el oralismo, una corriente educativa que privilegiaba la lectura labial y desalentaba el uso de las señas. Mientras en las aulas se intentaba silenciar el lenguaje de las manos, en los hogares, parques y reuniones comunitarias la comunidad sorda mantuvo viva su lengua, transmitiéndola de generación en generación como un acto de resistencia cultural.
Declaración como lengua oficial
Aquella resistencia encontró finalmente reconocimiento. En 2005, la Lengua de Señas Mexicana fue declarada oficialmente una lengua nacional y patrimonio lingüístico del país. Además, el 10 de junio quedó establecido como el Día Nacional de la Lengua de Señas Mexicana, una fecha que celebra mucho más que un sistema de comunicación: reconoce una identidad y una cultura.
Un idioma que «retrata» a las personas
Entre las características más fascinantes de la LSM está la manera en que identifica a las personas. A diferencia del español, donde repetimos nombres propios, en la comunidad sorda cada persona suele recibir una seña personal. No es un apodo improvisado, sino un signo único que generalmente nace de un rasgo físico distintivo, un peinado, una característica facial, un accesorio habitual o incluso un rasgo de personalidad.
Es una forma práctica, eficiente y profundamente visual de identificar a alguien. Así, una barba característica, unos lentes inconfundibles, una sonrisa muy marcada o una coleta pueden convertirse en la referencia permanente de una persona dentro de la comunidad sorda.
Durante los debates presidenciales de México esta característica llamó especialmente la atención del público. Los intérpretes no deletreaban continuamente los nombres de las candidaturas; en cambio, utilizaron señas personales construidas a partir de sus rasgos físicos más reconocibles e iniciales de sus nombres.
Por ejemplo, la seña utilizada para Claudia Sheinbaum combinó la letra «C» con un movimiento que evocaba su característica cola de caballo. En el caso de Xóchitl Gálvez, la seña incorporó la letra «X» junto con un gesto relacionado con uno de los rasgos más distintivos de su rostro. Este sistema permite que la comunicación sea mucho más fluida y natural.
Lenguaje de Señas Mexicana (LSM), mucho más que mover las manos
La LSM no depende únicamente de las manos. Las expresiones faciales funcionan como signos gramaticales; levantar las cejas puede convertir una oración en pregunta, mientras que una ligera inclinación de la cabeza puede modificar completamente el sentido del mensaje. La mirada, el movimiento del cuerpo y el espacio frente al hablante forman parte esencial del idioma.
Por eso los especialistas insisten en una idea: la Lengua de Señas Mexicana no es español con gestos. Es una lengua completa que utiliza un canal visual y espacial para construir significado.
Cada región tiene su propio acento
Así como el español cambia entre Sonora, Veracruz o Yucatán, la LSM también posee variantes regionales. Una misma seña puede realizarse de manera distinta dependiendo del estado o de la comunidad donde se utilice. Lejos de representar un problema, estas diferencias enriquecen el patrimonio lingüístico de la comunidad sorda y reflejan la diversidad cultural del país.
Un puente hacia la inclusión
Hoy la LSM representa mucho más que un medio de comunicación. Es la llave para acceder a la educación, la justicia, la salud, la información y la participación ciudadana de millones de personas sordas. También es un recordatorio de que la inclusión comienza cuando una sociedad reconoce que existen múltiples formas de entender y expresar el mundo.
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