Una pareja de extranjeros llega a vivir a una casa en algún rincón del campo mexicano para hacer realidad su sueño de vivir lejos del ajetreo de la ciudad, de las pandemias que acechan el mundo y de un historial de adicciones. Las cosas transcurren con plácida hasta que en sus planes de cosechar vegetales, criar gallinas y borregos irrumpen el mal tiempo, los depredadores y una zorra que acecha a todas horas. Pronto, aquel anhelado proyecto de vida sustentable se vuelve inalcanzable, mientras que las frustraciones y el letargo cotidiano termina por agrietar esa relación, principalmente cuando, de la nada, una extraña joven toca a sus puerta y decide quedarse. Escrita a manera de fábula contemporánea, Zorra (Sexto Piso, 2026), de Gabriela Jauregi, explora la frontera entre "la civilización" y lo salvaje, los deseos y violencias que en una relación pueden llegar a despertarse en situaciones extremas, así como la fuerza de la naturaleza, siempre impredecible.
En entrevista, la poeta, editora y autora de la novela Feral (Sexto Piso, 2022), ganadora del Premio Nacional de Bellas Artes Colima 2023, habla sobre la construcción de esta fábula de la desdomesticación, como ella lo define.
En la novela se menciona como trasfondo una pandemia, guerras, ¿La pandemia de Covid fue un detonante de esta historia?
Sí, está ese contexto. El tiempo se hizo muy raro con el encierro. Claro, no todo el mundo se quedó encerrado, mucha gente tenía que ir a trabajar sí o sí y la vida seguía igual, como que habían tiempos paralelos corriendo. Luego, a muchos nos pasó que ahora tenemos que marcar el tiempo en pre pandemia y post pandemia. En fin, la pandemia hizo cosas muy raras con el tiempo y con la sensación de que todo pasaba muy lento o muy veloz; las relaciones humanas cambiaron durante el encierro; escuchamos también de las violencias o hubieron momentos de esperanza en los que decíamos: 'Ay, mira, volvieron los delfines a los canales de Venecia, volvieron los cacomixtles en el parque'. Todo eso está en esta novela.
¿Es una fábula contemporánea de dos seres urbanos buscándose en la naturaleza?
Sí, tal cual. ¿Te acuerdas del cuento "El ratón de campo y el ratón de ciudad"? Pues estos son los ratones de ciudad que se encuentran con una ratona de campo (risas). Mi objetivo sí era lograr esta sensación de fábula contemporánea.
Al principio hay esta imagen bucólica de la naturaleza y conforme avanza la historia, la pareja va enfrentando la hostilidad del entorno, ¿había esa intención de romper con esa imagen idílica que uno suele hacerse de la naturaleza?
Sí, aunque al principio no sabía qué tanto iba a romper con eso. La intención era hablar de ese lugar intermedio, incómodo en el que hay cosas de “la civilización” y cosas de lo salvaje que están en fricción, como un espacio fronterizo. Un rancho, una granja es un espacio fronterizo donde se empieza a domesticar lo salvaje. ¿Qué pasa allí cuando te confrontas con la naturaleza?. Ya no son como las pinturas de naturaleza que pinta el protagonista varón. Es muy bonito ver la naturaleza en una pintura, en una foto, pero a ver, enfréntate a ella. O, a veces, pensamos en lo rico que son los jitomates orgánicos de la granja, pero a ver, siémbralos, hazlos crecer, que salgan ricos, que no les caiga una plaga.
Todo eso está ahí, esas fricciones de enfrentarse con la realidad de lo que es el campo, donde siempre estás en fricción con los elementos, si llovió o no, si granizó y todo se chingó. Todo el tiempo hay algo que está completamente fuera del control humano. Y eso es al mismo tiempo durísimo y maravilloso.
¿Cómo se construyó el personaje de la Visitante, que tiene una presencia un poco fantasmal?
Es un personaje que yo quería que irrumpiera en el orden de las cosas. Además, es un personaje que existe en la literatura, en las historias, en los mitos, casi desde El hijo pródigo bíblico. Una referencia muy directa para mí fue la película Teorema, de Pasolini, en la que llega un visitante; hay otra película que se llama Mother!, de Darren Aronofsky, en la que también una persona llega a una casa y hace un desastre. Estos visitantes a veces restablecen el orden y a veces imponen el caos. Yo tenía muchas ganas de explorar esa figura y aquí, en un inicio, no sabía bien qué iba a pasar, sabía que venía a romper con la cotidianidad de esta pareja y yo pensé que iban a pasar ciertas cosas, pero pasaron otras. Entonces, incluso vino a romper el orden de lo que yo imaginaba para esta novela. Es muy bonito cuando los personajes hacen eso.
¿Y cómo se relaciona la zorra con esta visitante? Da la sensación de que, de pronto, se fusionan.
Tuve mucho cuidado de hacer ese espejeo, que no quedará para nada claro. No diría que una es la otra, si no que hay un espejeo. No es necesariamente un desdoblamiento, pero me gusta que cada quien lo interprete como quiera. De hecho, la zorra llega antes que la visitante y eso viene a romper con todos los planes de la mujer de criar gallinas, de tenerlo todo muy bonito y ordenado porque la zorra está todo el día dando lata; ella se obsesiona con eso y de pronto llega la visitante y se encarga del animal.
