Tras pagar la cuenta, mi amigo y yo zarpamos del Puerto de Barcelona. La tarde es joven, aún hay tiempo para visitar un par de cantinas más. Salimos, algo achispados, por la puerta que da al Eje 1 Oriente y encaminamos nuestros pasos hacia el norte. A esta altura este Eje lleva por nombre Vidal Alcocer, un olvidado personaje de la historia de México, filántropo e ilustre educador, egresado del Colegio de San Juan de Letrán (donde ahora sirve la cantina Tlaquepaque, en Independencia 8), que en 1853 creó e impulsó los llamados desayunos escolares.
Torcemos a la izquierda en el Eje 1 Norte, que en este tramo responde a la avenida Granaditas, por donde en tiempos prehispánicos discurría la acequia Tezontlalli (o Tezontlale): una ancha vía acuática que nacía en el lago de Texcoco, funcionaba como frontera natural entre las ciudades gemelas de Tenochtitlan y Tlatelolco, y alimentaba a la laguna de Atezcapan, una especie de bahía que ejercía como atracadero comercial de Tenochtitlan y que estuvo más o menos en la zona que ahora conocemos como La Lagunilla.
Penetramos en el denso, acerbo e infranqueable túnel que tejen, con lonas, estructuras y toldos, cientos de puestos emplazados sobre lo que alguna vez fungió como acera. Resulta imposible ver algo más que no sea las mercaderías de los vehementes negocios. Pero algunos metros más adelante el túnel cede, por un momento el sol renace, sólo para dar paso a la calle Aztecas. Formalmente estamos entrando al trepidante barrio de La Lagunilla, un espacio anfibio de confín, que en tiempos remotos fue de pantanos con aves y juncos; de chinampas y canales navegables; de embarcaderos atiborrados de piraguas cargadas con infinidad de productos... En mi inédita profesión de guía, decidido llevar a mi amigo a la cantina La Principal, último reducto en su tipo que resiste en el barrio de Tepito, adyacente a La Lagunilla.
A partir de este punto Granaditas se convierte en López Rayón, en honor al secretario particular del cura Miguel Hidalgo. Rayón, Peralvillo, Matamoros, Paseo de la Reforma, Eje Central, República de Perú (antigua acequia Del Carmen) y Aztecas, conforman el polígono que hoy entendemos como La Lagunilla. Entre un puesto de apretujados cosméticos y uno de tenis Nike, entramos de nuevo a la gorgoteante oruga de comercios que ahora tiene como paramento al Mercado de Granaditas, especializado en la venta de zapatos, diseñado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez e inaugurado en 1957.
Pasando Argentina, distingo un haz de luz que alumbra nuestro nublado pasadizo de brillantes mercancías. Se trata de una salida que da al Callejón de Ecuador, antiguo Callejón de Puentecitos. Mi amigo y yo salimos por ese boquete. Afuera el sol refulge y un aire límpido y fresco nos atiza el rostro. Lo que vemos, tras estas bambalinas comerciales, nos parece fascinante: una casona de belleza inconsútil, ubicada en el número 10 de este soterrado y abandonado callejón. Rescatada de las ruinas no hace mucho, ahora destaca por sus apolíneos ornamentos barrocos: muros bermejos de blancas ajaracas, pilastras de cantera chiluca, un albo y estilizado nicho de argamasa sobre el dintel de la puerta, un robusto rodapié de piedra recinto y un altivo torreón que despunta por encima del primer piso.
La tradición afirma que esta casa, construida a mediados de la década de 1520 sobre un solar enclavado en la frontera norte de Tenochtitlan, a la vera de la acequia de Tezontlalli, le perteneció a Hernán Cortés y a Malintzin, quienes la utilizaron como casa de descanso. Más tarde fue sede de la Casa del Diezmo y posteriormente la ocupó una orden monacal. Lo cierto es que desde 1992 alberga a una fundación que apoya a niñas y niños en situación de abandono.
Retornamos a nuestro furibundo viaducto y metros más adelante arribamos a la calle Peralvillo, prolongación de República de Brasil, e inicio de la vieja calzada de Tepeyac, que conectaba la isla de Tenochtitlan con el norte, bifurcándose más adelante hacia Tlatelolco y hacia el cerro también llamado Tepeácac. Cruzamos, cautelosos, por el humeante asfalto del Eje y nos enfilamos por Peralvillo, en dirección a Tepito.
El primer cruce es la calle Libertad que antiguamente, en su lado poniente, se convertía en un muelle de la multicitada laguna. Conocedor de los gustos musicales de mi amigo, aprovecho para anotarle un par de detalles en esta esquina: “Mira, ahí donde ahora está una pensión de autos (en el 130 de Libertad), se halló la vecindad a la que llegó a vivir, recién emigrado del barrio de Mexicaltzingo, Guadalajara, Marco Antonio Muñiz. En sus primeros días en la ciudad, Marco Antonio apenas tenía para comer y su único ajuar consistía en un traje color caqui, obsequio de su padre. Un día, esperando en el café El Faro, contiguo a la churrería El Moro, en el Eje Central, consiguió trabajo para cantar en un bar, pero le exigían que vistiera traje negro. Así que juntó todos sus centavos y llevó su traje a la tintorería que estaba frente a su casa en Libertad, para que lo tiñeran de negro. Dos días pasó en calzoncillos en su cuarto, aguardando la metamorfosis de su traje”.
Continúo: “Y allá, sobre Libertad hacia el poniente, en el cruce con Palma norte, en un multifamiliar vivió una joven de nombre Ana María Incháustegui. Resulta que el 17 de febrero de 1957 Anita, como le llamaban sus allegados, cumplió años y organizó en su departamento un íntimo festejo. Un primo suyo, Ramón Bustos Añorve, llegó al convite acompañado por un amigo.
Se trataba del compositor Álvaro Carrillo, que ya para entonces había grabado canciones como “Adiós a Chapingo”, “El andariego”, “La amuzgueñita” y “Luz de luna”. Así, el nacido en Cacahuatepec, Oaxaca, e ingeniero agrónomo por la Universidad de Chapingo, cantó y amenizó el festejo. Ese mismo día Anita y Carrillo quedaron prendados. Se casarían en 1960, pero antes él le compondría varias canciones, entre las que destaca “Sabor a mí”.
Se cuenta que se le ocurrió en una velada, en diciembre de 1957. Álvaro cantaba y entre canción y canción se aclaraba la garganta con sendos sorbos de whisky Old Parr y luego besaba a su enamorada. Pero llegó el punto en el que Anita, que no bebía alcohol, le pidió que parara porque de tanto beso la boca ya le sabía a whisky. Entonces Álvaro, la voz de oro del bolero mexicano, le respondió: ‘Lo que tienes en la boca no es sabor a whisky, es sabor a mí’. Y ahí nació la canción”.
Continuará...
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