La escritora Fatma Aydemir (Karlsruhe, 1986) se presenta en México por la décima edición del festival Theaterwelt, ciclo de teatro germanoparlante actual que este año tiene como eje temático la migración. El interés de Aydemir es preciso: la forma en la que el contexto sociopolítico influye a los individuos y cómo, al mismo tiempo, la autonomía, la propia identidad, se mantiene bajo estos influjos a los que atraviesa la experiencia migrante.
A su exploración de los dramas universales (la pérdida, el duelo) se añade la perspectiva migrante, el sentimiento de incomprensión y la huella que deja la discriminación en el día a día de ciertos contextos sociales y económicos, dice Aydemir, en entrevista, sobre su novela Demonios —cuya adaptación teatral, hecha por Selen Kara con el título Djinns forma parte del ciclo. Demonios ha impulsado el prestigio literario de Aydemir al valerle los premios Robert Gernhardt y LiteraTour Nordha, y hacerla finalista del prestigioso Deutscher Buchpreis.
En la experiencia migrante “hay una sensación de estar divididos. Y eso conlleva preguntas sobre la identidad. Por un lado hay mucha incertidumbre porque la pertenencia es algo muy importante, particularmente en la juventud. Pero al mismo tiempo puede significar cierta libertad porque es posible crearse una identidad propia”, afirma. Como nieta e hija de inmigrantes kurdos-turcos, nacida en Alemania, la experiencia de Aydemir tiene un relieve más: ella estudió en San Diego, en la frontera con Tijuana, por lo que hasta cierto punto tiene un grado de familiaridad lo que sucede en nuestro contexto (muchos de sus amigos, por ejemplo, son de Tijuana):
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“Muchas veces en el pasado los Estados Unidos se demostraron como un ejemplo muy positivo en cuestiones de migración e integración. Alemania, durante mucho tiempo, se rehusó a verse como una sociedad de migración, aunque de todos modos ya lleva muchísimo tiempo siendolo, pero en el discurso público la población migrante se retrató como algo temporal, no parte de la sociedad, un problema que en algún momento se resolvería por sí mismo”.
Pero en la última década —continúa la escritora— los Estados Unidos también demostraron que un ejemplo positivo puede caerse: “Justo por el gobierno de derecha de Trump… Siempre es difícil hacer comparaciones directas, pero obviamente hay similitudes, no sólo entre Alemania y Estados Unidos, sino en general con los gobiernos de la derecha en el mundo. Es una herramienta conveniente y fácil culpar a los migrantes por los problemas económicos, por todo lo que va mal en un país. Esa retórica de odio hacia los migrantes se hace más y más popular, y una parte de la sociedad se une con esa retórica de odio, y en la cuestión de los votantes, eso les une más. Da una base común de tener grupos económicamente desfavorecidos, que justo se pueden culpar entre ellos, esa es la similitud más obvia y más grande”.
La escritora rechaza los discursos que ven al migrante como una figura con valor sólo si aporta de manera económica. Un país que lo ve sólo como un trabajador pierde mucho.
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La idea de que las naciones funcionan absolutamente separadas por sus fronteras es un error: “Un país que sigue esa retórica va en camino directo hacia el fascismo y pierde sus valores de libertad, democracia y cualquier forma de visión del futuro para su pueblo y para su sociedad”.
El racismo siempre ha existido, así como siempre se ha utilizado a grupos marginados como chivos expiatorios, añade, pero —se pregunta—, ¿por qué en los últimos 10 años ese tipo de discursos se han hecho tan populares?, ¿por qué eso funciona en un panorama global? Una explicación, dice, se encuentra detrás de las redes sociales y los discursos que concentran:
“La manera cómo fomentan una visión de que las cosas son blancas o negras, vistas muy extremas que recibimos mucho más rápido sobre ese canal de información dominado por las redes sociales. Esa fijación hacia nuestros teléfonos tiene mucho que ver con que la gente también lea menos libros. Es muy importante y muy bueno que todavía existan medios independientes y periodistas, aunque en los periódicos también se ve la influencia de esa lógica de opiniones radicales y extremas que alcanzan un público mayor porque la gente les da clic”.
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En esta línea, Aydemir reflexiona sobre el atentado del pasado 25 de julio en la Marcha del Orgullo de Berlín. Un hombre de 21 años, identificado como Abdul Ballout, embistió a un grupo de personas en las inmediaciones de la Puerta de Brandenburgo. Un crimen de odio que sucede en un momento en el que “ la comunidad queer en Alemania está bajo mucha presión (...) Muchas asociaciones tienen que cerrar porque no reciben el apoyo necesario. Y todo eso tiene que ver con el gobierno que hoy prioriza otras cosas, lo cual hace que la comunidad queer también esté en desventaja. Es muy amargo que ahora los políticos que quitaron esos apoyos y no apoyaron más a la comunidad queer demuestran una solidaridad tan grande”, dice y añade que es importante señalar que el ataque lo hizo una persona que se radicalizó: “Al mismo tiempo, creo que es de vista corta decir que eso es un problema de migración. Porque la persona nació en Alemania, creció en Alemania, tiene ciudadanía alemana y sí, tenía un trasfondo de migración. Es de vista corta decir que eso es un problema de migración. Es el camino equivocado porque parece una distracción para no responsabilizarse”.
Experiencia migrante para las infancias
La escritora Ayse Bosse, (Fráncfort del Meno, 1976) es otra de las invitadas que representan a Alemania (el festival exhibe cuatro lecturas escénicas de obras hechas por escritoras de Alemania, Austria y Suiza, bajo la dirección e interpretación de artistas mexicanos).
La obra de Bosse es Pembo, dirigida al público infantil y centrada en las emociones que desata la condición migrante: “Como hija de un padre turco y una madre alemana, nacida y criada en Alemania, siempre me acompañó la pregunta de quién soy realmente y a qué país pertenezco de verdad. Creo que todas las personas, pero especialmente los niños y los jóvenes, tienen la necesidad de sentirse parte de algo y de pertenecer”, afirma la escritora en entrevista.
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Pembo, añade, es una historia sobre lo que significa crecer entre dos culturas: “La idea surgió después de que reflexionara de manera profunda e intensa sobre el tema del duelo, también en relación con los niños. En ese proceso descubrí, o más bien recordé, que yo misma había llevado dentro una gran tristeza: la tristeza de no sentirme completamente en casa en ningún lugar”. Su objetivo, explica, es que cualquiera que haya visto la obra o leído el libro en el que ésta se inspira se pregunte si hoy ya le dijo suficientes veces te amo / te quiero a la gente que le importa. “¿Y te lo han dicho a ti? Porque eso es bueno para la salud: ¡al menos tres veces al día. Creo que todas las personas anhelan tener un verdadero hogar y sentir que pertenecen. Por eso considero que se trata de un fenómeno muy universal. Esto se hace especialmente evidente cuando visito escuelas y leo para los niños: En realidad, casi todos pueden identificarse con esta historia, sin importar de qué países procedan sus padres, si en su familia conviven más de dos culturas o solo una (...) Todos los niños pueden identificarse con la historia de Pembo”.
El Theaterwelt, que es organizado por diversas instituciones, arrancó ayer. Las sedes de sus actividades son el Goethe-Institut Mexiko, el Teatro El Granero del INBAL y la Casa del Lago de la UNAM. Termina el 30 de agosto.
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