Octavio Paz fue quien, con más énfasis, advirtió de que la demolición del lenguaje es un efecto de los regímenes autoritarios y una condición para su permanencia.
El planteamiento no es ético y moral, o no solamente. Es esencialmente político: romper el lenguaje implica desaparecer el pensamiento razonado de la plaza pública. Por eso nada hay que reprocharle al populismo mexicano, éste actúa según su naturaleza: habla a nombre del pueblo con un fervor que funde a uno y otro (o sea, al poder y al pueblo), parte en dos a la sociedad e infama a sus detractores, los acusa de los males del país y los vuelve enemigos del pueblo (recuérdese: “sólo el pueblo puede salvar al pueblo”). En suma, el populismo impone su lenguaje y lo convierte en práctica habitual.
El populismo afianza la victoria cuando el otro extremo que éste engendró recoge la misma lengua, impone el adjetivo y, en una lid encarnizada, asocia el valor con el insulto. El ruido el el habitat del poder y uno de sus descenlaces es la prostitución de las palabras. Pero antes de seguir, quiero evitar un malentendido: la polarización es un hecho sobre el que debemos intervenir. Hay que afrontarlo con términos fuertes y persuasivos. Las buenas formas ante la crispación son actos fútiles y autoengaños tanto como el vulgar dicterio. En ambos casos es notoria, además de la orfandad intelectual, la insolvencia moral si convenimos en que un imperativo frente al populismo es no portarse como sus representantes ni doblegarse ante ellos, temerosos de que manecillen su piel a resoplidos.
La disputa política está en la narrativa. Y quienes nos oponemos al autoritarismo tenemos la desventaja adicional de enfrentar a ese poder. Nuestros intelectuales perdieron bastante tiempo en calibrar la amenaza que se cernía sobre nosotros, muchos de ellos acostumbraron hablarle al Príncipe y recibir sus favores. Sus intentos resultaron vanos. Otros malgastan los días deshilando el presente para revisar cuando transitamos a la democracia como si fueran de esos maestros que eternamente dan la misma materia en la Universidad. Y unos más viven de coloquios y compilaciones librescas para estudiar el fenómeno del populismo sin que nadie o muy pocos se enteren de su abnegado esfuerzo que sufragan las universidades y los convenios internacionales para premiar méritos académicos.
Evitemos otro probable equívoco. El campo de acción de los intelectuales es vasto entre la academia, el periodismo, el arte, la literatura y entre ésta la poesía. Descreo de la militancia que entorpece y, en el peor de los casos, socava la labor creativa. Entiendo el aporte que la escritura y la poesía hacen frente a la destrucción del idioma impulsado por el autoritarismo y, más aún, aprecio esa labor. María Izquierdo en los años 30 no sólamente fue la primera mujer en exponer en Nueva York, también fue icono contra Francisco Franco y la Guerra Civil Española tanto como el poema “No pasarán” aunque con el decurso del tiempo a Paz no le gustara por su estética y porque, en buena hora, dejó de creer en la militancia de la literatura (a diferencia de Pablo Neruda, por ejemplo).
No olvidemos: la extrema derecha apoyó el fascismo en ciernes en Europa, en esos años. En los 40, los muralistas destacan contra el fascismo alistados en el “socialismo real” que abrazó la izquierda hegemónica, tanto, que Siqueiros, atentó contra Trotsky pretendiendo emular las purgas de Stalin. Frente a esos campos extremos, la literatura fue terreno fértil para la resistencia: “El hijo pródigo” y “Romance”, por ejemplo (ésta última impulsada por intelectuales del exilio español). Alfonso Reyes, Alí Chumacero y Octavio Paz demostraron que en el terreno de las letras había algo más que una narrativa epopéyica o que la creación era algo más que Máximo Gorky escribiendo “La madre”.
Ochenta años después, el populismo demuele el lenguaje de la historia que, con precisión, advirtió sobre la asonada del autoritarismo fascista o comunista. Cualquiera que disienta del gobierno mexicano es “facho” o “fascista”. No importa el significado del término, importa el vocablo para desacreditar al otro. La paradoja es notoria: el aparato de propaganda emula la estrategia de Goebbels para mancillar la reputación del enemigo y evitar el intercambio de ideas. El populismo corona su objetivo cuando el polo opuesto convierte a los ejecutores de esa estrategia en “zurdos de mierda”. Si la vitalidad del lenguaje depende de la creación, este muere cuando lo hablan pericos con lengua de chile y sal. Peor aún, mientras las aves aletean, el poder mantiene las llaves de las jaulas.
Esta no es una invitación a ocupar la medianía; “Corea del centro”, dice la derecha cuando se exhibe su decadencia intelectual y moral, su ignorancia. Es la convocatoria a una batalla que aliente al pensamiento, como en las grandes empresas civilizatorias de la Ilustración o como en los momentos fundadores de la República desde mediados del siglo antepasado hasta las gestas democratizadoras. Pero acordemos que no tenemos más referentes que el pasado inmediato -la transición democrática abortada-, un puñado de medios comunicación dispuestos a abandonar la propaganda y el esfuerzo de intelectuales aunque entre ellos hay quienes, como los últimos mohicanos, envejecieron al punto de carecer de reflejos y, lo peor: extraviaron sus palabras en el tiempo. Además, son actores de un teatro que cambió de tarima, no pueden enfrentar las novedades digitales para transmitir su opinión. Me dice un amigo que es como ver jugar a Garrincha en el fútbol actual. El penoso asunto del texto de Ezra Shabot publicado en Nexos, ejemplifica el desfase. Fue un ensayo lamentable (en Etcétera no lo hubiéramos publicado por falta de rigor) pero más aún lo es que un grupo de editoras y algunos colaboradores se crean con la potestad para retirarlo y, peor, crean que es correcto advertir que la revista no se hace responsable del texto (cosa que no había pasado en Nexos en toda su historia).
Es probable que, como en los viejos sistemas autoritarios, el esfuerzo nos conduzca, otra vez, a espacios marginales (cualquier cosa que eso signifique en esta era digital), la hechura de revistas o espacios que las sustituyan, pero que honren la profunda raigambre que tienen en México. Estamos atrapados en la polarización y lo que resulte de ello no será motivo de festejo, como no lo ha sido en Argentina, Brasil y El Salvador.
No todo está perdido: nos queda la palabra.
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