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Janeth sabe que su hermano Gerardo ya está muerto, pero lo sigue buscando.

El joven salió de su casa en Jalisco el 18 de febrero de 2026 para realizar una entrevista de trabajo. Le prometieron un buen empleo en la construcción en el estado de Colima, con la posibilidad de regresar a casa los fines de semana, pero todo fue un engaño. En realidad, un grupo criminal lo trasladó a la sierra de Zacatecas para someterlo a un adiestramiento forzado.

Gerardo tenía 27 años, era albañil y vivía en Tlajomulco de Zúñiga, municipio que forma parte del área metropolitana de Guadalajara.

Su hermana Janeth denunció la desaparición y, a mediados de abril, Gerardo logró comunicarse con ella por primera vez.

“Quita la denuncia, hermana, porque si se enteran que me estás buscando me va a ir peor. Aquí está de la chingada”, soltó.

Para entonces, Gerardo ya estaba en la zona serrana del sur de Sinaloa, a cientos de kilómetros de su casa, en medio de la guerra interna del cártel.

Janeth mantuvo la denuncia y, durante meses, insistió ante la fiscalía de Jalisco para que rescataran a su hermano, pero la petición no avanzó. A pesar del cautiverio, Gerardo siguió en contacto con su hermana mediante llamadas y mensajes, al menos una vez por semana. Le decía que no quería estar ahí y que vivía en peligro constante, pero conservaba la esperanza de volver a casa y ver a su hijo.

Cada vez que lograban comunicarse, Janeth intentaba darle ánimo y le pedía que no perdiera la fe; a veces le sugería que escapara o pidiera auxilio a los militares o a la policía, pero Gerardo temía que lo asesinaran si intentaba huir.

El domingo 21 de junio fue Día del Padre y Janeth despertó inquieta; había soñado con Gerardo. Apenas abrió los ojos le envió un mensaje por WhatsApp para felicitarlo, pero no recibió respuesta. Preocupada, insistió durante todo el día con llamadas y mensajes.

Después se abrió una zanja larga de espera hasta que, el viernes 26 de junio, recibió la llamada de un desconocido que aseguró haber sido compañero de Gerardo. Al escucharlo, notó una voz aún infantil que le contó lo que al parecer había ocurrido el domingo pasado: desde el aire, un dron comercial lanzó un explosivo sobre un campamento oculto en las faldas de una montaña del sur de Sinaloa. El artefacto cayó cerca de Gerardo y lo mató al instante.

El muchacho narró entre sollozos que él intentó cargar el cuerpo de Gerardo, pero no pudo porque el grupo armado contrario se acercaba y apenas le quedaba tiempo para salvarse a sí mismo. Tuvo que dejarlo en medio de la montaña.

En aquella llamada, una y otra vez el muchacho le pidió perdón por haber abandonado el cuerpo. También le prometió ayudarla y le dio indicaciones para llegar a los restos de su hermano: nombres de los poblados, una distancia aproximada hacia lo alto de la sierra y la referencia de un barranco.

Desde entonces, Janeth ha seguido esas indicaciones pero no logra encontrarlo. Las lluvias que comenzaron a mediados de julio han hecho crecer el monte y borraron los rastros del camino.

Janeth sabe que su hermano Gerardo ya está muerto, pero lo sigue buscando. Se niega a cesar la búsqueda porque Gerardo tiene un hijo de 10 años que todavía no sabe que su padre falleció, y ella, su tía, no quiere que crezca con la enorme angustia de la incertidumbre.

“Mi hermano ya murió, él está descansando en paz. Pero la necesidad de encontrarlo es para poder decirle a su hijo: aquí está su papá”, dice. Janeth busca en Sinaloa a su hermano Gerardo de 21 años, originario de Tlajomulco, Jalisco.
Crédito: Gabriel Pano

Por eso hoy, 14 de septiembre, Janeth ha regresado por tercera vez a la sierra del sur de Sinaloa.

