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A mis queridas amigas escritoras que recientemente han transitado por estos laberintos: Tedi López Mills, Kyra Galván, Mariana Bernárdez, Carmen Boullosa.

Con veinte años de diferencia, dos escritoras, Siri Hustvedt y Joan Didion, recorren el mismo camino a través de la escritura: lo único que las ancla y da sentido a la experiencia. Escribir es su respiración, es lo que conocen, las páginas son el espacio donde pueden sumergirse, perderse, naufragar, tocar fondo, desvanecerse, chocar con los riscos, luchar contra los monstruos submarinos, convertirse en las sirenas que aúllan tratando de llegar a los oídos de sus hombres a los que han visto partir en la barca de Caronte.

Tanto en Historias de fantasmas (2026) como en El año del pensamiento mágico (2005), las páginas se enredan como musgos en la memoria que las autoras no quieren perder, en la desintegración del corazón que ha recibido un hachazo inconcebible. La memoria puntual de cada segundo, desde que ocurrió la debacle, debe ser repasada, retenida en los renglones, vuelta a contar, con otra mirada, bajo otra luz, en una letanía que sólo se parece al rezo del creyente. Las escritoras creen que retendrán con sus palabras al amado, que estará a la mano en cada rincón de la recámara como un buen fantasma que las observa, las cobija; las escritoras están seguras de que los zapatos del amado no deben salir del armario, porque puede volver a necesitarlos más adelante, cuando regrese del hospital, de la autopsia, del féretro, aún después de la ceremonia del funeral, él va a necesitar esa bufanda, no debe saber que se ha movido un libro con la página abierta donde estaba leyendo unos minutos antes de doblarse en la mesa, a punto de sentarse a cenar. Están ciertas de que siguen manteniendo una conversación con ellos, esa larga, permanente, intensa, regocijante conversación que los ha mantenido como pareja durante más de cuarenta años.

Ambos maridos también son escritores. ¿Eran? ¿Es posible conjugar en pasado este verbo? Ellas se afanan por narrar todo lo que escribieron junto a ellos, con ellos, gracias a ellos, libros, guiones, artículos, pasaron de uno a otro concibiéndose, macerándose, comentándose, corrigiéndose, que el resultado final es indistinto, son casi tan propios y mutuos como los hijos. Este punto es crucial para ellas, entiendo que necesitan sentir que el amado forma parte constitutiva de aquello que les da sentido y cuerpo a sí mismas: las obras escritas. Es la manera literaria de conservarlos vivos en la tierra del pensamiento mágico.

La forma en la que se duelen estas admirables autoras, no lo digo por su dolor, que todo dolor es admirable por humano, sino por lo que han hecho con él, sendas novelas/crónicas que sobrecogen al lector por su pulcritud, su autenticidad, y la precisión para describir con todas sus letras, paso a paso, el año de su duelo.

La muerte viene trotando lentamente y, después, rápidamente, en el caso del marido de Hustvedt, Paul Auster, por un cáncer de pulmón que fue tratado con alguna terapia nueva y demasiado agresiva, cuenta ella, bien enterada de procedimientos, medicamentos y pronósticos. Se conoce el final, se espera, de puntillas, en un limbo de cuidados y de quehaceres domésticos. Paul muere en su cama, en silencio, ella lo besa, alcanza a decirle: “Pero nos hemos divertido mucho, ¿no es así?”. Ahí empieza para ella las historias de fantasmas.

En el caso de John Dunne, el marido de Joan, como he mencionado arriba, su muerte es inesperada y fulminante, un infarto total. “Te sientas a cenar, y la vida que conocías se acaba”. Ambulancia, paramédicos, etcétera. Regresa a casa, está sola. No hay dramas, no hay romanticismo, sólo un pensamiento mágico: él puede necesitar esto cuando regrese.

Y la culpa inevitable: ¿pude hacer algo mejor? ¿reconocer a tiempo los avisos? ¿otro hospital? ¿esta decisión hubiera cambiado el curso de los acontecimientos?

Presentir, imaginar, repasar, indagar, utilizar la pluma como un bisturí alma adentro, para extraer cada emoción, cada idea y situarla en el terror de la página impronunciable; reconocer la desconfiguración en la que han quedado sus propios cuerpos en la nueva soledad y hacer lo que saben con ello: escribir el momento.

Libros extraordinarios, que, juntos, se apreciarán mejor, como espejos alucinantes uno del otro.

Ambas autoras nos adentran en su laberinto de presagios, obsesiones, fantasmas y rituales con los cuales esperan conjurar lo definitivo. No emerger del tsunami. Alargar el momento de decir adiós.


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