El cine, además de ser una forma de entretenimiento, funcionó en la Época de Oro mexicana como medio de representación de las transformaciones de la sociedad. Tras la Revolución, México buscaba construir una identidad nacional y también debía definir cómo incorporar a quienes llegaban de otros países.
Películas como Los hijos de Don Venancio (1944) y Una gallega en México (1949), protagonizadas por Joaquín Pardavé, figura fundamental del cine de aquel periodo, contribuyeron a reducir las distancias entre mexicanos y extranjeros, en específico con los españoles.
La migración española fue una de las más importantes en México en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. Las migraciones pueden dividirse en tres momentos: los llamados antiguos residentes, llegados principalmente entre 1880 y 1930; los refugiados republicanos que arribaron después de la Guerra Civil Española, a partir de 1939; y los nuevos residentes que tocaron México después de 1945.
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De acuerdo con la entonces Dirección General de Estadística de México, entre 1939 y 1950 llegaron al país 19 mil 960 españoles. Su incorporación a la sociedad mexicana se acompañó de la formación de familias, negocios y redes culturales, aunque también existieron prejuicios y expresiones de xenofobia hacia los extranjeros.
Tras llegar al poder Francisco Franco, en 1939, el gobierno de Lázaro Cárdenas rompió relaciones diplomáticas con España, las cuales se reestablecieron en 1977 ya con un Estado español que transitaba hacia la democracia.
México y España unidos a través del cine
A pesar del distanciamiento político, ambos países mantuvieron comunicación cultural y el cine fue una de sus expresiones más claras. Jorge Negrete, por ejemplo, cruzó el Atlántico para filmar en 1949 Jalisco canta en Sevilla, junto a la joven estrella Carmen Sevilla. La popularidad de Negrete todavía es recordada en España.
No deja de ser significativo que algunas de estas películas fueran producidas por Gregorio Walerstein, mexicano de origen judío, quien conocía la experiencia de ser percibido como “otro”. Los hijos de Don Venancio (1944) y Una gallega en México (1950) permiten observar esta representación.
Los hijos de Don Venancio no se estrenó por casualidad un 12 de octubre, Día de la Raza, en el cine Palacio (que estaba en la calle Cinco de Mayo, entre Bolívar y Motolinía). Su aparición reforzaba la idea de una historia compartida entre México y España, algo que la publicidad de la época resumía como: “La más hispanista de las cintas mexicanas y la más mexicana de las que evocan lo español”.
La película narra la vida de Don Venancio, interpretado por Joaquín Pardavé, un asturiano de la primera generación, de los llamados antiguos residentes, asentados en México desde décadas atrás. Tiene un negocio de ultramarinos finos llamado “La Ciudad de Oviedo”, en honor a su ciudad natal.
Tras enviudar de su mujer mexicana, intenta sacar adelante a sus cinco hijos, quienes representan distintas formas de relacionarse con las raíces españolas de su padre. Oviedo fue la ciudad que aportó mayor cantidad de españoles en la emigración de antiguos residentes, con un 21.83%.
Momentos álgidos al surgir las diferencias culturales
Las diferencias culturales aparecen cuando una de sus hijas queda embarazada de su novio. Durante una discusión, el joven expresa su rechazo a la ascendencia española del futuro hijo, al afirmar que desearía que “no llevara sangre de gachupín”. Don Venancio responde reivindicando tanto sus raíces como su vínculo con México:
“Líbreme Dios de renegar haber nacido en mi tierra [...] y aun queriendo como quiero a este México que me ha dado generosamente el pan de mis hijos y el amor de una mujer que fue una santa, no sería capaz de renegar de haber nacido en Asturias, y a mucha honra. Soy español y muy feliz de serlo [...] con la satisfacción de ser honrado y trabajador y con el orgullo de haber respetado siempre la tierra en la que me he hecho [...] un hombre de bien.”
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Su respuesta convierte la identidad española en motivo de orgullo, pero también reivindica su integración en la sociedad mexicana.
La cinta cuenta con la participación de la famosa cantante Marilú y el futbolista Horacio Casarín. Este último, interpreta a uno de los hijos de Don Venancio, quien se rebela contra las expectativas de su padre y busca convertirse en futbolista.