Además, al igual que estas figuras de visitantes en la literatura, hay mil fábulas y mitos en distintas tradiciones por todo el mundo que incluyen zorros o zorras. En todos los casos, son muy desobedientes, hacen travesuras o son muy ingeniosos. Desde mi primer libro de cuentos (La memoria de las cosas, Sexto Piso, 2015) estoy obsesionada con los zorros. Ahí hay un cuento de una zorra que habla. Desde que escribí eso me quedé pensando en la zorra y con ganas de seguir muchísimos mitos, historias y fábulas que tienen que ver con ese animal.
Incluso la novela está organizada siguiendo las partes anatómicas del animal…
Sí, yo quería hacer capítulos muy breves y un día platicando con una amiga escritora me sugirió que hiciera eso, entonces decidí que partiría desde la parte de arriba de las zorras, las orejas, y voy recorriendo el cuerpo hasta llegar a las partes traseras y todo eso tiene que ver con el relato.
La relación de la pareja en tu novela hace pensar sobre el confinamiento y hasta dónde puede llegar el hartazgo de uno por el otro
Sí. No sé si te acuerdas, pero al final de la pandemia salieron toda clase de estadísticas sobre cuántas personas se separaron o se divorciaron. Entre gente conocida también hubo muchas parejas que se reconfiguraron. Y era muy interesante pensar qué pasa cuando estamos encerrados con una persona, aunque la adores, la ames y sea tu sol y tu luna, pero después de millones de horas juntos empiezas a fijarte que detiene el teléfono de una manera y te molesta porque, en realidad, en nuestra vida cotidiana, no pasas tanto tiempo en compañía de alguien. Yo sí me ponía a pensar cuánto tiempo hacía que no pasaba tantas horas seguidas con alguien, con las mismas personas desde que yo era niña. Las relaciones durante el encierro fueron una cosa muy loca, la situación nos obligaba a estar ahí como en una obra de teatro de terror por más que amaras a las persona con quien estuvieras. Además, como también sabemos, las estadísticas de violencia contra las mujeres y en contra de los niños subieron brutalmente en el encierro, lo cual fue una cosa muy preocupante.
Hay también presencia de otros seres animales que cobran importancia, las arañas, las gallinas, los borregos…
Algunas de esas son cosas como que me pasaron a mí. En la pandemia, en la ciudad, empezaron a aparecer un montón de arañas en la cocina. Me di cuenta que era una temporada de arañas. Con mis hijas les poníamos nombres, Filomena o no sé qué. Era una cantidad de arañas que, al principio, fue desagradable, pero luego vimos que se comían a los mosquitos y eran lo máximo, hacían unas telarañas bien locas. El borrego que se comen los perros, le pasó a mi vecino, los perros bajaron del monte y lo desollaron, horrible. Había cosas reales de mi experiencia en el campo que están ahí metidas.
En el campo, esas cosas también se leen como presagios de algo bueno o malo.
Y es maravilloso el poder de observación que tenían y tienen muchas de las culturas que siguen arraigadas a sus costumbres y a sus formas de ver el mundo, saben observar muy detalladamente la naturaleza y saben que, por decir algo, si este año no llega tal insecto o animal es porque no va a llover. Tienen una sabiduría muy arraigada respecto a la observación de la naturaleza y de sus ciclos, sus desequilibrios. Llevan siglos observando arañas, contando historias de arañas, saben que si llegaron bien y si no, o si llegaron demasiadas, preocúpate porque hay un desequilibrio en algo. En fin, todo está conectado y esa forma de mirar el mundo que, a muchos, no a todos, se nos ha olvidado, es algo que pienso que es urgente rescatar.
¿Qué función tendría la imaginación en revalorar esos universos naturales, el campo, cuando desde la ciudad se nos olvida a veces su existencia?
Yo recalco mucho que no todos lo olvidaron, mucha gente no solo no los olvida, los defiende poniendo su vida en riesgo. Por eso, al final, agradezco a las personas que se han aferrado a ese arraigo, a ese amor por la naturaleza y que la defienden con la propia vida porque creo que sin ellos, nosotros que vivimos en la ciudad o que no crecimos así, nuestra vida no sería posible. Es gracias a ellos que podemos seguir viviendo todos. Creo que es urgente poner atención a ellos y contarlo de mil maneras, que esté presente y se cuente de mil maneras distintas. Esta es una de muchas.
En las fábulas hay siempre una moraleja, ¿cuál sería la de esta?
Pues, justo lo que quería hacer es una fábula antifábula. No sé cuál es la moraleja. Creo que, tradicionalmente, las moralejas de muchas fábulas eran domar a la mujer específicamente. No todas, pero muchas sí. Caperucita desobedece, se la come el lobo. Alguien desobedece y la bruja la mata; la mujer desobedece al orden establecido, se mete en problemas. Hay, además, una corriente subterránea del deseo de la mujer, que es la que la mete en problemas o por desobedecer a lo que tendría que ser su deseo. En este caso está la antimoraleja: ¿qué pasa cuando el deseo se desdoméstica, cuando desobedecemos al orden?
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