Los recuerdos no permanecen intactos: se sedimentan. Cada generación deposita sobre ellos una nueva capa de sentido sin borrar las anteriores. Walter Benjamin comparó la memoria con una excavación: quien quiere recuperar el pasado debe aprender a leer sus estratos. Quizá esa imagen permita acercarnos, cien años después, a la Guerra Cristera.
La literatura no conserva mejor la historia que los archivos; la vuelve nuevamente legible porque continúa interrogándola. El recorrido que sigue no pretende agotar una producción narrativa mucho más amplia y diversa. Se detiene en algunas obras que, a mi juicio, marcaron desplazamientos decisivos en las formas de representar la Cristiada y permiten seguir el proceso mediante el cual ese acontecimiento histórico fue sedimentándose en la literatura mexicana hasta incorporarse al imaginario colectivo. Novelas testimoniales, cuentos, novelas de la memoria, reescrituras históricas e incluso la reciente novela gráfica forman parte de ese proceso.
Las primeras novelas nacieron demasiado cerca de la guerra para desprenderse de ella. Héctor, de Jorge Gram; La Virgen de los Cristeros, de Fernando Robles; Los cristeros y Los bragados, de José Guadalupe de Anda, o Entre las patas de los caballos, de Luis Rivero del Val, escritas entre el final de los años veinte y la década siguiente, conservan la proximidad del acontecimiento. En ellas todavía hablan los testigos y la urgencia de fijar una memoria antes de que otras voces comiencen a reescribirla. Más que reconstruir el conflicto desde la distancia, buscan impedir que la experiencia desaparezca con quienes la vivieron. La representación permanece estrechamente ligada al testimonio.
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Muy pronto, sin embargo, la literatura deja de mirar únicamente la guerra para preguntarse por el mundo que la hizo posible. Ésa es la gran intuición de Agustín Yáñez. Al filo del agua (1947) no narra la Cristiada, pero construye el universo moral del que brotará. La vida del pueblo transcurre bajo una religiosidad que ordena el tiempo cotidiano, el deseo, la culpa y el miedo. Todo parece inmóvil y, sin embargo, bajo esa superficie se acumulan tensiones que terminarán por estallar. La guerra todavía no comienza, pero el lector comprende que ya estaba contenida en aquella forma de habitar el mundo.
Juan Rulfo da un paso decisivo. En el cuento La noche que lo dejaron solo (1953), la Cristiada ya no necesita fechas ni explicaciones. Basta un hombre que avanza solo por la sierra, separado de sus compañeros, para que toda la guerra se haga presente. El conflicto deja de ser únicamente un episodio histórico para incorporarse al paisaje. Esa misma geografía moral atraviesa los otros cuentos de El llano en llamas y alcanza una de sus formas más altas en Pedro Páramo (1955), donde los muertos siguen hablando porque el pasado continúa viviendo en los pueblos. Revolución y Cristiada parecen confundirse en una misma memoria de la violencia rural.
También José Revueltas desplaza el centro de gravedad del relato. En Dios en la tierra y, desde otra perspectiva, en El luto humano (1943), la guerra religiosa pierde parte de su especificidad histórica para convertirse en una reflexión sobre el fanatismo, el poder y la condición humana. Lo que permanece ya no esúnicamente el conflicto entre Iglesia y Estado, sino la pregunta por aquello que la violencia hace con una comunidad. La Cristiada deja de ser un episodio reconocible para adquirir una dimensión trágica y universal.
La transformación alcanza uno de sus momentos más altos con Antonio Estrada y Elena Garro. Rescoldo. Los últimos cristeros (1961) descubre un territorio narrativo prácticamente inexplorado: la guerra después de la guerra. Mientras las primeras novelas conservaban la memoria del levantamiento, Estrada narra el desgaste de quienes continúan resistiendo cuando el conflicto ha desaparecido de la historia oficial. El verdadero protagonista ya no es el combate, sino la persistencia de una memoria que se niega a aceptar el final. La experiencia familiar encuentra una forma narrativa que hace de la memoria materia de creación literaria.
La segunda parte de Los recuerdos del porvenir (1963) responde desde una operación narrativa completamente distinta. La ocupación militar de Ixtepec, la persecución religiosa y los fusilamientos transforman la novela en una reflexión sobre la violencia ejercida contra una comunidad. La guerra deja de organizar la acción para organizar la memoria. Pero Garro no reconstruye el conflicto desde la crónica, sino desde la memoria. El narrador ya no es un personaje: es el propio pueblo. Ixtepec recuerda. El tiempo deja de ser una sucesión de acontecimientos para convertirse en conciencia colectiva. Si Estrada acompaña la memoria de una familia, Garro convierte la memoria de una comunidad en la verdadera protagonista del relato. Entre ambos, la Cristiada deja de ser un episodio histórico para transformarse en una experiencia del tiempo.
A partir de los años sesenta cambia también la manera de representar el pasado. Ya no interesa únicamente el hecho histórico, sino su complejidad. José Trigo (1966), de Fernando del Paso, ensancha las posibilidades de la novela histórica mexicana mediante una escritura coral donde ninguna voz posee el monopolio de la verdad. Y desde ahí, la Cristiada puede leerse como un pasado compuesto por voces, memorias y versiones en tensión, más que como un relato único.
Jorge Ibargüengoitia responde desde otro registro. En El atentado (1963) recupera figuras emblemáticas como José de León Toral, la Madre Conchita, junto a Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles para desmontar las retóricas heroicas del México posrevolucionario. La ironía deja de ser un recurso humorístico para convertirse en una forma de conocimiento histórico. La memoria ya no busca una sola verdad: acepta la contradicción y la ambigüedad.
En las obras más recientes la Cristiada ya no necesita ocupar el centro del argumento para seguir actuando. En El testigo (2004), Juan Villoro no reconstruye la guerra; explora la forma en que ésta permanece incorporada a la memoria cultural del país. El regreso de Julio Valdivieso a México es también un regreso a las historias familiares, a la poesía de Ramón López Velarde y a una tradición que sigue proyectando sentido sobre el presente. La Cristiada ya no pertenece únicamente a quienes la vivieron: pertenece a quienes continúan interpretando sus huellas. Por otro lado, la reciente novela gráfica La línea de la vida, protagonizada por Corto Maltés, confirma que el conflicto ha abandonado definitivamente el territorio del recuerdo inmediato para incorporarse al imaginario colectivo.
Estas obras, vistas en conjunto, revelan algo más que la evolución de un tema literario. Cada una inventa una forma distinta de representar la Cristiada y, al hacerlo, amplía el imaginario desde el cual ese pasado continúa siendo legible. No se trata únicamente de un conjunto de novelas sobre una guerra, sino de formas narrativas mediante las cuales la literatura mexicana ha seguido interrogando algunas de las preguntas más persistentes de nuestra historia: la relación entre la fe y el poder, entre la conciencia individual y el Estado, entre la violencia y la comunidad, entre la memoria y la identidad.
Tal vez ésa sea la verdadera conmemoración. No repetir una historia conocida, sino descubrir cómo cada generación vuelve a escribirla para hacerla inteligible desde su propio presente. Las guerras no terminan cuando lo dicen los gobiernos. Tampoco cuando las registran los historiadores. Permanecen abiertas mientras la literatura siga encontrando en ellas nuevas formas de comprendernos.
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