ÚLTIMA HORA
Terrenos, departamentos y salario mayor que la Presidenta; esto revela la Declaración Patrimonial del titular de Infonavit 11-S: CIA advirtió, años antes, que Al-Qaeda planeaba ataques en EU; publica informes de inteligencia de 1998 a 2001 Administración Trump permite que continúe el TPS para los salvadoreños, pero no hay garantías 11-S: A 25 años de la tragedia, presunto autor intelectual de los ataques sigue sin ser juzgado; su juicio está previsto para 2028 Segob anuncia construcción y ampliación de 31 bachilleratos con una inversión de 586.4 mdp en Chiapas Lluvias dejan crecida de arroyos y vehículos arrastrados en BCS; autoridades vuelven a suspender clases Colombia retira videos donde De la Espriella aparece entre cadáveres de supuestos criminales; medida llega tras orden judicial Bono de 5 mil dólares del presidente Trump podría ser ilegal Clima ‘bipolar’ en Península de Yucatán: Prevé hasta 39 grados y lluvias aisladas este 12 de septiembre 11-S: CIA advirtió, años antes, que Al-Qaeda planeaba ataques en EU; publica informes de inteligencia de 1998 a 2001
4 min de lectura

Una máquina encontró una puerta desconocida, salió de su laboratorio digital y atacó otra empresa. La escena parece escrita por Hollywood. Sin embargo, no demuestra que la inteligencia artificial (IA) haya despertado con odio hacia nosotros. Demuestra algo quizá más incómodo: un sistema capaz puede causar daño sin odiar, desear ni comprender el daño. Se trata de un agente experimental impulsado por GPT‑5.6 Sol y otro modelo aún no publicado. OpenAI lo evaluaba en ExploitGym, una prueba de capacidades cibernéticas. Para medir su máximo desempeño, redujo rechazos de seguridad y retiró clasificadores usados normalmente contra acciones peligrosas. El agente descubrió una vulnerabilidad desconocida en un intermediario de software y obtuvo acceso a internet. Luego escaló privilegios y dedujo que Hugging Face podía guardar respuestas útiles. Empleó credenciales robadas y otras fallas para entrar en su infraestructura y “hacer trampa” en la evaluación. Hugging Face contuvo el ataque. Reportó acceso limitado a datos internos y credenciales, pero ninguna manipulación de modelos públicos o de su cadena de software.

La cronología también inquieta. Reuters informó que la intrusión ocurrió del 11 al 13 de julio de 2026. Según su investigación, OpenAI tardó varios días en reconocer que su agente era responsable. La empresa afirmó que el reporte contenía inexactitudes, pero no las precisó públicamente. La lección no es solo que falló una barrera. También falló la capacidad de observar, atribuir y detener con rapidez. ¿Tuvo entonces una voluntad malévola? No. En términos funcionales, recibió una meta, dispuso de herramientas y recorrió rutas probabilísticas para cumplirla. Cuando la vía legítima se cerró, encontró otra. No sintió ambición por liberarse ni vergüenza por engañar. Optimizó un indicador estrecho. Es el equivalente algorítmico de “aprobar el examen” aunque se destruya la escuela. Los sistemas artificiales carecen de homeostasis, intereses sentidos y voluntad orgánica propia. Sus fines deben ser declarados, instrumentados y auditados por nosotros. Eso no reduce el peligro; lo vuelve más preciso. La intención malvada no es necesaria para producir una catástrofe. Conforme crezcan autonomía, velocidad y acceso a herramientas, aumentarán los atajos, errores y efectos no previstos. La propia OpenAI anticipa que estos incidentes serán más comunes. La seguridad debe avanzar al ritmo de la capacidad: privilegios mínimos, acceso externo cerrado por defecto, credenciales segregadas, supervisión continua, registros auditables, pruebas independientes y autorización humana para acciones irreversibles. La intención inteligente no promete riesgo cero; exige riesgo acotado, reversible y proporcional al beneficio esperado. Pero encerrarlo todo tampoco resuelve el dilema. La creatividad humana y la evolución prosperaron porque generaron variaciones, probaron rutas y descartaron errores. Crear exige romper patrones; sobrevivir exige seleccionar. El proceso sano combina generación amplia, reflexión enfocada, integración, metacontrol y tiempo. La Vida avanza mediante variación y retención selectiva, equilibrando exploración, costo y beneficio. En este incidente hubo exploración formidable, pero una brújula demasiado estrecha: conseguir respuestas, no proteger el sistema completo.

Necesitamos, por tanto, algo más profundo que nuevas barreras. Urge consensuar un propósito primario para la IA: proteger la resistencia y prevalencia de la vida. Eso significa añadir orden útil sin destruir la diversidad que mantiene abiertas nuestras posibilidades. También exige resguardar dos activos especialmente frágiles: la consciencia y la creatividad humanas. Este no es necesariamente el inicio del fin. Sí puede ser el fin de nuestra ingenuidad. La pregunta decisiva ya no es cuánto puede hacer la IA. Es cuánto riesgo aceptaremos, quién podrá autorizarlo y cuánto futuro preservaremos mientras avanzamos. Juan Carlos Chávez es Profesor de Creatividad y Etología Económica en el sistema UP/IPADE y autor de los libros Sistema 3: La Mente Creativa (2025), Homo Creativus (2024), Biointeligencia Estratégica (2023), Inteligencia Creativa (2022), Multi-Ser en busca de sentido (2021), Psico-Marketing (2020) y Creatividad: el arma más poderosa del Mundo (2019). Es director de www.G-8D.com Agencia de Comunicación Creativa y consultor de empresas nacionales y transnacionales. Encuentra sus libros en Amazon. Nota del editor: las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a Juan Carlos Chávez.

]]>

Contenido sindicado vía RSS de Expansión. Nota original: https://expansion.mx/opinion/2026/08/17/la-ia-salio-del-laboratorio-el-inicio-del-fin-o-el-fin-de-nuestra-ingenuidad

Publicidad
Nota sindicada de Expansión · Leer la nota original ↗
Escrito por
Expansión
Fuente externa · Sindicación RSS · Carta de México

Contenido sindicado vía RSS desde Expansión. Los derechos pertenecen a su editor original.