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La Víbora del Pedregal fue uno de los vestigios arqueológicos más extraordinarios que alguna vez existieron al sur de la Ciudad de México. Sobre la roca volcánica del antiguo Pedregal de San Ángel se extendía una enorme figura serpentiforme de aproximadamente 12 metros de longitud, rodeada por grabados de monos, caracoles y conchas. Algunos investigadores incluso consideraron que podía tratarse de una representación de Quetzalcóatl.

Actualmente es inexistente cualquier rastro visible de aquella figura monumental. La zona donde se encontraba, entre el pueblo de La Candelaria y lo que hoy es la colonia Ajusco, en Coyoacán, quedó absorbida durante el siglo XX por el crecimiento de la capital y la transformación de grandes extensiones del Pedregal.

Arqueólogos e investigadores documentaron el petrograbado desde principios del siglo XX y dejaron descripciones que permiten reconstruir sus dimensiones, ubicación e iconografía. Gracias a esos registros sabemos que donde hoy encontramos calles, viviendas y una ciudad completamente consolidada alguna vez hubo una serpiente monumental trazada directamente sobre un antiguo mar de lava.

El petrograbado era conocido como La Serpiente o Víbora del Pedregal. Facebook Axolotl Explorer

¿Qué era la Víbora del Pedregal?

El petrograbado era conocido como La Serpiente o Víbora del Pedregal. La revista Arqueología, publicada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), lo identifica como uno de los ejemplos más sobresalientes de los grabados que existieron sobre los afloramientos rocosos del Pedregal de San Ángel.

Una de las primeras referencias arqueológicas corresponde al investigador alemán Hermann Beyer, quien en 1917 registró una figura de aproximadamente 12 metros de longitud. Décadas después, José Lorenzo Cossío proporcionó una descripción mucho más detallada y señaló que medía alrededor de un metro de ancho.

Sus dimensiones permiten entender por qué los investigadores posteriores la consideraron uno de los vestigios arqueológicos más llamativos de la zona. No se trataba de un pequeño símbolo escondido entre las rocas, sino de una figura que se extendía varios metros sobre el paisaje volcánico.

Además, cerca del trazo principal existían otros petrograbados con formas identificadas como monos, caracoles y conchas, elementos que llevaron a los investigadores a preguntarse qué representaba realmente aquel conjunto.

Una de las primeras referencias arqueológicas corresponde al investigador alemán Hermann Beyer. Facebook Palenque Memoria a Color.

¿Dónde se encontraba la víbora del Pedregal?

José Lorenzo Cossío ubicó la Víbora del Pedregal entre dos y tres kilómetros al oeste del pueblo de La Candelaria, una antigua población de Coyoacán cuyo entorno estuvo marcado durante siglos por el accidentado paisaje volcánico.

Posteriormente, el arqueólogo Carlos Navarrete aportó una referencia todavía más cercana a la geografía contemporánea. En un trabajo publicado en 1991 situó el antiguo petrograbado entre las actuales calles Zapotecas y Tepalcatzin, en la colonia Ajusco, también dentro de Coyoacán.

La ubicación resulta especialmente reveladora porque actualmente ese lugar forma parte de una zona completamente urbanizada. Resulta difícil observar sus calles y reconstruir mentalmente el paisaje de roca volcánica que alguna vez caracterizó grandes extensiones del sur de la Ciudad de México.

Por eso la historia de la Víbora del Pedregal permite mirar Coyoacán desde una perspectiva diferente. Debajo de colonias, vialidades y construcciones modernas existe un territorio cuya ocupación humana comenzó mucho antes de la expansión de la capital sobre esta zona.

¿La Víbora del Pedregal representaba a Quetzalcóatl?

Una de las interpretaciones más interesantes fue propuesta por José Lorenzo Cossío en 1946. El investigador no observó solamente el enorme cuerpo de la serpiente, sino también otros elementos grabados alrededor y sobre ella.

Cossío describió figuras que interpretó como monos, caracoles y conchas. También identificó elementos semejantes a plumas que cubrían el cuerpo de la serpiente y consideró que la combinación permitía relacionar la figura con Quetzalcóatl, una de las deidades más importantes de las culturas mesoamericanas.

Cossío identificó en la Víbora del Pedregal elementos semejantes a plumas que cubrían el cuerpo de la serpiente y consideró que la combinación permitía relacionar la figura con Quetzalcóatl. INAH.

La distinción resulta importante: podemos afirmar que existió un petrograbado serpentiforme de alrededor de 12 metros porque está documentado arqueológicamente, pero identificarlo específicamente con Quetzalcóatl corresponde a una interpretación realizada a partir de su iconografía.

Sin una excavación moderna del contexto arqueológico y sin la posibilidad de volver a estudiar directamente la pieza, resulta difícil ir mucho más lejos. El petrograbado desapareció y los investigadores actuales dependen en buena medida de las descripciones, dibujos, fotografías y referencias elaboradas antes de su destrucción.

La Víbora no era el único petrograbado del Pedregal

La enorme serpiente destaca por sus dimensiones, pero los registros arqueológicos muestran que el Pedregal de San Ángel conservaba muchos otros grabados sobre la roca volcánica.

