Los Binnizá, traducido como “la gente que proviene de las nubes”, forman parte de una de las civilizaciones más antiguas de Mesoamérica. Su historia se remonta a más de dos mil años y dejó huella en ciudades como Monte Albán, antes de consolidar importantes centros políticos y comerciales en el Istmo de Tehuantepec. Su lengua, conocida como diidxazá, significa “la palabra de los Binnizá” o “la palabra verdadera”. Hoy continúa escuchándose en municipios como Juchitán de Zaragoza, Tehuantepec, Ixtepec y San Blas Atempa, donde acompaña la vida diaria: el regateo en el mercado, las reuniones familiares, las asambleas comunitarias y las celebraciones populares.
Foto: Gobierno de México
Aunque el español ha ganado terreno entre las generaciones jóvenes, el diidxazá mantiene una presencia excepcional dentro del panorama de las lenguas indígenas mexicanas. En la poesía de Natalia Toledo, la narrativa de Víctor Cata y el rap del colectivo Juchirap Crew, la lengua demuestra que sigue siendo un territorio fértil para la creación. Habla del amor y la memoria, pero también de la migración, la defensa del territorio y los desafíos del presente, sin perder el saber heredado de sus ancestros.
Gramática que abraza la diversidad
El diidxazá organiza el mundo de una manera distinta al español. En su gramática, la tercera persona no distingue entre masculino y femenino: el pronombre laa puede referirse a cualquier persona sin marcar su género. La propia palabra muxe, derivada de la antigua pronunciación zapoteca de la voz española “mujer”, adquirió con el tiempo un significado propio dentro del Istmo y hoy nombra una identidad cultural profundamente vinculada a los pueblos binnizá.
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Esa riqueza también habita en palabras difíciles de traducir. Guendalizaa alude a la ayuda mutua y a la obligación moral de corresponder el apoyo recibido; guendaranaxhii, a los vínculos que sostienen a la comunidad más allá de la familia inmediata.
Esa manera de nombrar el mundo convive con una organización social que históricamente otorgó a las mujeres un papel central en el comercio y la administración económica de los hogares, mientras los hombres se dedicaban con mayor frecuencia a la agricultura, la pesca o la ganadería. Más que responder a un modelo patriarcal tradicional, la distribución de responsabilidades se articuló alrededor de las funciones que cada integrante desempeñaba dentro de la comunidad.
Foto: Gobierno de México
Es en ese entramado comunitario donde se comprende la presencia histórica de las muxes, documentadas desde las primeras crónicas coloniales del siglo XVI. Su existencia antecede por siglos a la llegada al debate público las discusiones contemporáneas sobre diversidad y recuerda que el diidxazá conserva mucho más que una lengua: resguarda una forma de entender la identidad, la comunidad y el lugar que cada persona ocupa dentro de ella, comprendiendo la diversidad desde la pertenencia a la comunidad.
Las Velas que forman la identidad
Las Velas son las celebraciones comunitarias más importantes del Istmo de Tehuantepec. Su nombre proviene de las antiguas vigilias nocturnas en el siglo XIX dedicadas a los santos patronos, cuando los habitantes permanecían reunidos a la luz de las velas. Con el tiempo, aquellas ceremonias se transformaron en festividades que se celebran por distintos motivos (santos, plantas, oficios, siembras, etcétera), donde confluyen tradiciones zapotecas y católicas. Cada barrio, gremio o comunidad organiza la suya, por lo que el calendario del Istmo está marcado por decenas de Velas que, entre abril y noviembre, reúnen a miles de personas.
Foto: FB / Las Auténticas Intrepidas Buscadoras del Peligro
Cada celebración es organizada por una mayordomía, responsable de coordinar durante meses la música, la comida, los invitados y el protocolo. Los discursos de los mayordomos, los brindis y buena parte del apartado ceremonial continúan pronunciándose en diidxazá. También lo hacen muchos de los sones istmeños que acompañan la fiesta como La Sandunga, considerada un símbolo de la identidad oaxaqueña. La fiesta reafirma los lazos familiares y comunitarios mediante un principio profundamente arraigado en la región: la reciprocidad. Quien hoy recibe a la comunidad, mañana recibirá el apoyo de la misma en sus puertas.
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Algunas, como la Vela Sandunga o la Vela de las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro, forman parte del patrimonio cultural del Istmo y reflejan la diversidad de quienes lo habitan. Más que un festejo, las Velas conservan una forma de entender la comunidad donde la identidad se fortalece al compartir la mesa, la música, la memoria y la celebración. Con cada una se renueva el compromiso de pertenecer a una comunidad que encuentra en la memoria compartida su mayor fortaleza.
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