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La tumba de mi papá ha cambiado mucho desde que tengo uso de razón. De chiquita íbamos a verla y le rezábamos a una placa de concreto que no tenía una lápida decente. Sabíamos que ahí debajo estaba don Ricardo Gallego, porque así nos lo contó mi mamá. Sobre esa nada poníamos las coronas, los botes metálicos con flores y comíamos caña cada Día de Muertos. No alcanzaba para más.

Mis bisabuelos sí tenían una sepultura con todas las de la ley: dos pisos de mármol, un crucifijo precioso y unos libros de piedra con sus nombres y las fechas. Después llegó mi tata al Camposanto. Era un lugar muy humilde, rodeado de tumbas de todo tipo; algunas se caían de viejas y otras parecían mausoleos. Pasábamos tanto tiempo en el cementerio que lo recorríamos de arriba abajo como si fuera una aventura.

De niños nos imaginábamos las historias de los que ahí estaban enterrados. Recuerdo nuestra sorpresa cuando vimos unas tumbas con inscripciones en chino y otras en las que ya ni se entendía en qué idioma estaban escritas, de tan viejas. Repartíamos flores, una por una, en las sepulturas que estaban abandonadas; las limpiábamos y nos persignábamos. Mi mamá nos crio siempre con esa idea de respetar a los vivos, sí, pero también de honrar y cuidar a nuestros muertos, que al fin y al cabo siempre han sido muchos.

En nuestra infancia nunca sobró el dinero; al contrario. Una viuda criando sola a dos niños la tiene muy complicada. Aun así, a esa tumba pobre, pero digna, nunca le faltaron flores. Las “visitas” al panteón eran muy frecuentes y se acompañaban siempre de una escoba, una manguera y un recogedor. Poco a poco, las tumbas de los míos fueron cambiando. Primero llegaron unas losas de
piso sobrio; luego, una reja; y apenas hace un par de años, unas lápidas que por fin dicen sus nombres. Ahí reposan los restos de mi padre, el recuerdo de mi tata y la memoria de los abuelos de mi madre. A esa tumba ya la profanaron, con descaro, pero
incluso así, para nosotros, los que siempre vamos, sigue siendo un lugar sagrado.

Hoy que volví a saludar a mi padre, como lo hago cada vez que voy a mi pueblo, me di cuenta de que ya no tiene flores frescas: siempre se las roban y no las dejan ni marchitarse. La tumba de mis bisabuelos solo tiene las marcas oxidadas en el metal, donde algún día estuvo el crucifijo que también les robaron. Ahora solo hay flores artificiales pegadas en macetas que se destiñen con el sol y se cambian cada temporada.

Ese pedacito del cementerio sigue limpio. Mi mamá se encarga de que así sea. Ahora también se lleva una pala para deshierbar y ha contratado a gente para que no permita que los escombros terminen aplastando aún más a nuestros muertos. Es una labor de
amor.

Pero hay muchos que no han vuelto a ver a los suyos y, si regresan, quizá ni los encontrarían. Esta vez no pude recorrer el cementerio con mis hijos. La hierba está crecida por las lluvias y nos cubre la mitad del cuerpo. Los escombros se apilan y se llenan de viudas negras. Ya no se ven los pasillos. Nos contaron historias de miedo nacidas del descuido y del abandono de aquellos que no estoy segura si así pueden descansar en paz.

—Espérese a que sea 2 de noviembre —me dijeron—, si quiere que el Camposanto esté decente. Y es que, al parecer, la limpieza municipal de dos veces al año debe ser suficiente. Pero ojalá hubiera más adultos que recordaran que, de niños, ponían flores en tumbas ajenas y las visitaban para que no cayeran en el olvido. Que en sus memorias pudieran recorrer las tumbas sin miedo. Que en ese lugar de luto también pudieran encontrar paz. Ojalá que no se olvidaran de los muertos.


Contenido sindicado vía RSS de Conexión Migrante. Nota original: https://conexionmigrante.com/2026-/09-/12/cruzando-lineas-el-camposanto-de-los-olvidados-de-mi-pueblo/

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Escrito por
Conexión Migrante
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