Es una persona delgada, de cabello negro y lacio que este día viste unos pantalones vaqueros y una blusa negra de manga larga. El día está dedicado a buscar a su hermano. La acompañan integrantes del colectivo de búsqueda Por las Voces sin Justicia de Mazatlán, la Comisión Estatal de Búsqueda y elementos de seguridad.


Un mensaje colocado en un árbol de la sierra de Sinaloa pide pistas para localizar el cuerpo de Gerardo. Crédito: Gabriel Pano

Antes de iniciar la revisión, justo a las 10:39 de la mañana, Janeth prende una veladora y coloca a un costado la foto de su hermano. Después camina por las veredas, se abre paso entre la maleza y deja pequeños letreros escritos a mano que pega con cinta transparente sobre los húmedos troncos de los árboles. En ellos anota un número de teléfono y ruega por cualquier pista que permita encontrarlo.

“Mi hermano murió aquí el Día del Padre, solo quiero llevarme su cuerpo, te lo imploro”, escribe en uno de los letreros.

Janeth sabe que su hermano Gerardo ya está muerto, pero lo sigue buscando.

Durante más de dos años, la guerra entre las facciones del Cártel de Sinaloa ha dejado más de 4 mil homicidios y 4 mil 500 desapariciones en la entidad con poco más de 3 millones de habitantes, según datos de la Fiscalía General del Estado de Sinaloa. El conflicto ha desatado una violencia brutal, marcada por el uso de explosivos artesanales lanzados desde drones, cuerpos cercenados expuestos en las calles, así como casas y negocios incendiados.

Para sostener esta batalla, los grupos en disputa han extendido sus redes de reclutamiento a otros estados del país, donde adolescentes y jóvenes son atraídos con falsas ofertas de empleo y promesas de sueldos elevados. A unos los reclutan con engaños, a otros les dicen la verdad. Después son trasladados a campamentos de entrenamiento y enviados a las zonas de batalla.

Nadie conoce la cifra real del reclutamiento de jóvenes y menores en México, pero en esta investigación periodística se documentó un incremento en el número de personas foráneas desaparecidas en Sinaloa a partir de septiembre de 2024, justo cuando se desató la violencia. De 142 casos registrados en 2023, la cifra pasó a 208 en 2024, y alcanzó 231 reportes en 2025, un aumento del 63% respecto al año previo al conflicto.

Entre septiembre de 2024 y junio de 2026, en medio de la guerra interna del cártel, las personas desaparecidas en Sinaloa llegaron a 536; la cifra representa más de la mitad de todos los casos registrados en los cinco años previos, entre 2019 y 2023.

El incremento de las desapariciones coincide con una estrategia de reclutamiento forzado utilizada por grupos criminales para sostener la guerra, según los testimonios de víctimas y especialistas entrevistados. A partir de sus relatos se lograron reconstruir dos rutas de reclutamiento que conectan los estados de Jalisco y Durango con Sinaloa. Durango, Jalisco, Sonora y Chihuahua concentran el 44% de las personas originarias de otras entidades que fueron reportadas como desaparecidas en Sinaloa.

“Son jóvenes de los estados vecinos de donde los están trayendo. Es toda una maquinaria que requiere personas que son utilizadas como desechables, como carne de cañón, como desperdicios, y cada vez requieren reclutar más para poder sostener esa guerra”, afirma Elena Azaola, antropóloga e investigadora especializada en violencia y desaparición de personas.

Estos datos se construyeron a partir de decenas de solicitudes de información a comisiones estatales de búsqueda y fiscalías locales. Las instituciones proporcionaron reportes de desaparición y carpetas de investigación en las que Sinaloa aparece como el último lugar donde las personas fueron vistas. En total, los datos permiten identificar a 944 personas originarias de 29 entidades del país que desaparecieron en Sinaloa, entre enero de 2019 y junio de 2026, un periodo de análisis que comprende el sexenio de Andrés Manuel López Obrador y los primeros años del gobierno de Claudia Sheinbaum.