Finalmente, las diferencias entre padre e hijos, así como entre españoles y mexicanos, encuentran un punto de encuentro en una afición compartida: el futbol. Don Venancio celebra entonces la mezcla de ambas identidades, afirmando que la “brava sangre asturiana” combinada con la “rebelde sangre mexicana” ha dado lugar a unos hijos “indomables y fieles”.
Cintas que fueron bien recibidas por el público
La película fue un gran éxito en taquillas, las crónicas de la época comentan que incluso con la escasez de gasolina a causa de la Segunda Guerra Mundial, el cine Palacio estuvo abarrotado de concurrentes y pronosticaban que la cinta permanecería varias semanas más en cartelera. Su éxito demuestra que aquella historia de españoles y mexicanos interesó en gran medida al público.
Cinco años después, Joaquín Pardavé volvió a protagonizar una película sobre la relación entre mexicanos y españoles, esta vez como representante de los primeros, en Una gallega en México, dirigida por Julián Soler y también producida por Walerstein.
El papel de la protagonista española corrió a cargo de Niní Marshall, actriz argentina que ganó popularidad por interpretar personajes gallegos. Galicia fue la región de España que menos emigrantes expulsó hacia México, pero las películas de este sector fueron numerosas: Marshall también tuvo papeles principales en cintas como Una gallega baila mambo y Los enredos de una gallega.
La historia de Una gallega en México gira en torno a Doña Cándida y Aurora (Marshall y Alma Rosa Aguirre, respectivamente), madre e hija que tienen que huir de España por la Guerra Civil y llegan a la capital mexicana a trabajar como panaderas en el mismo mercado donde Don Roboustiano (Pardavé) vende carne. El hijo de éste último se enamora de Carmina y la pareja debe enfrentarse a la rivalidad entre Doña Cándida y Robustiano, quienes al final ceden ante el amor de la pareja.
La cinta se estrenó en el Teatro Metropólitan la víspera del Año Nuevo 1950. Como cine de primera, la entrada en luneta costaba cinco pesos.
Grabadas en escenarios con gran simbolismo
El tema central de la cinta es el mestizaje, pues sigue el discurso nacionalista de México como el resultado del cruce de dos culturas. Cuando Don Robustiano advierte lo injusto que es discriminar a dos mujeres por el simple hecho de ser españolas, reconviene a sus vecinos para que las inviten al festejo del 15 de septiembre, una fecha simbólica. La propuesta es apoyada por sus amigos pues “los españoles son nuestros cuatachos”.
La comedia contó con las actuaciones especiales de Tin-Tan y su Carnal Marcelo, el trío Los Panchos, así como de Jorge Negrete, todos ellos figuras principales de la cultura mexicana de aquellos años.
El Charro Cantor interviene en una sola escena para cantar, acompañado del trío Los Calavera, un corrido sobre la relación entre México y España:
Ay, Madrid tan postinero,
Que me diera su hidalguía,
Hoy le canta este ranchero
Con el alma y corazón.
Algo notable de la película son los escenarios del inicio y el final. Comienza en la Plaza de Toros México, con un mano a mano entre los dos ídolos del toreo de los cuarenta, Silverio Pérez y Manuel Rodríguez “Manolete” (aunque el diestro cordobés llevaba dos años muerto).
La última escena ocurre en el desaparecido Parque Asturias (ubicado en la colonia del mismo nombre, sobre la Avenida del Taller, donde hoy hay un centro comercial) con un partido de futbol entre el Atlante y el Asturias.
La idea de ambas escenas es clara: tanto los toros como el futbol son espectáculos que unen a mexicanos y españoles. Si al principio el carnicero mexicano echa bronca a los seguidores de Manolete, al final de la historia Doña Cándida celebra los goles del Atlante.
De esta manera, los realizadores de la Época de Oro hicieron una contribución para que existiera una relación más amistosa entre mexicanos y españoles, pese al distanciamiento entre sus dos gobiernos.
Además de ser películas clásicas en el repertorio nacional, Los hijos de Don Venancio y Una gallega en México son una fuente para estudiar un momento de las relaciones entre ambos países, más allá de las instituciones oficiales; un momento en que era preferible buscar lo que los unía y evitar el rechazo mutuo.
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