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Durante años pensamos que la incertidumbre era una excepción. Una crisis financiera, una pandemia o un conflicto internacional alteraban temporalmente las decisiones económicas hasta que las condiciones volvían a estabilizarse. Hoy ocurre lo contrario: la incertidumbre dejó de ser un episodio extraordinario para convertirse en el entorno permanente en el que empresas, gobiernos y personas debemos tomar decisiones.

La reciente decisión de Estados Unidos de mantener revisiones anuales al Tratado Comercial entre México, Estados Unidos y Canadá(T-MEC) confirma este cambio de paradigma. Si bien el acuerdo garantiza su vigencia, al menos hasta 2036, las evaluaciones periódicas —la siguiente ronda está programada para septiembre— implican que las reglas del juego estarán sujetas a una revisión constante. En otras palabras, el principal tratado comercial de México ofrece certidumbre en el largo plazo, pero incorpora una incertidumbre recurrente en el corto plazo.

A este escenario se suma un entorno comercial cada vez más complejo. Las amenazas arancelarias continúan presentes, como el reciente anuncio por parte de EE.UU. a 16 de principales socios comerciales de un arancel de 10% por trabajo forzado, el cual afectará a aproximadamente el 15 por ciento de las exportaciones de México a ese país. Más allá de las afectaciones a sectores específicos, estas medidas envían una señal que trasciende a las empresas involucradas: las condiciones para el comercio no pueden darse por hechas, y las decisiones deben responder de manera más oportuna a los cambios.

Los datos recientes reflejan con claridad esta nueva realidad. Por un lado, las exportaciones mexicanas atraviesan uno de sus mejores momentos. En junio crecieron 34.4% anual, alcanzando 68,461 millones de dólares, con cinco meses consecutivos de incrementos de doble dígito. Más allá del dato, las cifras confirman que la demanda externa continúa siendo uno de los principales motores de la economía mexicana y que la integración productiva con Estados Unidos sigue mostrando una notable fortaleza.

Sin embargo, el otro lado de la moneda es menos alentador. Durante el primer trimestre de 2026 la inversión total representó apenas 21.2% del PIB, su menor proporción desde 2021, mientras que la inversión privada registró una caída anual de 4.5%, alcanzando su nivel más bajo como porcentaje del producto desde 2020.

¿Qué nos dicen estos datos? Que la economía mexicana continúa aprovechando las inversiones realizadas en años anteriores y mantiene una sólida capacidad exportadora, pero las decisiones para ampliar esa capacidad comienzan a posponerse. No se trata necesariamente de una pérdida de confianza en el país, sino de una nueva forma de administrar el riesgo.

De ahí que diversos analistas han señalado que parte del crecimiento exportador responde al adelanto de compras por parte de empresas estadounidenses ante la posibilidad de futuros cambios arancelarios o comerciales. Es decir, una forma de reducir el riesgo es a través de adelantar las decisiones, como lo es exportar ahora y no mañana. Sin embargo, para el caso de las inversiones, muchas prefieren esperar antes de construir una nueva planta, ampliar operaciones o comprometer inversiones de largo plazo.

El desafío para México consiste en evitar que esa espera se vuelva permanente. Las exportaciones explican buena parte del dinamismo actual, pero difícilmente podrán sostener su crecimiento sin nuevas inversiones que amplíen la capacidad productiva. Las exportaciones reflejan el desempeño del presente; la inversión define la capacidad de crecimiento del futuro.

La incertidumbre no desaparecerá, eso es seguro. Pero lo cierto, es que los mercados internacionales cada vez reaccionan de manera menos reactiva a los cambios en decisiones políticas, tensiones geopolíticas, cambios tecnológicos y nuevas reglas comerciales. La pregunta ya no es cómo eliminarla, sino cómo desarrollar la capacidad para que las empresas puedan invertir en estos nuevos contextos.

La economía de la incertidumbre no significa que el futuro sea imposible de prever. Significa que el desarrollo ya no dependerá únicamente de ofrecer costos competitivos o una ubicación geográfica privilegiada, sino de la capacidad para generar confianza, adaptar las políticas públicas y tomar decisiones oportunas con base en evidencia. En la nueva economía global, la certidumbre absoluta es imposible; la capacidad de adaptación será la verdadera ventaja competitiva.


Contenido sindicado vía RSS de El Universal Opinión. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/dafne-viramontes/la-economia-de-la-incertidumbre/

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