Las recientes elecciones en la región de Sajonia-Anhalt confirman el riesgo de una tendencia, y la frágil memoria de nuestras sociedades. La victoria de Ulrich Siegmund, candidato de Alternativa para Alemania (AfD) viene antecedida de un profundo degaste de la propuesta política del Partido Demócrata Cristiano del actual canciller Merz, la cual se ha desplomado al pasar de 40 a 16 diputados. El partido de Siegmund, que ha ganado 39 escaños, sólo necesitaría de 3 diputados más para alcanzar los 42 escaños, que otorgan la mayoría absoluta. El problema no radica en la victoria de un partido de extrema derecha, dado que su victoria la ha obtenido en un proceso democrático, en una de las democracias más sólidas del mundo. La gravedad de esta victoria es que quienes han avalado su posible ascenso al poder en Sajonia-Anhalt, lo han hecho aceptando una narrativa que olvida, ignora o evade la responsabilidad y el deber que tiene Alemania para el mundo. Seguramente ha pasado el tiempo de culpar, pero nunca debe terminar el tiempo de recordar y preservar la memoria de los más de 75 millones de vidas segadas, los millones de desplazados y desaparecidos resultado de la Segunda Guerra Mundial.
Pero la memoria es frágil. Los horrores se olvidan cuando las generaciones directamente afectadas dan paso a aquellas que están en situación de recordar, para luego dar a paso a las siguientes generaciones que se sentirán legitimadas para cuestionar, evadir o incluso negar, especialmente cuando partidos oportunistas como el AfD son capaces vender un discurso que abreva de los miedos, las dudas y la incertidumbre de los alemanes. De aquellos que han aceptado la posibilidad de negar y de evadir el deber de preservar la memoria colectiva. Con Siegmund se confirma una tendencia. Vox ha secuestrado a diversos gobiernos en España, obligándolos a integrar en sus políticas públicas una aberración jurídica denominada prioridad nacional; Siegmund y el AfD sienta su poder en la remigración , que no es otra cosa que la deportación de inmigrados económicos, peticionarios de asilo, con la mirada puesta en la población musulmana; Marine Le Pen, de Regagrupamiento Nacional (RN) está monopolizando el espectro político y las encuestas le dan ventaja en las próximas elecciones a pesar de haber sido condenada por la justicia francesa por malversación de fondos. En 2022 Georgia Meloni, líder del partido Posfascista Hermanos de Italia, ganó las elecciones en aquel país. De la misma forma, agrupaciones políticas como Chega en Portugal, el Partido de los Finlandeses en Finlandia, el Partido por la Libertad en Países Bajos, y diversos movimientos políticos en Estonia, Croacia, Rumania, Polonia, están fortaleciendo un discurso común: un hipotético regreso a una grandeza indefinida en el tiempo (al estilo del discurso trumpista ); rechazo al Islam, lucha contra la inmigración y una batería de ideas basada en una supuesta recuperación de la identidad y la soberanía nacional. Como pocas veces en la historia contemporánea, es urgente apelar a la memoria, recordar el costo que ha tenido para el mundo en lo general y para Europa en lo particular, cuando el rechazo a la diferencia, el racismo y la exclusión se transforman en política pública, aún y cuando estas ofertas hayan ganado en las urnas. Las urnas avalan un proceso democrático, pero no deben legitimar un regreso a aquellas situaciones que tanto han costado al mundo.
____ Nota del editor: Javier Urbano Reyes es profesor e investigador en el Departamento de Estudios Internacionales (DEI) de la Universidad Iberoamericana (UIA), investigador del DGAPA PAPIIT IN302626. “América Latina y el Caribe frente a las políticas migratorias de Trump 2.0. Respuestas y propuestas ante las extorsiones, las expulsiones y los procesos de reintegración de deportados”. Escríbele a [email protected] Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión
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