Los días de Rubén Rocha Moya están contados. Después de la aventura que impulsó López Obrador para que regresara al gobierno de Sinaloa, gloria de la que gozó solamente unas cuantas horas, hubo de dejar de nuevo el cargo ante la presión norteamericana a la señora Sheinbaum para recordarle que si ese mandatario estatal morenista no se iba de nuevo, entonces ellos vendrían por él en una acción unilateral al estilo de la captura de Maduro en Venezuela.
Sheinbaum, exhibida vergonzosamente y rebasada en sus funciones institucionales de presidenta por quien sigue manejando los hilos reales del poder desde Palenque, manifestó su inconformidad ante esa decisión sin aludir expresamente al tabasqueño y, con el pie norteamericano en el pescuezo, le manifestó a Rocha Moya el desacuerdo con su regreso. Por primera vez ordenó el cierre de filas de todo el oficialismo con ella y todos los que le habían coreado en público y en el Congreso un “no estás solo”, ahora le exigían al defenestrado mandatario del noroeste un compromiso con el “proyecto de transformación” del morenismo-obradorismo.
Quienes entregaron su alma y la mitad de la patria al crimen organizado a cambio de dinero para financiar y ganar elecciones, ahora han protagonizado este nuevo capítulo de la tragedia –que no comedia- de nuestro país, después de que han saqueado las arcas públicas, destruido las instituciones de la república y paralizado la economía del país.
No creo que estemos ante una ruptura de Sheinbaum con López Obrador a causa de Rocha Moya. Ellos tres son parte y esencia del mismo proyecto corrupto de dominación y control político para mantenerse indefinidamente en el poder.
Tampoco estamos ante un “golpe de Estado“ de López Obrador en contra de Sheinbaum. Sin embargo, ciertamente lo sucedido no fue cosa menor, sino que revela fuertes tensiones internas por el liderazgo del proyecto dictatorial para demostrar quién defenderá mejor el pacto de impunidad para mantenerse indefinidamente en el poder, y quién protegerá mejor al máximo jerarca del movimiento y a sus vástagos, los cuales ya traen a la justicia norteamericana pisándoles los talones.
La señora Sheinbaum no ha condenado los acuerdos de AMLO (vía Rocha Moya) con “Los Chapos” y “El Mayo”. Ella simplemente ha dicho que la nueva licencia de Rocha Moya para separarse del cargo fue “lo mejor” que le pudo pasar a Sinaloa, en lugar de asumir que lo verdaderamente mejor que le puede pasar al estado y al país es la detención de este individuo para que sea juzgado por la justicia de México y la de Estados Unidos.
De hacerlo, significaría que la presidenta obradorista habría decidido actuar como verdadera jefa de Estado, respetuosa de la ley, del Estado de Derecho e iniciar así la reconstrucción de la república democrática por ellos derrumbada.
Eso sí sería una verdadera ruptura con el maximato de López Obrador. Tiene a la mano la oportunidad para hacerlo, por sus valiosos contactos y relaciones internacionales, aunque todo indica que son más fuertes sus compromisos de complicidad que la llevaron al poder. Si así actuara pasaría con gloria a la Historia, por lo menos por su valor, por su valentía. Pero dudo que lo vaya a hacer.
En conclusión, la crisis que han provocado en el país es al mismo tiempo expresión de la crisis del obradorato, de la crisis de su proyecto de control político, autoritario y corrupto, y de su podredumbre. Eso ya es insoportable. El 2027 puede ser la gran oportunidad para ganarles en las urnas y echarlos del poder. Juntos, sociedad civil y oposición política, con un programa democrático básico en favor de México.
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