En esta investigación también se documentan los obstáculos que enfrentan las personas para buscar a sus familiares desaparecidos en otro estado. Colectivos de Sonora, Jalisco y Durango afirman que las carpetas de investigación pueden tardar hasta tres meses en transferirse entre fiscalías, mientras que las autorizaciones para realizar búsquedas en campo en Sinaloa demoran entre seis meses y un año.

A estas dificultades se suma la falta de apoyo económico para los traslados. Familias de Jalisco y Durango aseguran que las Comisiones Ejecutivas de Atención a Víctimas de sus estados les han negado recursos con el argumento de que corresponde a Sinaloa proporcionarlos, mientras que en esa entidad las autoridades rechazan apoyar a personas foráneas.

La responsabilidad de buscar no debería de ser de las familias, sino de las autoridades, pero en México, esa es una batalla prácticamente perdida.

La ruta de las desapariciones

La guerra interna del Cártel de Sinaloa ha disparado las desapariciones de personas provenientes de otros estados del país. Durango, Jalisco, Sonora y Chihuahua concentran el 44% de los casos registrados entre septiembre de 2024 y junio de 2026.

Explora el mapa para conocer los estados de origen y las desapariciones por año.

Fuente: Carpetas de investigación de fiscalías locales y reportes de las Comisiones Estatales de Búsqueda que señalan a Sinaloa como el último lugar de desaparición o localización, con o sin vida.

Notas: Los datos de 2026 llegan hasta junio. La fuente Wee People es creación de ProPublica.

La tarde del primero de enero, Kevin, de 19 años, salió de su casa para trabajar en una fiesta de Año Nuevo en un rancho cercano a la capital de Durango. El joven se empleaba en el montaje de mobiliario para bodas y bailes en rancherías: cargaba tablones de madera y acomodaba manteles blancos sobre las mesas. La noche anterior había despedido el 2024 en casa, junto a su madre, Manuela, y sus dos hermanas; pero después de aquella jornada de trabajo, ya no volvió.

Durante dos días nadie supo de él, algo inusual porque Kevin acostumbraba llamar a su madre cada vez que salía. Si no tenía teléfono, se comunicaba desde el celular de su patrón para avisarle en qué pueblo estaba y a qué hora pensaba regresar, aunque esta vez no lo hizo.

Al tercer día, el teléfono por fin sonó y era Kevin, que intentaba tranquilizar a su madre. Le contó que le habían prometido un sueldo de 20 mil pesos al mes y trabajo seguro durante tres meses, dinero que pensaba utilizar para ayudar con los gastos de la casa. En realidad lo habían llevado a las “pecheras”, como se conoce a las células de jóvenes armados que portan chalecos antibalas.

—Flaco, ¿por qué hiciste eso? – reclamó Manuela entre la angustia y el enojo.

—Es que yo no sabía, amá. Pero no te preocupes, en marzo bajo – aseguró el muchacho desde lo alto de la sierra.

Manuela busca a su hijo Kevin de 19 años, originario de Durango y desaparecido en Concordia, Sinaloa. Crédito: Diego Prado

Kevin prometió llamar cada quince días, y cumplió durante las primeras semanas. Le contaba a su madre que estaban en la zona serrana de El Salto, Durango, a 60 kilómetros de los límites con Sinaloa, y que varios amigos de su edad también habían entrado en “las pecheras”. Conforme el grupo armado se internaba en la sierra rumbo a Sinaloa, la promesa de regresar a casa se fue aplazando.

A finales de abril, Kevin perdió su celular y comenzó a comunicarse desde los teléfonos de otros compañeros, pero cuando Manuela devolvía las llamadas, muchas veces no lograba localizarlo porque los grupos se dispersaban entre los cerros. En las últimas semanas de mayo, la mujer comenzó a notar un cambio en la voz de su hijo, que cada vez sonaba más asustado.

