La virtud de cocinar: La hospitalidad

Febrero 15 2014 por Rafael García Pavón

Reflexiones en torno al filme El festín de Babette.

La pregunta sobre el sentido y el valor ético de cocinar no se reduce a la pregunta sobre la alimentación – si bien esta última no es menos importante- la cocina no es sólo un medio de proveer alimentos sino que nos involucra en una serie de relaciones humanas por las cuales el alimento y el acto de alimentarse trasciende su carácter orgánico; adquiriendo los valores por los cuales las relaciones humanas se hacen posible, uno de ellos fundamental es la hospitalidad, no por nada se dice que cocinar es un acto de amor.

La cocina y la dificultad de la hospitalidad

Quien cocina no lo hace solo por necesidad biológica sino porque en el acto ofrece su tiempo, sus ideas, sus gustos, sus pasiones, sus tradiciones a otro que no es él y se lo ofrece no para admirarlo en un exhibidor, a distancia, sino para que se convierta en el tiempo, idea, gusto, pasión y tradición de otro en su intimidad. Parece ser que el sentido de cocinar se arraiga en el sentido mismo de invitar al otro a participar del don que se le ofrece, idea que vemos representada en diversas culturas, religiones y en la casa de cualquier buen amigo. 

Este valor original de la cocina es la hospitalidad como el acto por el cual alguien desconocido, un extraño, vulnerable, sufriente, necesitado, despojado, es acogido en el propio hogar sin condición alguna con el fin de su propio cuidado: el ideal de la hospitalidad como incondicional late en el mismo corazón de la cocina.

Pero la dificultad está, como dice Jacques Derrida en su libro La hospitalidad,  que  es imposible, es una utopía, porque su origen se da en presencia de la pregunta que viene del extranjero. La presencia del extranjero como el desconocido, el vulnerable, el que no está integrado o identificado con una norma social o modo de ser cuestiona los principios o fundamentos por los cuales otras personas o una sociedad se sienten seguros y que han creído como verdad, por tanto ante este cuestionamiento se le imponen condiciones al extranjero para acogerlo y no perturbe con su sola presencia el orden establecido, dándose una dialéctica ambigua en la que se dice: sí, te acepto pero con ciertas condiciones, las cuales si se olvida el ideal hospitalario se convierten en hostilidad. Esto se puede notar desde la experiencia cotidiana de entrar a pertenecer a una nueva familia, en la que la nuera o el yerno son vistos con cierta sospecha, hasta los grandes fenómenos migratorios, en los cuales a veces las condiciones de hospitalidad son francamente persecutorias. 

¿Cómo entonces lograr la hospitalidad incondicional dado que es imposible no imponer ciertas condiciones? Cocinando, porque la cocina es un modo de ejercer la virtud de la hospitalidad incondicional. Es decir, la respuesta es que la hospitalidad solo puede lograrse en la medida en que es una  virtud,  un modo de vida que se convierta en un hábito, en el cual dado que existen ciertas condiciones para ejercer la hospitalidad, ésta se debe ofrecer con la autocrítica de lo que exige la incondicionalidad, de tal forma que el acto no sea ni mera hostilidad, ni mera utopía, sino un modo de relacionarse que trasciende siempre las propias condiciones, cocinar nos humaniza.

La cocina: virtud de la hospitalidad en El festín de Babette

Esto lo podemos analizar a partir del drama presentado en la película danesa El festín de Babette, que no por ser un relato ficticio carece de realidad, sino que presenta una situación en la cual la cocina es el agente de una hospitalidad real como virtud y modo de vida que transforma las relaciones hipócritas de una comunidad, lo más interesante que la hospitalidad es ofrecida no por los anfitriones, sino por la extranjera misma.
El filme nos presenta la situación de una comunidad rural, puritana en cuanto ideología religiosa, de una cierta edad avanzada en una locación en Dinamarca aislada de una ciudad moderna, a la cual llega una cocinera francesa Babette que provoca las preguntas del extranjero y genera la experiencia de la hospitalidad a través de ofrecerles una comida con ingredientes y con la cocina francesa llena de placeres.

La comunidad a la que llega Babette está muy arraigada a sus costumbres, no a su tradición, sino a las rutinas con las cuales viven todos los días, estas rutinas están presentes como si fueran principios trascendentes de comportamiento y de visión del mundo. Pero en realidad son principios que ocultan la posibilidad real de un encuentro afectivo, de sentido y personal entre sus pobladores,  ocultando de la misma forma su condición humana. Ocultando el saber que pueden tener otras posibilidades de vida y por lo mismo no se atreven a tomar decisiones de otra manera. Todos están conformes en seguir con los mismos patrones de comportamiento y esquemas de pensamiento. Entre estos patrones hay comportamientos con los cuales justifican su propia mediocridad y conformismo, son cortésmente hipócritas.

En la comunidad hay algunos pobladores que se preguntan en su interior si su vida no podría haber sido de otra manera, o si no debieron de haberse ido fuera de la comunidad para crecer como personas, se lo preguntan, se lo plantean, pero queda como una mera posibilidad sin consecuencias. Existe el deseo de que esos patrones y esa forma de vivir vayan en consonancia con los valores morales o principios morales de sus fundadores, como son los principios de comunidad, amor y fraternidad del padre de Martina y Filippa, protagonistas del filme, pero que nunca realizan su vida personal o la llamada de su corazón por cumplir con las disposiciones de su difunto padre.

