No es privativo de un sector de la economía. Tampoco es una conducta fácil de calibrar. Y en organizaciones de toda índole se aprecia cuando se manifiesta con naturalidad y consistencia. Y es que una parte del mundo profesional promueve que el individuo proyecte sus capacidades y fortalezas. Visibilice sus logros, siendo claro en la comunicación de sus aspiraciones. Otro lado del espectro obliga a ser sensible al contexto, prudente con la ostentación y controlado en el afán de proyectarse más allá de lo necesario al mercado. Las empresas requieren dueños y directivos que desplieguen inteligencia y éxito, sí. Pero que lo hagan con modestia. Esa valiosa expresión de la moderación, el recato y la sencillez. Lo opuesto a la soberbia, el sentido de superioridad y, en algunos, la necesidad de la presunción. ¿Cómo balancear la legítima ambición de un mundo de exigencia continua con la serenidad plausible de un buen ciclo en la vida profesional? Aquí tres puntos para la reflexión: 1) Nada es más temporal que el éxito.- Un buen resultado o algo profundamente satisfactorio para ti es, por definición, relativo y circunstancial. Puede gozarse a plenitud, pero --si se entiende como una fotografía de un instante-- se celebra con prudencia.
Y sí. Se debe comunicar el acontecimiento a quien corresponda saberlo, fortaleciendo la confianza para aspirar a repetir ese u otro suceso similar, pero nunca asumiéndose superior o asumiendo que ese buen momento estará ahí forjado en piedra. El éxito siempre es momentáneo. 2) La inteligencia humana se reconoce cuando aflora.- Cuando bajo presión y frente a una complejidad relevante, alguien es capaz de comprender un problema o asunto, lo puede explicar con lógica y claridad, proponiendo con lucidez caminos alternativos y viables de actuación, ese individuo sobresale. Los distintos tipos de inteligencia humana deben aderezarse con la prudencia. Nutrirse con la escucha activa y atemperarse con el recato. La duda metodológica acompaña tanto como la confianza sostiene su aplicación. Regístrese, sin embargo, que nada es más torpe que asumirse inteligente. 3) La expresión más genuina del virtuoso es la sencillez.- No es fácil mantenerse sereno, cordial y receptivo cuando se está en un momento sobresaliente. En una magnífica racha. En un estado de resultados excepcionalmente buenos. De hecho, si ese momento es sostenido y duradero, no es raro que el individuo comience a sentirse más superior a los demás. No deja de ser paradójico que entre más fuerza, poder o recursos proyecta una organización o individuo, mejor sea recibida su candidez y hasta cierto grado de ingenuidad o simplicidad. Mi abuela la refranera decía, “cuando se tiene, se nota. No hay necesidad de presumir”. México necesita propietarios y directivos que hagan compañías fuertes, competitivas y contundentes. Los requiere tan dinámicos, listos y productivos, como modestos y enfocados. Cuando los excesos comunican más que los logros, algo está mal en la escala de prioridades. Nuestro ecosistema empresarial goza de muchos hombres y mujeres que cada día resuelven infinidad de asuntos y se sobreponen con discreción a una cantidad enorme de problemas. Su esfuerzo es tan legítimo como admirable. Y sus retos tan serios como interminables. Muchas empresas y empresarios son testimonio vivo de que se puede forjar patrimonio y vivir muy bien, actuando con mesura y sin incurrir en excesos imprudentes. De esos necesitamos más. De los otros, mejor no. ¿Y en otros ámbitos de la vida productiva no se requiere algo igual, me preguntan? Sí. Sería mi respuesta. Y añadiría sin más: ‘el que entendió, entendió’.
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