“Mamá, ya no quiero estar aquí. Nos avientan bombas, nos tenemos que esconder. Hay muchos niños. Ya no quiero estar aquí”, le suplicó en una última llamada.

Después de esa conversación, Kevin no volvió a llamar, y Manuela solo recibió versiones contradictorias de sus compañeros sobre lo que había ocurrido. Uno le dijo que los militares lo habían detenido, otro le mostró videos de un enfrentamiento y aseguró que había muerto, pero ella no ha podido confirmar ninguna de esas versiones. Lo único que sabe es que su hijo fue visto por última vez en Potrerillos, Concordia, en la parte alta de la sierra sinaloense, una zona cercana a Durango.

“Es una muerte en vida. Es terrible pensar que, a lo mejor, tu hijo quedó muerto por ahí en la sierra, o que está vivo y no come, que no tiene que tomar”, lamenta la mujer.

Este lunes 27 de julio, más de un año después de la desaparición de su hijo, Manuela comparte su historia junto a otras 10 madres reunidas en un café del centro histórico de Durango; todas son integrantes del colectivo Buscando a Emilios y perdieron el contacto con sus hijos e hijas después de que se trasladaron a Sinaloa. Una a una cuentan lo último que supieron de ellos, hablan en voz baja, casi inaudible, mientras sostienen las fichas enmicadas en tamaño carta con sus fotografías.

Las buscadoras duranguenses denuncian que las carpetas de investigación están paralizadas en la Fiscalía de Sinaloa. Varias aseguran que al pedir ayuda fueron revictimizadas, pues los agentes ministeriales las trataron como si sus hijos fueran “contras”, es decir, supuestos integrantes de La Mayiza en un territorio controlado por Los Chapitos, las dos grandes facciones en disputa.

Madres buscadoras de Durango aseguran que perdieron contacto con sus hijos e hijas apenas se trasladaron a Sinaloa.
Crédito: Diego Prado

Viajar a Sinaloa requiere dinero y tiempo que casi ninguna tiene. Además, deben recorrer un estado desconocido y peligroso, sin familiares ni redes de apoyo que las orienten.

Aun así, a finales de julio, las madres estaban listas para cruzar la sierra y entrar a Sinaloa. Planeaban recorrer rancherías para pegar fichas con las fotografías de sus hijos, entrar al penal local, revisar los expedientes del Servicio Médico Forense y buscar posibles fosas clandestinas entre los cerros del sur del estado.

Pero dos días antes de partir, la Comisión de Búsqueda de Sinaloa canceló la brigada que las madres llevaban meses organizando con el argumento de que la violencia en la zona había aumentado. El operativo quedó suspendido por tiempo indefinido, sin que las madres supieran cuándo tendrán una nueva oportunidad para seguir el rastro de sus hijos.

Los grupos criminales aprovechan las vulnerabilidades de los adolescentes para atraerlos, explica David Coronado, investigador e integrante del Comité de Análisis Universitario en Materia de Desaparición de Personas de la Universidad de Guadalajara.

“Los adolescentes son manipulables, creen en las ofertas de trabajo. Les dicen: vas a ganar 10 mil pesos a la semana y te voy a capacitar. Además, se le pone la expectativa de que va a haber un retorno a su casa. Es un trabajo de vacaciones, vas a regresar con dinero. Pero es un engaño”, explica el académico.

Seis de cada 10 personas originarias de otros estados que desaparecieron en Sinaloa tienen entre 15 y 34 años, según los registros de fiscalías y comisiones de búsqueda analizados. Sin embargo, el incremento más significativo se observa entre los adolescentes de 15 a 19 años. En apenas seis años, las denuncias en este rango de edad pasaron de tres casos en 2019 a 42 en 2025, año en el que se convirtieron en el grupo de edad con más registros. Durante el primer semestre de 2026, volvieron a concentrar el mayor número de reportes.

