Bajo el concreto y los rieles que darán paso al Tren de Pasajeros México-Querétaro, el pasado ancestral de la capital acaba de quebrar su silencio. A 1.40 metros de profundidad, en las inmediaciones de la terminal de Buenavista, especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) descubrieron un depósito funerario que data de finales del periodo Posclásico Tardío o de los primeros años de contacto virreinal. La tierra de la Ciudad de México nunca olvida.
El hallazgo ocurrió durante las faenas de terraplén coordinadas por el arqueólogo Víctor Francisco Heredia Guillén, en el corazón del antiguo calpulli de Nonoalco, uno de los diecinueve barrios prehispánicos del legendario islote de Tlatelolco. No se trata de una sepultura ordinaria. Tras remover los estratos de arcilla, el equipo a cargo de Josué Castillo Sánchez confirmó la presencia de un osario: un entierro secundario sin relación anatómica. Nueve osamentas reposaban agrupadas en este espacio colectivo, entre mandíbulas intactas, fragmentos de pelvis, costillas y fémures en notable estado de conservación. Dos de los cráneos recuperados exhiben modificaciones cefálicas intencionales, testimonio directo de las pautas estéticas e identitarias de la época. Como precisa la antropóloga física Abril Machain Castillo, los antiguos habitantes exhumaban primero a sus difuntos para reubicarlos juntos en un nuevo depósito, abriendo preguntas esenciales sobre el luto y la memoria en tiempos de profunda transformación social.
A escasos metros del hallazgo se alza la iglesia de San Miguel Nonoalco, templo del siglo XVI que fungió como capilla de visita franciscana adscrita al Convento de Santiago Tlatelolco. Ese traslape histórico convive con una rica cultura material. Junto a los restos humanos emergió la cotidianidad ribereña: vajillas de cerámica estilo Azteca III, ollas, platos y singulares vasijas salineras, empleadas para extraer sal en las aguas someras del antiguo lago de Texcoco. El contexto sumó siete malacates miniatura destinados al hilado,figurillas votivas, manos de metate y afiladas navajillas de obsidiana verde, procedentes de la Sierra de las Navajas, en Hidalgo.
Todos los vestigios fueron trasladados a los laboratorios de antropología física, lítica y cerámica del INAH en Tula de Allende y Tepeji del Río de Ocampo. Allí se determinarán el sexo, la edad y los patrones biológicos de estos antiguos moradores de la cuenca lacustre. Una vez más, el subsuelo capitalino demuestra que el presente jamás camina en solitario: bajo el trazo del ferrocarril moderno late viva la historia que define a nuestro México.
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