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“Un objetivo sin plazo es un sueño. Sin responsable, es un deseo colectivo. Sin recursos, es una ilusión con formato de PowerPoint.”

— C.R.G.

Lo recuerdo muy bien. Fue mi primer jefe — un brillante ingeniero, Director de Operaciones en una empresa americana. Yo era un recién egresado de la carrera, con toda la energía del mundo y muy poca experiencia real. En nuestra primera reunión de trabajo me explicó lo que esperaba de mí. Me llamó mucho la atención algo que en ese momento no supe nombrar del todo, pero que con los años aprendí a reconocer de inmediato: lo que me decía no eran deseos. Eran objetivos.

No me dijo “quiero que el área mejore”. Me dijo qué debía mejorar, cuánto, para cuándo y cómo íbamos a medirlo. No había ambigüedad. No había espacio para la interpretación conveniente. Había un compromiso claro — y yo era el responsable de cumplirlo.

Ahí empezó un aprendizaje que lleva acompañándome cincuenta años.

La confusión entre deseo y objetivo es uno de los malentendidos más costosos del mundo directivo. Y es tan común que la mayoría de las organizaciones la reproduce sin darse cuenta, reunión tras reunión, plan estratégico tras plan estratégico. Todos quieren crecer. Todos quieren mejorar la cultura. Todos quieren ser líderes en su sector. Muy pocos se comprometen con algo concreto, medible y con fecha.

¿Cuál es la diferencia real? Un deseo es una aspiración sin arquitectura. Es lo que uno querría que pasara si las cosas salieran bien, si el mercado acompañara, si el equipo respondiera, si el momento fuera el adecuado. Los deseos son cómodos precisamente porque no exigen nada. No tienen fecha, no tienen responsable, no tienen métrica. Por lo tanto, tampoco tienen consecuencias cuando no se cumplen.

Un objetivo es otra cosa. Es una decisión. Es comprometerse con un resultado específico, en un plazo concreto, con recursos asignados y con alguien que rinde cuentas de él. No “mejorar la satisfacción del cliente” — sino “alcanzar un índice de satisfacción del 90% antes del tercer trimestre, medido con la encuesta mensual, bajo la responsabilidad del director comercial.” Eso es un objetivo. Todo lo demás es un deseo bien redactado.

Hay tres condiciones que un objetivo debe cumplir para ser real. La primera es la claridad: debe poder explicarse en una oración, sin adjetivos vagos, sin “aproximadamente” ni “en la medida de lo posible”. Si para entenderlo hace falta una conversación adicional, no es claro. La segunda es la medición: debe existir una forma concreta de saber si se logró o no. No “mejorar” ni “optimizar” — sino un número, una fecha, un hito verificable. Y la tercera — la más difícil — es el compromiso personal: alguien, con nombre y apellido, que asume la responsabilidad de lograrlo y que sabe que habrá rendición de cuentas.

Cuando falta cualquiera de estas tres condiciones, lo que se tiene no es un objetivo. Es una intención. Y las intenciones, por bien formuladas que estén, rara vez mueven organizaciones.

“La diferencia entre quien logra sus metas y quien solo las desea no es el talento ni la suerte. Es la disciplina de convertir la intención en compromiso — y el compromiso en acción verificable.”

— C.R.G.

¿Por qué es tan difícil hacer esa conversión? Por varias razones, todas comprensibles y ninguna inocente.

Comprometerse con un objetivo concreto implica exponerse. Si digo “quiero que nuestra empresa crezca”, nadie puede decir que fallé. Pero si digo “me comprometo a crecer 15% en ventas antes de diciembre”, hay un estándar claro contra el que voy a ser medido. Y eso incomoda. Incomoda al que se compromete y, a veces, también al que debería exigir el compromiso.

La cultura de los objetivos vagos protege a todos por igual — al que no quiere comprometerse y al que no quiere confrontar. Es una comodidad compartida que se paga con resultados mediocres y con equipos que aprenden, con el tiempo, que los acuerdos no son en serio.

Hay otro error frecuente que vale la pena nombrar: confundir actividades con objetivos. “Implementar un nuevo sistema de CRM” no es un objetivo — es una actividad. El objetivo es lo que ese sistema debe lograr: reducir el tiempo de respuesta al cliente en un 30%, o aumentar la tasa de retención en tantos puntos porcentuales. Las actividades son medios; los objetivos son fines. Confundirlos es como medir el éxito de un viaje por cuánto combustible se consumió, no por si se llegó al destino.

“Lo que se puede medir, se puede gestionar.”

— Peter Drucker

Mi primer jefe lo sabía. Por eso sus reuniones eran incómodas …, pero productivas. Por eso su área funcionaba. Por eso, cincuenta años después, sigo recordando aquella primera reunión no como una anécdota laboral sino como una lección de liderazgo que ningún libro me habría dado de la misma forma.

Los líderes que más forman no son los que más inspiran. Son los que enseñan — con el ejemplo y con la exigencia — que comprometerse con algo concreto es la única forma honesta de querer algo de verdad.

Desear es gratis. Comprometerse tiene precio. Y ese precio se llama responsabilidad.

Lo cual, curiosamente, es exactamente lo que hace que valga la pena.

Puntos de reflexión

  • ¿Los objetivos de tu organización tienen plazo, responsable y métrica — o son aspiraciones bien redactadas?
  • ¿Hay alguna “prioridad estratégica” en tu equipo que llevas más de un año mencionando sin que nadie se haya comprometido concretamente con ella?
  • ¿Puedes distinguir, en tu plan del año, qué son objetivos reales y qué son actividades disfrazadas de objetivos?


Contenido sindicado vía RSS de El Financiero. Nota original: https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/carlos-ruiz-gonzalez/2026/08/28/la-diferencia-entre-objetivo-y-deseo/

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Escrito por
El Financiero
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