La desaparición de adolescentes y jóvenes foráneos de entre 15 y 19 años aumentó tras el estallido de la guerra en Sinaloa
Crédito: Diego Prado

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos reconoció que el reclutamiento forzado de niñas, niños y adolescentes es una de las causas de las desapariciones en México. En un informe presentado en mayo de 2026, el organismo advirtió que los adolescentes son especialmente vulnerables a ser captados por grupos criminales en contextos marcados por la pobreza, la falta de oportunidades, la exclusión social y la violencia.

El organismo internacional advirtió que, incluso cuando el reclutamiento parece voluntario, puede estar condicionado por presiones económicas o amenazas contra los adolescentes y sus familias, por lo que exhortó a reconocer a los menores reclutados como víctimas.

En su informe, la CIDH identificó una región denominada “Corredor del Pacífico”, integrada por Sinaloa, Nayarit, Colima y Jalisco, donde las desapariciones estarían vinculadas con actividades del crimen organizado. También documentó el reclutamiento de jóvenes mediante falsas ofertas de empleo en Jalisco, Nayarit y Zacatecas, regiones que coinciden con los testimonios recabados en esta investigación.

En sus recomendaciones, la CIDH exhortó al Estado mexicano a fortalecer las políticas de protección a menores expuestos al reclutamiento forzado e informar sobre los resultados de las medidas implementadas para prevenir y erradicar esta práctica. Hasta el momento no ha sucedido.

Martha Leticia y su hermana caminan por las calles de Guadalajara, cargan unas lonas enormes y pesadas que les cubren casi la totalidad del cuerpo. En ellas aparece el rostro de David, el hijo de Martha Leticia, un adolescente de 14 años desaparecido hace dos meses y medio. La fotografía de su ficha parece tomada para una credencial escolar. David viste una playera tipo polo de un blanco impecable y un fondo azul cielo resalta sus facciones infantiles.

Las mujeres avanzan entre cientos de personas, jóvenes, adultos mayores, madres con carriolas y bebés en brazos; familias completas que este domingo 30 de agosto, Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada, marchan por el centro de Guadalajara rumbo al Palacio de Gobierno de Jalisco. Por momentos, la tía de David se separa del contingente para pegar pequeñas fichas impresas en blanco y negro; las fija con cinta adhesiva que enrolla varias veces alrededor de los postes de la calle y luego vuelve a incorporarse a la marcha.

Martha Leticia busca a su hijo David Emiliano de 14 años, desaparecido en Jalisco y con indicios de haber sido reclutado en Sinaloa.
Crédito: Diego Prado

El domingo 14 de junio, Martha Leticia salió con su hijo a la carnicería, y mientras estaban ahí, David le pidió permiso para ir a la tienda por un jugo, a menos de una cuadra de distancia, pero ya no volvió. Preocupada, la mujer acudió a la tienda, donde le dijeron que el adolescente ni siquiera había entrado, así que lo buscó por toda la colonia y preguntó a sus vecinos sin que nadie pudiera darle noticias de su paradero. Por esas mismas fechas, otros jóvenes de su barrio, en Tonalá, Jalisco, también habían desaparecido, y eso le hizo imaginar lo peor.

La mujer recuerda con molestia y frustración que cuando acudió a la Fiscalía de Jalisco para denunciar la desaparición de David, una agente ministerial le dijo con frialdad que su hijo había sido reclutado y que regresaría en un par de meses.

Dos días antes de la marcha, Martha Leticia volvió a la Fiscalía para preguntar por los avances de la investigación, pero salió enfurecida porque los agentes le insinuaron que David había participado en el reclutamiento de otros adolescentes, una acusación que ella rechaza.

Al salir de esa reunión, Martha Leticia se encontró con varios periodistas que esperaban afuera de la Fiscalía, y frente a sus cámaras lanzó una advertencia directa al joven que ella señala como responsable de llevarse a David.

