José Ortega y Gasset escribió en 1914: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”.
Más de un siglo después, sigue siendo puente para entender nuestros debates públicos: la realidad rara vez cabe en una sola perspectiva. No obstante, cada vez discutimos más como si así fuera.
Ante los nuevos Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias de la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT), la conversación se está reduciendo a dos posiciones: quienes empujan la protección de las audiencias y quienes ven censura en ello. Quienes creen en el gobierno y quienes desconfían de él.
Quizá ambas perspectivas tengan algo de razón. Y quizá ninguna, por sí sola, alcance a explicar el todo.
Los lineamientos son algo razonables: códigos de ética, defensorías de las audiencias, mecanismos de queja y distinción clara entre información, opinión y publicidad. Parte de esto tiene antecedentes en la legislación de hace más de diez años.
Exigir responsabilidad a los medios no es censura. Tampoco podemos ignorar el riesgo que implica que un órgano administrativo, que además no es autónomo, tenga facultades para determinar qué debe entenderse por información veraz o para intervenir sobre contenidos.
Cuando el regulador se convierte en árbitro de la verdad, la frontera entre regulación y censura camina entre abismos.
Así, propongo no escoger entre medios y gobierno. Tampoco entre libertad de expresión y derechos de las audiencias. Necesitamos ambos.
Idealizar a los negocios de medios privados no es viable: atraviesan intereses parciales o simples errores subjetivos. Tampoco estos sesgos convierten al Estado en dueño de la verdad.
Lo complejo de nuestro debate público es que parece incapaz de soportar todas las posibilidades: queremos elegir solo una porque nos da seguridad de pertenencia, nos da narrativa. Y, sin embargo, en realidad, todos tenemos una perspectiva única.
Eso es parte de lo que Ortega y Gasset quiso decir. No miramos el mundo desde un solo lugar; lo hacemos desde nuestra historia, experiencias, ideas, heridas y circunstancias. Hoy, además, los algoritmos refuerzan aquello que ya pensamos.
Así terminamos asumiendo dos antagonismos: nuestra visión y la de quienes piensan distinto.
Los lineamientos siguen en consulta pública hasta mañana 21 de agosto y la CRT ha reconocido que serán ajustados.
Hay que discutir qué funciona, qué debe corregirse y qué límites deben existir para evitar que la protección de las audiencias se convierta en un límite indebido a la libertad de expresión.
Así que la pregunta más compleja que propongo es: ¿quién vigila a quien vigila? Ahí es donde la regulación necesita contrapesos.
Por eso este debate merece algo más que consignas. No tenemos que escoger entre regulación y libertad de expresión. Necesitamos regulación sin censura; medios responsables sin un Estado autoritario; derechos para las audiencias; y límites claros para quien tenga la facultad de protegerlos.
No se trata de encontrar el punto medio entre dos extremos. Se trata de reconocer que quizá los extremos nunca describieron correctamente el problema.
Porque una democracia no se fortalece cuando una de las partes gana la discusión. Se fortalece cuando somos capaces de reconocer que nuestra perspectiva es eso: una perspectiva que suma a la pluralidad.
Que una norma pueda ser cuestionada, revisada y corregida antes de entrar en vigor no es una debilidad del Estado, sino una fortaleza de la democracia.
Quizá el derecho de las audiencias no consiste en que alguien nos garantice una verdad única, sino en tener libertad para escuchar distintas perspectivas, contrastarlas y reconocer que ninguna —incluida la nuestra— posee por sí sola toda la realidad y nos obligue a investigar con seriedad y compromiso nuestra vida pública.
“Yo soy yo y mi circunstancia”. Tal vez nuestro punto de encuentro empiece ahí: aceptando que también los demás son ellos y sus circunstancias.
Contenido sindicado vía RSS de El Financiero. Nota original: https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/alejandra-spitalier/2026/08/20/el-derecho-de-las-audiencias-un-falso-debate/