¿Por qué es importante el concepto de ética, en un contexto colmado de actos de corrupción por dónde se le quiera ver? Los medios documentan actividades ilícitas todos los días. La RAE define la corrupción como la práctica consistente en la utilización indebida o ilícita de las funciones de las organizaciones en provecho de sus gestores.
Aunque en este texto me refiero fundamentalmente a México, el fenómeno no es exclusivo de nosotros. Donald Trump ya es considerado el presidente más corrupto en la historia de los Estados Unidos.
En su Ética a Nicómaco, Aristóteles sostiene que el objetivo último de la vida humana es la eudaimonía, un concepto que suele traducirse como felicidad, florecimiento o vida lograda. Para alcanzarla no basta con experimentar placer o poseer riqueza; es necesario cultivar virtudes mediante el hábito y actuar de acuerdo con la razón.
El filósofo y ensayista español Fernando Savater nos invita en su Ética para Amador, a descubrir el significado de una buena vida. Vivir bien no consiste en satisfacer todos nuestros deseos, sino en descubrir qué vida merece la pena vivir. La ética nos lleva a reflexionar sobre cómo queremos vivir y actuar.
Lo que propone Savater es que una sociedad que busca una convivencia justa necesita personas que piensen críticamente, respeten los derechos de los demás y asuman sus responsabilidades.
Santo Tomás de Aquino (1224–1274) fue un filósofo y teólogo medieval que desarrolló una de las teorías éticas más influyentes de la tradición cristiana.
Santo Tomás sostenía que la razón humana puede ayudarnos a distinguir entre el bien y el mal, y que la fe y la razón, correctamente comprendidas, no se contradicen. La reflexión racional permite examinar nuestras decisiones y comprender principios morales.
Una de sus aportaciones más importantes es la teoría de la ley natural. Según Santo Tomás, los seres humanos podemos reconocer ciertos principios morales mediante nuestra razón, porque nuestra naturaleza está orientada hacia determinados bienes.
A pesar de los valores universales, en los que la dignidad de la persona debe de ser el centro de toda actividad humana, las costumbres van permeando a la sociedad y ciertos comportamientos se vuelven aceptables socialmente al paso del tiempo, a pesar de no ser éticos.
Tal fue el caso de la esclavitud en los siglos XVII y XVIII en los Estados Unidos. Es difícil juzgar hoy, con nuestros criterios éticos actuales, el comportamiento de las personas en aquel entonces. En esa época, la esclavitud era socialmente aceptada y era un componente fundamental de la productividad de muchas actividades económicas, sobre todo agrícolas.
Cabe preguntarse por qué México ha sufrido desde tiempos inmemoriales el azote de una corrupción sin límites. Un flagelo que es señalado una y otra vez, que nos duele y nos mutila un futuro próspero compartido, pero que parece eludirnos, parece enseñorearse en nuestra circunstancia, como un destino inevitable.
Hay quien dice que la corrupción es inherente al mexicano. Yo no lo creo. No hay en absoluto ningún dato que indique que los mexicanos somos más corruptos que cualquier otro ciudadano del mundo. El problema es que hemos socializado la corrupción, a través de la impunidad.
¿Por qué el mismo mexicano que se pasa todos los días los altos en México se comporta de manera impecable en Estados Unidos? La respuesta es muy sencilla. Porque allá sí hay consecuencias. Allá sí hay multas. Allá no hay “arreglos” con los agentes de tránsito. Ergo, nos comportamos civilizadamente. Seguimos allá las mismas reglas que aquí desobedecemos, como por arte de magia.
En ese sentido, yo sostengo que nuestro problema no es la corrupción en sí misma, porque la inclinación al dinero fácil es igual aquí que en China, sino la impunidad. De acuerdo con la RAE, la impunidad es la falta de castigo. Ese es el problema. Que en nuestro país no hay castigo a la corrupción. Se le considera algo aceptado socialmente. Hemos normalizado el fenómeno. Actos indebidos no son considerados como tales, sino acciones a las que se tiene derecho, algo por completo habitual. Sin consecuencia alguna.
¿Por qué ahora nuestros políticos se sienten ofendidos cuando se exhiben sus actos de corrupción? Es que ellos en verdad creen que tienen derecho a una vida mejor, llena de privilegios, a través del servicio público. Así como la sociedad del siglo XVII creía que tenía derecho a tener esclavos. Después de hacer fila durante mucho tiempo, al final les llegó el turno de servirse con la cuchara grande. A mí me parece que en verdad están convencidos de ello.
Frente a los innumerables, clarísimos y extremadamente graves actos de corrupción, los responsables se sienten de manera genuina ofendidos cuando se les descubre y pone en evidencia, porque ellos se consideran con derecho a ello. ¿Por qué tanto alboroto, si esto es perfectamente normal, y así lo ha sido siempre?
La corrupción y la impunidad imperantes son producto de siglos de normalización del fenómeno. Nos hemos acostumbrado tanto a los actos de corrupción, que los hemos hecho parte de nuestra vida cotidiana. “Así son las cosas”, nos repetimos todos los días como para convencernos.
Cuando somos descubiertos en un acto de corrupción, lo que parecería más natural es que sintiéramos vergüenza. Sin embargo, ese ya no es el caso. Ya no hay vergüenza. Los defraudadores de hoy se sienten en verdad indignados porque se les señale en una práctica que para ellos es perfectamente normal y aceptada.
En un episodio que narra Hannah Arendt en su obra La banalidad del mal, cuando uno de los jefes de la SS del régimen Nazi, Adolf Eichmann, tuvo que enfrentar a la justicia, sus argumentos dejaron pasmado al mundo. El hombre estaba convencido de que las atrocidades que había cometido eran solo porque él seguía órdenes. Era su deber. Él se sentía libre de toda culpa, debido a que únicamente había cumplido con su deber.
Así la corrupción en la 4T, como si fuera “su deber”. Vemos todos los días evidencias de la podredumbre al interior del régimen de partido único, que ha concentrado todo el poder y ha eliminado todos los contrapesos, mientras que los responsables se sienten genuinamente ofendidos cada que salen a la luz sus corruptelas. Se perciben inmunes a cualquier escrutinio. Se lo merecen todo. No faltaba más.
Esa es la gravísima consecuencia de la impunidad, de normalizar la corrupción y de eliminar los contrapesos. Que lo que debería ser un escándalo termina por parecernos absolutamente natural. Que las personas a las que se descubren actos de corrupción, en vez de sentir vergüenza, sienten indignación por ser señaladas.
La corrupción no es una maldición del mexicano, no es de ninguna manera un rasgo cultural nuestro. No es algo normal. Lo que necesitamos con urgencia es terminar con la impunidad y con el entendido colectivo de que la corrupción es natural y que no habrá consecuencias. Nos urge que haya consecuencias.
Contenido sindicado vía RSS de El Universal Cultura. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/cultura/confabulario/la-etica-y-la-impunidad-sobre-la-corrupcion-en-mexico/