“El muchachito que se lo llevó es compañero de la secundaria, y resulta que ahora mi hijo es el reclutador. Más vale que me entregues a mi hijo vivo y sano o voy a publicar tu foto. Tú decides”, advirtió de frente a las cámaras.

Entre la información que Martha Leticia ha logrado reunir sobre el paradero de su hijo hay indicios de que fue llevado a un campamento en Zacatecas y después a la sierra de Sinaloa. Según cuenta, otro adolescente resultó herido en esa zona y fue trasladado a un hospital; más tarde, el joven declaró ante la Fiscalía de Jalisco que había visto a David entre los adolescentes reclutados en Sinaloa.

Entre junio y agosto de 2026, unos 180 adolescentes fueron reportados como desaparecidos en Jalisco y al menos 60 continúan desaparecidos, según datos del Registro Estatal de Personas Desaparecidas de Jalisco.

Cientos de personas buscan a sus familiares desaparecidos en Jalisco, entidad que los colectivos de búsqueda identifican como uno de los epicentros del reclutamiento forzado.
Crédito: Diego Prado

Al llegar a Palacio de Gobierno, líderes de los colectivos de búsqueda se reúnen frente a la puerta principal y colocan una bocina y un micrófono para que las familias cuenten sus historias. Los relatos de adolescentes desaparecidos y familias que sospechan que fueron reclutados por grupos criminales avanzan uno tras otro.

Martha Leticia y su hermana escuchan los testimonios sentadas en una banca de la Plaza de Armas de Guadalajara, mientras se frotan las piernas cansadas después de más de dos horas de marcha. A su lado, las enormes lonas con la fotografía de David permanecen extendidas sobre el suelo.

Los rostros de una guerra que recluta jóvenes


Estos son algunos de los adolescentes y jóvenes originarios de Sinaloa, Durango y Jalisco, desaparecidos entre 2024 y 2026 en territorio sinaloense. Sus familias han reunido indicios de que podrían haber sido víctimas de reclutamiento forzado.


*Haz click en la imagen y escucha el testimonio de sus familias.

Decenas de testimonios de familiares y entrevistas con líderes de colectivos de búsqueda permiten reconstruir, al menos, dos rutas interestatales de reclutamiento forzado que atraviesan entidades del norte y occidente del país, y que convergen en Sinaloa.

Desde Jalisco, algunos de los jóvenes reclutados son trasladados a campamentos de entrenamiento en la zona serrana de Zacatecas y, posteriormente, enviados a territorios en disputa en el sur de Sinaloa, principalmente a Mazatlán, Concordia, Escuinapa y Rosario.

“Sinaloa, Michoacán y Zacatecas son los tres puntos clave a donde se los llevan. Los entrenan en los cerros, los enseñan a agarrar las armas y de ahí los mandan a lugares donde hay enfrentamientos con alguna autoridad o entre los mismos cárteles, son a los primeros que mandan por delante”, explica Raúl Servín, líder del colectivo Lazos de Amor Jalisco.

En la ruta que parte desde Durango, los últimos registros de ubicación de las personas desaparecidas se concentran en la zona serrana de Concordia, Sinaloa, aunque también hay casos documentados en rancherías de Mazatlán, Rosario y Elota.

“Los tienen en las zonas de guerra. Ahí es donde se dan los enfrentamientos, es donde están los campamentos. A algunas señoras les han llegado videos de sus hijos sin vida, que se quedaron en enfrentamientos en esas zonas de Concordia”, explica Carmen Soto, de Buscando Emilios de Durango.

Existen rutas de reclutamiento de Jalisco y Durango hacia Sinaloa, con posibles vínculos con las facciones de Los Chapitos, el CJNG y La Mayiza.
Crédito: Valente Rosas

Los testimonios recogidos y las zonas donde se registraron las desapariciones aportan indicios sobre una posible vinculación de estas rutas con las dos facciones en disputa del Cártel de Sinaloa.

