ÚLTIMA HORA
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Ella no tuvo el valor de volver a casa directamente. Pasó por la glorieta. Aguardó un buen cuarto de hora en los semáforos. Allí solían formarse atascos cuando el día tocaba a su fin, mientras el sol se introducía debajo de la muralla. Aparcó en doble fila delante de la panadería. No había nadie. Dejó el motor encendido. Se apresuró. Media barra de pan de salvado. Volvió corriendo al coche. Al apoyar el pan en el asiento trasero vio el pequeño cuerpo envuelto en la manta. Vio esa especie de momia de dolor. Tuvo un acceso de llanto. Cerró la puerta. Volvió a sentarse delante. Apoyó su frente en el volante. Lloró todo lo que necesitaba. Regresaba de ver al veterinario, que había tenido que ponerle la inyección al viejo gato Peer, que justo acababa de cumplir diecisiete años. Peer, el pequeño Peer, con el cual había vivido diecisiete años. Que la había acompañado, día tras día, mañana tras mañana, tarde tras tarde, durante diecisiete años. Al que había amado, día tras día, tarde tras tarde, noche tras noche, despertar tras despertar, desayuno tras desayuno, durante exactamente diecisiete años.


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