Para entender por qué Guerrero se convirtió en el gran bastión felino de México es necesario mirar cómo esta criatura, cuyo nombre deriva del latín vulgar cattus —palabra del siglo IV que terminó nombrando al Felis catus en todo el mundo—, encontró en los hogares sureños su refugio más leal.
Descendiente del gato silvestre africano (Felis lybica), este cazador de finas vibrisas y mirada nocturna desembarcó en México en el siglo XVI a bordo de las carabelas españolas. Cinco siglos después de su llegada, es en las tierras guerrerenses donde su presencia ha alcanzado el punto más alto de cercanía y convivencia de todo el país.
El calor tropical y la herencia del desierto
Esa misma herencia genética de zonas áridas es la que le permite al gato adaptarse de forma natural al clima de Guerrero. Aunque las temperaturas en zonas como Acapulco, Zihuatanejo o la Tierra Caliente superan con frecuencia los 35 °C, el felino sabe sortear el bochorno refrescándose a través de sus almohadillas y acicalándose bajo la sombra de los corredores.
Las familias guerrerenses conocen bien esta naturaleza y han aprendido a cuidarlos garantizándoles sombras frescas, ventilación y platos con agua limpia. Mientras en todo México habitan 19.2 millones de gatos domésticos —superados únicamente por los perros—, es en Guerrero donde la población ha abierto sus puertas a estos animales con mayor entusiasmo que en cualquier otra entidad.
El reinado de los gatos en Guerrero
Aunque el Estado de México registra una cifra bruta mayor de 2.9 millones de felinos debido a su enorme masa de habitantes, la verdadera devoción no se mide en multitudes, sino en la intimidad del hogar. Al contar cuántas casas abren su espacio al ronroneo, el mapa nacional posiciona a Guerrero en el primer lugar absoluto.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE) del INEGI, un rotundo 31.1 por ciento de los hogares en Guerrero comparte su vida con al menos un gato. Más de tres de cada diez familias en la entidad conviven diariamente con un «michi», superando a estados como Tlaxcala (29.2 por ciento) o Puebla (29 por ciento), y dejando muy atrás a regiones del norte como Nuevo León o Aguascalientes.
Gatos en Guerrero, entre el afecto del hogar y la vida comunitaria
En los barrios de Chilpancingo, las laderas de Acapulco o las comunidades de la Montaña, el gato no es un simple adorno urbano, sino un habitante fundamental de la casa. Se le valora por su independencia, su serenidad y esa capacidad de acompañar en silencio la vida diaria de las familias surianas.
Ese cariño desborda con frecuencia hacia la vida pública de la entidad. Es común que los felinos sean adoptados colectivamente en misceláneas, talleres y dependencias, como ocurrió durante años en el Hospital General de Acapulco con el gato “Güero”, un felino comunitario que buscaba el aire acondicionado del nosocomio y dejaba que médicos y pacientes lo acariciaran a mitad de jornada.
Un compromiso colectivo bajo el sol de Guerrero
Para respaldar este lazo tan estrecho, el estado cuenta con la Ley 491 de Bienestar Animal, orientada a garantizar un trato digno, alimentación y refugio a las mascotas. Al mismo tiempo, en espacios emblemáticos como el Parque Papagayo, asociaciones y voluntarios promueven activamente campañas de esterilización y adopción responsable.
De todos los rincones de México, es en la tierra guerrerense donde el gato doméstico ha encontrado su trono más auténtico. Ahí donde el calor aprieta y las tardes transcurren despacio, las familias de Guerrero han hecho de la compañía felina una parte inseparable de su identidad y su vida cotidiana.
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