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Well, back to the old drawing board.

Wile E. Coyote en "Operation: Rabbit"

The Economist dedica una página al Coyote y anota lo que ya sabe quien ha peleado con la ventanilla digital de un banco: la gente se pone del lado del perro que demanda a Acme. No por el correcaminos. Por la compañía que le vende la piedra deshidratada, el cohete, la resortera, y todo estalla. Los memes comparan esa rabia con la de quien discute con un asistente automático. Gallup midió 15% de confianza en las grandes empresas. En las chicas, más de 70%.

Mi radar de obviedades disfrazadas de genialidad parpadea cuando esa cifra se lee como cruzada anticapitalista. No lo es. Es una queja de trato. Odiamos que nos procesen como un folio que se cierra sin habernos visto.

TIME promete comprensión. Zuckerberg habla de máquinas que "entenderán las metas personales únicas" de cada usuario. Alphabet mete a Gemini en el correo, los mapas y YouTube. La fábula de 2026 es una sola: la máquina ya comprende. El lector sigue atorado en el menú de tres opciones.

Esa distancia entre el laboratorio y el desierto es el punto ciego. En Wuhan, un humanoide corre más que Usain Bolt y se estrella contra un muro. China enseña a robots a servir café: ocho horas de vertido dejan tres de datos útiles. Recoger un vaso exige saber si el vidrio se rompe. El texto de internet no alcanza. Hace falta el mundo de verdad.

En el Sur Global esa analogía no es un taller. En Banyuwangi, Java, un programa de alimentos con inteligencia artificial acortó el registro de meses a un día, 9 mil hogares impugnaron la clasificación. En Bangladesh, un modelo entrenado con recargas y llamadas acertó el 32% de los elegibles. El Banco Mundial dice que esta tecnología podría hacer en una década lo que tomaría un siglo. Los países que más la necesitan, anota The Economist, son los que menos pueden evaluarla.

Ahí entra el solucionismo que leemos de Evgeny Morozov: convertir un problema político (quién merece el apoyo, quién vive de la quincena y de la tanda) en un problema de ingeniería. La pobreza es local y se mueve. El algoritmo prefiere el expediente limpio.

Marvin Minsky ya lo había advertido en "La sociedad de la mente". Un agente, por sí solo, no sabe casi nada. Visto desde fuera, el conjunto parece inteligente; por dentro son interruptores. El mensaje que dice "entiendo tu frustración" es esa fachada.

México no ilustra el desierto. Lo habita. Trámites de impuestos, el banco, el seguro o el retiro, la app que pide un RFC y no reconoce el comprobante de la fonda. Millones pelean aún una llamada 4G estable mientras TIME celebra fábricas de modelos. Sun King llevó luz a 50 millones de personas en África de puerta en puerta. No con un menú. Con alguien que camina.

El problema no es el tamaño de la empresa. Es Acme: el catálogo que llega al desierto sin haber tocado la arena. El pájaro sigue haciendo ¡meep meep! El coyote sigue comprando artilugios. Y nosotros seguimos explicándole a una máquina que la quincena no cabe en el formulario.

¿A quién se le exige cuando el "no te entiendo" ya no da risa?

@ricardoblanco


Contenido sindicado vía RSS de El Universal Opinión. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/ricardo-blanco/coyote-contra-acme/

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