“La mejor manera de predecir el futuro es construirlo.”
Peter Drucker
Toda generación enfrenta una decisión silenciosa: consumir el futuro o construirlo. Es una decisión que toman las familias cuando eligen entre ahorrar o gastar, las empresas cuando deciden entre repartir utilidades o invertir en crecimiento, y también las naciones cuando definen sus prioridades presupuestales. Las grandes economías no se distinguen por la cantidad de recursos que poseen, sino por su capacidad para convertir esos recursos en prosperidad duradera. Construyen antes de consumir. Invierten antes de repartir. Piensan en décadas y no únicamente en el siguiente ciclo político.
México enfrenta hoy esa misma decisión. Existe una diferencia fundamental entre gastar e invertir. El gasto atiende las necesidades del presente; la inversión crea las condiciones para generar más riqueza en el futuro. Ambos son indispensables. Un país con los niveles de pobreza y desigualdad que aún tiene México necesita programas sociales sólidos y un Estado capaz de responder a las necesidades más urgentes de la población. Sin embargo, también necesita reconocer que el bienestar permanente sólo puede sostenerse sobre una economía que crece, invierte y aumenta su productividad. Cuando un país sustituye inversión por gasto corriente durante demasiado tiempo, comienza, casi sin darse cuenta, a consumir el capital que debía construir su futuro.
La economía funciona igual que una empresa o una familia. Una familia puede utilizar sus ahorros para mantener temporalmente su nivel de vida y una empresa puede dejar de invertir durante algunos años para mejorar sus resultados de corto plazo. Pero ninguna de las dos puede hacerlo indefinidamente sin comprometer su futuro. Los países tampoco. Cada peso que deja de destinarse a infraestructura, educación, energía, innovación, seguridad o investigación representa una oportunidad perdida. Es la carretera que nunca se construyó, la planta eléctrica que nunca se amplió, el puerto que perdió competitividad, la universidad que no pudo formar más ingenieros o la empresa que decidió instalarse en otro país. Ese es el verdadero costo de oportunidad. No suele aparecer inmediatamente en el presupuesto, pero termina reflejándose años después en una menor productividad, salarios estancados y oportunidades cada vez más limitadas.
Por eso, el debate económico no debería concentrarse únicamente en cuánto gasta el gobierno. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿estamos utilizando nuestros recursos para consumir o para construir? La mejor política social nunca será aquella que consiga que más personas dependan del Estado, sino la que permita que cada vez menos personas lo necesiten. Eso sólo ocurre cuando una economía genera inversión, empresas competitivas y empleos de mayor calidad. El crecimiento económico no es un objetivo distinto del bienestar social; es la condición que hace posible sostenerlo en el tiempo.
La historia económica ofrece suficientes ejemplos. Corea del Sur apostó por la educación y la tecnología. Singapur construyó instituciones e infraestructura de clase mundial. Irlanda invirtió en talento y atrajo inversión global. Sus estrategias fueron distintas, pero compartían un mismo principio: sacrificar parte del presente para construir un futuro más próspero. Ninguno de estos países alcanzó altos niveles de bienestar distribuyendo riqueza antes de generarla. Primero construyeron capacidad productiva; después pudieron repartir sus beneficios.
México tiene hoy una oportunidad extraordinaria. La reorganización de las cadenas globales de suministro, nuestra integración con América del Norte y la cercanía con el mayor mercado del mundo podrían convertirnos en uno de los principales destinos de inversión durante la próxima década. Pocas veces la historia ofrece oportunidades de esta magnitud. Pero las oportunidades no se aprovechan por decreto. Requieren infraestructura, energía suficiente, agua, estado de derecho, capital humano y certidumbre para invertir. En una sola palabra, requieren visión de largo plazo. Si destinamos cada vez menos recursos a construir esas capacidades, corremos el riesgo de desperdiciar una oportunidad que difícilmente volverá a repetirse.
El mayor riesgo para México no es una crisis económica. Las crisis, tarde o temprano, terminan por corregirse. El verdadero riesgo es algo mucho más silencioso: acostumbrarnos al estancamiento. Aceptar como normal crecer poco, conformarnos con una productividad que no avanza y resignarnos a que la siguiente generación tenga menos oportunidades que la anterior. Ese sería nuestro verdadero fracaso, porque las naciones rara vez colapsan de un día para otro; normalmente dejan de avanzar mucho antes de que sus ciudadanos sean plenamente conscientes de ello.
Al final, la prosperidad de un país no depende únicamente de cuánto consume, sino de cuánto decide construir. Esa es la diferencia entre las sociedades que simplemente administran el presente y aquellas que crean oportunidades para las generaciones que aún no han nacido. Cada presupuesto, cada obra de infraestructura, cada escuela, cada inversión en energía, innovación o estado de derecho es, en realidad, una decisión sobre el país que queremos dejarles. El futuro nunca llega por accidente. Se construye, decisión tras decisión. Y quizás esa sea la responsabilidad más importante de cualquier generación: entregar a la siguiente un país con más oportunidades de las que recibió.
@LuisEDuran2
Contenido sindicado vía RSS de El Universal Opinión. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/luis-duran/la-tentacion-de-consumir-el-futuro/