Babette es una extranjera por ser de otra nacionalidad, que viene escapando de las revueltas sociales de su país, no sabe la lengua danesa y además es un lugar de Dinamarca de lo más alejado e inhóspito, es de otra religión y es mucho más joven que los miembros de la comunidad danesa, que son viejos, rencorosos, puritanos y no se diga el tipo de comida, una comida muy seca, sin sabor, y sin mayor presentación de corte estético. Lo único en común es que es recomendada por un antiguo pretendiente de una de las dueñas de la casa e hija del pastor del pueblo que había sido el fundador de la misma.

La situación de extranjera de Babette remueve los esquemas de pensamiento, las rutinas, los comportamientos, y revela la verdad que se oculta en esa comunidad, hace patente su hipocresía, y los deja vulnerables y abiertos.

Simultáneamente, esta llegada provoca en Babette preguntas sobre su propia identidad, su propio sentido y búsqueda, revelándose al final le verdadero sentido de su interioridad. Y es ante esta situación que se da la dialéctica de la hospitalidad–hostilidad, y el movimiento de juego entre la hospitalidad incondicional y la hospitalidad condicional, según los términos de Jacques Derrida.

La hospitalidad inicia cuando Martina y Fllippa le dicen que puede quedarse pero que no tienen como pagarle, pero Babette desde el principio va amostrar el tipo de persona que es, y que les enseñará lo que significa ser hospitalarios. Les pide no su dinero sino solo acogerla en su casa y alimentos. Nadie sabe de dónde viene ni que hacía antes, algo que se revelará hasta el final de la película, por lo que sus actividades siempre son vistas con sospecha. Pero la hospitalidad condicional se convierte en incondicional cuando poco a poco los actos de generosidad desinteresada de Babette a través de la cocina van haciendo que cada uno de los pobladores en su vulnerabilidad, vayan dejando atrás su prejuicios, sus condiciones y se dispongan abrirse a una relación con los otros sin rencores o resentimientos, sino en una verdadera relación de amistad.

El acto mayor de generosidad de Babette es cuando al ganar la lotería organiza una comida francesa exuberante para la comunidad, todos creían que hacía la comida como despedida, pero nadie sabrá, como se verá al final del filme, que no era una comida de despedida sino que gastó todo el dinero en poder hacer la comida para ellos, como un acto incondicional de amor y de agradecimiento, que provoca la gratitud entre ellos generando una verdadera hospitalidad sin condiciones. De hecho mientras Babette cocina y mientras la comunidad degustan la comida hecha por cocina extranjera provoca en ellos las preguntas de si están haciendo bien o mal religiosamente, y de si están o no siendo fieles al legado del pastor. Conforme se atreven a probar la comida, los sentidos les abren el alma, y los ponen en situación de hablar y convivir con el otro sin restricciones, la comida y el placer de la gastronomía hace que prueben todos los sabores y formas de ser del mundo que los pone en conexión con ello.

Inclusive uno de los invitados, un antiguo pretendiente de Martina, un capitán quien ante la negativa de ella para casarse con él, años atrás, se enroló en el ejército, a través de la comida va comprendiendo el sentido de las decisiones que en su momento no comprendía y que ahora se le revelan con claridad, recobrando el amor perdido perdonando el despecho, porque se dan cuenta que de verdad, Martina y Filipa tenían una vocación religiosa, y que el tiempo no ha sido un desperdicio. La comida genera un ámbito de hospitalidad en donde las condiciones de preferencia y de egoísmo en las decisiones de la comunidad y del capitán son pulverizados hasta el grado de comprender la misericordia y el perdón en su relación de amor.

Babette paradójicamente, siendo una extranjera, transgredió las leyes de la hospitalidad con la cocina, las condiciones que le habían impuesto, e hizo posible una hospitalidad incondicional porque la transgresión se dio por la generosidad que no espera reciprocidad alguna sino que es motivada y ofrecida gratuitamente. Con este acto ella hace que los principios del pastor sean una realidad verdadera en la comunidad.

Conclusión

La cocina genera la posibilidad de aprender a ser por la interpelación del otro. La hospitalidad en su verdad y sentido es algo que acontece en el acto en que alguien lo ofrece, como una novedad radical sobre lo que ya existe o lo que ya se acostumbra, y es ene esa novedad radical que se convierte en una tarea para los otros, reconocer o no su sentido de verdad, abrirse en su vulnerabilidad y acoger al otro, al acogerlo en su singularidad serle fiel ,amar al prójimo, y en esta fidelidad, es decir un amor creído sin condiciones, surge y se realiza el milagro de la hospitalidad por el acto de cocinar.

gclimacus@yahoo.com.mx

Referencias:
Jacques Derrida  y Anne Dufourmantelle (2000) La hospitalidad. Buenos Aires: Ediciones de la Flor.
El festín de Babette (Babettes gæstebud, Gabriel Axel, Dinamarca,1987.

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