En la que conecta Jalisco, Zacatecas y Sinaloa, los indicios apuntan a una posible relación con Los Chapitos y su alianza con el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). A mediados de junio de 2026, el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, reconoció esa alianza y señaló que el CJNG había proporcionado financiamiento y personal de refuerzo para el sur de Sinaloa.

La ruta que parte de Durango podría estar vinculada a la facción de La Mayiza. Los testimonios recabados sitúan a jóvenes desaparecidos en territorios controlados por ésta. Los relatos describen desplazamientos desde la sierra de Durango hacia Sinaloa, una región por la que el grupo ha avanzado durante la guerra interna del cártel.

Mujeres buscadoras se internan en la sierra de Sinaloa para buscar a sus familiares desaparecidos.
Crédito: Diego Prado

Cuando era niño, Juan Octavio vivía con su familia en las frías montañas de Durango. Le gustaba jugar entre las parcelas y perseguir las gallinas, siempre vestido con un suéter amarillo que rara vez se quitaba. Desde lo alto de una colina, donde estaba la casa familiar, su madre lo veía ir de un lado a otro. A la distancia, con aquel suéter, parecía un pollito más corriendo entre los animales. Así se ganó el apodo de “Pollito”, con el que todos comenzaron a llamarlo.

Con los años, la familia se mudó a Elota, al sur de Sinaloa, para trabajar en los cultivos de maíz, tomate y chiles. Este municipio de vocación agrícola se convirtió en uno de los escenarios más violentos de la guerra entre las facciones del cártel. En medio de ese combate, el 10 de enero de 2026, Pollito desapareció cuando apenas tenía 16 años. Poco después, su familia supo que había sido reclutado por un grupo armado que lo mandó a pelear a la sierra.

Es viernes 31 de julio y su madre Yesenia, sus dos hermanos mayores, una prima y un tío aguardan en la plazuela de La Cruz de Elota, donde acordaron encontrarse con las integrantes del colectivo Por las Voces Sin Justicia, que viajaron desde Mazatlán para acompañarlos en la búsqueda. La familia está lista para internarse en una montaña. Llevan los rostros cubiertos con pasamontañas y paliacates para protegerse del sol; también cargan machetes y galones de agua para soportar la jornada. Conocen bien la zona; es la tercera vez que entrarán ahí para buscar a Pollito.

El lugar se ubica cerca del poblado Casas Viejas, a un costado de una carretera que sube hacia los límites con Durango. Durante meses, grupos armados usaron ese cerro como trinchera frente a sus rivales que bajaban de la sierra. Tras la desaparición de Pollito, su familia supo que el adolescente había muerto ahí en un enfrentamiento y recibió indicaciones para llegar al punto exacto donde había quedado su cuerpo semienterrado junto al de otros jóvenes.

Antes de iniciar el ascenso, unas 10 mujeres del colectivo se reparten radios portátiles y acuerdan la frecuencia que utilizarán para comunicarse. Las acompañan algunos oficiales de las Fuerzas Armadas y personal de la Comisión Estatal de Búsqueda. Un elemento de la Marina reúne a las buscadoras y les advierte que no deben recoger ningún objeto del suelo porque podría ocultar un artefacto explosivo. Apenas dos semanas atrás, dos marinos murieron en esa misma zona al mover un chaleco antibalas.

La montaña está cubierta por una vegetación tan frondosa que las copas de los árboles se entrelazan hasta ocultar el cielo y las ramas espinosas dificultan el andar. Al llegar a lo alto del cerro, el grupo se divide en dos: los hermanos, la prima y el tío de Pollito escalan hacia un peñasco más elevado para explorar desde arriba, mientras Yesenia guía a las mujeres del colectivo a la parte baja de la ladera.

