Richard Ford (Misisipi, 1944) es autor de las novelas Un trozo de mi corazón (1976), La última oportunidad (1981), El periodista deportivo (1986), Incendios (1990), El día de la independencia (1995), entre otras. Su prosa, de gran precisión rítmica, le permite caracterizar personajes inmersos en la cotidianidad y enfrentados al fracaso familiar, la vejez y la muerte.
Su obra más reciente es el magnífico ensayo titulado En palabras sencillas (Feltrinelli Lectures, traducción de Damià Alou, 2026), donde el escritor reflexiona sobre la poiética, entendida como el proceso de creación, y el ethos, referente a los valores y las actitudes que los textos literarios pudieran transmitir a los lectores.
En principio, Richard Ford considera que la política no entra en sus textos de una manera deliberada. Sus obras no se inscriben en el realismo social o socialista, tampoco en las novelas de tesis o en las fábulas modernas, a veces panfletarias, que convierten una determinada ideología en praxis, cuyo ejemplo pudiera ser La rebelión de Atlas (1957), de Ayn Rand. Lo suyo es el trabajo con el lenguaje, a la manera de los simbolistas franceses.
Comenta: “Para mí […] las palabras no eran solo ventanas limpias a significados predeterminados, sino objetos con formas, densidades, combinaciones de letras interesantes, longitudes, afiliaciones sonoras, matices cognitivos, relaciones con sus significados opuestos; y todo ello contribuye a lo que significan para los lectores, así como a por qué el escritor quiere utilizarlas en una frase y a por qué seguimos leyendo”.
Y, pese al predominio del oficio artesanal de la escritura sobre la ideología, coincide con Aristóteles en que “El hombre es un animal político” y, en consecuencia, su actuar se enmarca en una sociedad regida por el Estado. De esta manera, al describir las vidas, las acciones y los deseos de personajes cotidianos, se decantan las visiones de mundo correspondientes a una época y entran al texto, muchas veces, sin que el novelista sea consciente de ello.
Escribe Ford: “Los hombres y mujeres que viven en hogares, hogares organizados en aldeas que se agrupan en instituciones […] me parecieron los rudimentos de lo que podría ser una novela, cuyo carácter es político en la medida en que la vida privada tiene su manifestación y perfección natural y más lograda en el Estado”.
Lo anterior se refuerza con las palabras del famoso formalista ruso Yuri Tyniánov, quien conjeturó en 1927 que “La vida social entra en correlación con la literatura ante todo por su aspecto verbal”. De esta manera, los escritores, más allá de sus simpatías políticas o ideológicas frente a los conflictos históricos, deben atender y moldear la materia que constituye el objeto de su trabajo: las palabras. Este sería el sentido de la poiética.
El otro aspecto que aborda Richard Ford, aun sin nombrarlo de este modo, es el ethos o la dimensión moral de la ficción frente al lector. En la Antigüedad clásica, ya Horacio había dicho que la poesía debería conjugar lo bello con lo útil; Georg Lukács, desde su trinchera, esperaba que la novela tomara conciencia de la conflictividad social, mientras que, para Walter Benjamin, era importante que el lector encontrara el sentido de la existencia.
A esta conclusión llega Richard Ford, para quien la literatura constituye una representación honesta de la vida humana y posee una dimensión ética, moral y política, pues la experiencia de los otros, encarnada en la historia de cada individuo, revela no sólo las contradicciones del mundo, sino también las aspiraciones personales y colectivas de vivir con dignidad.
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