La investigación publicada por el INAH documenta, por ejemplo, la existencia de petrograbados dentro del actual perímetro de Ciudad Universitaria. Algunos representaban elementos relacionados con la flora y la fauna y lograron sobrevivir al intenso proceso de transformación que experimentó esta parte de la ciudad durante el siglo XX.

Su conservación tampoco estuvo siempre garantizada. En 1992, durante trabajos relacionados con la construcción de la Hemeroteca Nacional, varios grabados quedaron en riesgo. La intervención de especialistas, entre ellos la antropóloga Johanna Broda, contribuyó a impulsar acciones de rescate arqueológico.

Estos vestigios ayudan a comprender que las piedras del Pedregal no fueron únicamente obstáculos naturales para quienes recorrieron la región. Algunas se convirtieron en superficies sobre las que las poblaciones dejaron representaciones de animales, plantas y otros símbolos cuyo significado completo hoy resulta difícil reconstruir.

La Víbora formaba parte de ese paisaje. Su tamaño extraordinario la convirtió en uno de sus ejemplos más espectaculares, pero no fue un fenómeno aislado.

Un paisaje nacido del fuego

Para imaginar cómo se veía el lugar hay que borrar mentalmente buena parte de la ciudad actual. Antes de avenidas, fraccionamientos y colonias, enormes extensiones al sur de la Cuenca de México estaban cubiertas por las formaciones de lava del Pedregal de San Ángel.

La actividad volcánica del Xitle transformó el territorio y dejó un suelo irregular formado por basalto, grietas, cuevas y afloramientos de roca. Con el paso de los siglos, diferentes especies vegetales y animales colonizaron lentamente este ambiente y crearon un ecosistema particular.

Una pequeña parte de aquel paisaje todavía puede observarse en la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel, dentro de Ciudad Universitaria. Allí permanece uno de los últimos fragmentos importantes del ecosistema que anteriormente ocupaba una superficie mucho mayor del sur de la capital.

Observar actualmente la roca volcánica de la reserva o del Espacio Escultórico ayuda a imaginar el escenario de la Víbora del Pedregal. Sobre superficies semejantes, las personas que recorrieron este territorio encontraron espacios donde podían grabar figuras y convertir el paisaje natural en un espacio también cargado de símbolos.

¿Qué pasó con la Víbora del Pedregal?

La enorme serpiente ya no existe. La investigación arqueológica del INAH la menciona como uno de los vestigios más llamativos que hubo en el Pedregal y permite reconstruir dónde estuvo, pero actualmente no es posible observarla en el sitio señalado por los investigadores.

Una publicación del Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, Historia Oral de los Barrios y Pueblos de Coyoacán, señala que la Serpiente del Pedregal fue destruida durante la década de 1950, cuando esta parte de la capital atravesaba una transformación acelerada. La referencia confirma la pérdida en esos años, aunque no ofrece suficiente información para determinar una obra urbana específica como responsable de su desaparición.

Por ello conviene situar su pérdida dentro de un proceso más amplio. A mediados del siglo XX, el sur de la Ciudad de México cambió profundamente con la construcción de Ciudad Universitaria, el desarrollo de nuevos fraccionamientos y la posterior expansión de vialidades y colonias sobre antiguas extensiones de lava.

El crecimiento urbano modificó para siempre buena parte de aquel paisaje. Algunos espacios consiguieron conservarse y eventualmente quedaron protegidos, mientras otros desaparecieron antes de que existieran las herramientas y políticas de conservación arqueológica que hoy intentarían proteger un vestigio de estas características.

Esculturas actuales

Buscar actualmente la Víbora del Pedregal puede conducir a otra historia completamente distinta. El paisaje volcánico del sur de la ciudad también inspiró a diferentes artistas del siglo XX, quienes utilizaron la figura de la serpiente en esculturas monumentales.

Una de las más conocidas está relacionada con Mathias Goeritz, quien colaboró con Luis Barragán durante el desarrollo de Jardines del Pedregal y realizó esculturas vinculadas con aquel paisaje. Dentro de Ciudad Universitaria también existen obras modernas que recurren a formas serpentinas, particularmente en los alrededores del Centro Cultural Universitario.

Instagram @arq.topi

Estas piezas forman parte de la historia del arte moderno mexicano y del diálogo que arquitectos y escultores establecieron con el paisaje volcánico, pero no son la Víbora del Pedregal arqueológica.

La serpiente documentada por Beyer, Cossío y Navarrete era un petrograbado monumental realizado directamente sobre la roca y existía mucho antes de aquellas intervenciones artísticas modernas. Distinguirlas permite evitar una confusión frecuente cuando se intenta localizar actualmente la pieza desaparecida.

Su desaparición también recuerda lo vulnerable que puede ser el patrimonio arqueológico cuando una ciudad crece sobre territorios ocupados durante siglos. Algunos vestigios del Pedregal consiguieron llegar hasta nosotros; otros quedaron registrados únicamente en publicaciones, fotografías y testimonios antes de perderse.

La Víbora del Pedregal pertenece a este último grupo. Ya no podemos detenernos frente a ella para observar sus dimensiones ni recorrer con la mirada la serpiente grabada sobre el basalto. Pero saber que estuvo entre las actuales calles de Coyoacán transforma nuestra manera de mirar el lugar.

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