Las buscadoras caminan por más de tres horas entre la maleza para llegar hasta las faldas del cerro, donde les indicaron que podría estar el cuerpo de Pollito, pero la vegetación es tan espesa que no consiguen localizar ningún rastro. El calor se acerca a los 40 grados y la humedad vuelve cada vez más pesado el recorrido; el agua comienza a escasear y varias insisten en que es momento de regresar, pero Yesenia se resiste a abandonar la búsqueda sin encontrar a su hijo. Acostumbrada al trabajo en el campo y a las largas jornadas bajo el sol, Yesenia insiste en avanzar mientras algunas de sus compañeras, empapadas en sudor, apenas pueden dar un paso.

Las mujeres buscadoras caminan por horas en condiciones extremas para intentar localizar a las personas desaparecidas.
Crédito: Diego Prado

A regañadientes, las mujeres la siguen y se internan en una zona cada vez más apartada, donde la vereda desaparece entre los matorrales y deben abrirse paso a machetazos. Están tan alejadas de los poblados que los celulares y las radios pierden la señal, algunas sospechan que se han perdido; ya nadie tiene agua ni sueros y todavía no encuentran la salida. El cansancio desata una discusión, varias buscadoras se niegan a continuar en esa dirección y proponen regresar hacia un camino más despejado. Yesenia pierde la paciencia y decide dejar de guiarlas. Se aparta del grupo y se sienta sobre una roca, desde la que contempla en silencio una verde cordillera que se extiende a lo lejos. Después de un rato comienza a hablar de la infancia de Pollito, recuerda aquellos años en Durango cuando correteaba con las gallinas vestido con su suéter favorito, y cuenta que fue ella quien eligió su nombre, Juan, en honor a su padre, y Octavio, por su abuelo. Respira profundo y vuelve a guardar silencio.

Yesenia busca a su hijo Juan Octavio de 16 años, desaparecido en Elota, Sinaloa.
Crédito: Diego Prado

Cuando los radios recuperan un poco de señal, los hijos de Yesenia intentan orientarlas desde la distancia y les recomiendan buscar unas enormes rocas pintadas de blanco, en lo alto del cerro, con un mensaje que dice “Jesús te ama”, pero las buscadoras recorren la ladera con la mirada sin conseguir encontrarlas. Alguien más propone levantar un dron para explorar el terreno desde el aire; eso les permite identificar el cauce de un arroyo seco que conduce hacia un canal junto a la carretera. Las mujeres siguen esa ruta durante media hora más y finalmente encuentran la salida.

Han pasado casi seis horas desde que empezaron a caminar; las últimas tres transcurrieron sin encontrar el camino de regreso.

Yesenia sube a la parte trasera de una patrulla que acude a su encuentro, rechaza el agua y el suero que le ofrecen. Sabe que no regresarán a buscar a Pollito hasta que comience la temporada de sequía, quizá hasta enero del siguiente año. Sus hijos, que habían salido un par de horas antes, la cuestionan.

—Amá, ¿cómo se perdió?, ¿qué no veía las piedras blancas?

—No me perdí, nunca estuvimos perdidas —responde Yesenia con firmeza. Tanto tiempo y ni siquiera pude encontrar a mi niño.

Esta investigación periodística fue desarrollada en colaboración con la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional (GI-TOC), a través del Fondo Resiliencia y el Observatorio para América del Norte. Su contenido fue producido de manera independiente y no refleja necesariamente las opiniones o posiciones de GI-TOC, del Fondo Resiliencia ni del Observatorio para América del Norte.

  • Créditos
  • Investigación: Miriam Ramírez
  • Fotografía: Diego Prado, Gabriel Pano, Valente Rosas
  • Edición: Silber Meza
  • Análisis de datos y visualización: Gilberto León
  • Editora de Datos: Daniela Guazo
  • Diseño Editorial: Alejandro Ramírez
  • Diseño Web: Miguel Ángel Garnica
  • Mentoría GI-TOC: Darwin Franco


Contenido sindicado vía RSS de El Universal. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/grafico/periodismo-de-investigacion/voragine-insaciable-reclutan-a-cientos-de-jovenes-para-sostener-la-guerra-en-sinaloa/

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El Universal
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