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Serge Gruzinski (1949) tenía 18 años cuando cambió su vida familiar en Tourcoing, una ciudad industrial en el norte de Francia, frontera con Bélgica, por el vibrante distrito V en París para iniciar sus clases preparatorias a l'École Nationale des Chartes (Escuela Nacional de Archiveros Paleógrafos) justo en la víspera del mayo de 1968, acontecimientos de los que fue testigo y partícipe al estar en el ojo del huracán. Para ese joven, la revuelta estudiantil que marcó un parteaguas en la sociedad francesa fue, en sus propias palabras, "un beneficioso lavado de cerebro" que lo colocó frente a la política, el Estado, la represión, las luchas ideológicas y una serie de conceptos que hasta entonces desconocía. Ese fervor revolucionario, sumado a su hábito por frecuentar las salas de cine parisinas, alentaron su curiosidad por conocer el mundo, principalmente Brasil, país que descubrió a través de las películas de Glauber Rocha.

Sin embargo, el deseo de ese veinteañero con pocos recursos de viajar al sur de América parecía imposible. Un destino más económico se cruzó en su itinerario: México. Pronto, este país se convirtió en más que una parada. Fue un sitio definitorio, un "espejo" donde, dice, aprendió a descubrir quién era y en lo que quería convertirse.

Fascinado por la mezcla de culturas y gracias a los vínculos que forjó en ese primer viaje, Gruzinski convirtió a México y su pasado en el tema de su tesis doctoral. Entre 1973 y 1984 trabajó con fuentes archivísticas que le permitieron estudiar temas como la reacción de los indígenas ante la conquista española -plasmado luego en sus libros La colonización de lo imaginario; La guerra de las imágenes-, así como los procesos del mestizaje (El pensamiento mestizo). A través de estos y otros trabajos, desarrolló la idea de que, tras el encuentro entre indígenas y europeos, la Nueva España se convirtió en un "laboratorio de la primera mundialización ibérica". Desde entonces, el México de hace cinco siglos ha sido su punto de referencia para estudiar los procesos de mestizaje, la globalización y las transformaciones del mundo contemporáneo.

Es lo que hace ahora en su libro Cuando los indios hablaban latín. Colonización alfabética y mestizaje en la América del siglo XVI (FCE, 2026), en el que, para entender el impacto de la revolución digital en la escritura y las formas de pensamiento que asistimos en el siglo XXI, se transporta aI momento en que la mundialización ibérica impuso la escritura alfabética, los libros y la imprenta en las sociedades indígenas mesoamericanas cuyo conocimiento se plasmaba mediante imágenes, glifos y símbolos.

En entrevista con Confabulario, el investigador emérito del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) de Francia habla antes de su próxima visita a México, donde participará el 28 de octubre en la Noche de la Antropología en el Museo Nacional de Antropología, donde presentará su libro. Antes, el 26 de octubre, también ofrecerá una conferencia magistral en la BUAP.

Además, adelanta que presentará la traducción al español del primero de dos volúmenes de Libres tropiques, un recuento personal y familiar que escribió junto a su hermana, Corinne Vandewalle, publicado originalmente en francés por la editorial Fayard y que ahora aparece en español editado por Bonilla Artigas Editores.

¿Qué puntos en común encuentra entre la revolución digital actual y la revolución alfabética del siglo XVI en el Nuevo Mundo?

Antes de contestar la pregunta, quisiera decir que el libro tuvo dos puntos de partida: Primero, para mi generación es muy fuerte la desaparición del papel, de los correos, las cartas. Hace unos años encontré en Italia un libro de un especialista sobre la nueva civilización, San papiers (Sin papeles), cómo vivimos ahora sin papeles. Segundo: yo enseño historia en Brasil, en la Amazonia. Estoy en contacto con grupos indígenas que se han apropiado de las redes sociales para defender a nivel legal sus derechos, para conservar y transmitir su memoria. Todo esto me hizo pensar en la relación de los indios de México, los señores nahuas con la alfabetización y el latín, es decir, cómo cinco siglos después otros grupos indígenas son capaces de aprender la nueva tecnología y de usarla contra la opresión.

Entonces, sobre tu pregunta, cuando hablamos de la conquista alfabética de América o la conquista digital de hoy, estamos hablando de registrar todo lo que hacemos. Las tecnologías no son las mismas, pero el proyecto político es el mismo: controlar a la gente registrando su memoria, sus tierras, sus bienes, sus historias, sus recursos. Eso es lo que pasó en el siglo XVI. Para mí, esa fue la conquista más definitiva, pues seguimos utilizando el español para comunicarnos en el habla y por escrito. Fue una conquista absolutamente irreversible. Acabó con la expresión pictográfica, con la escritura de los mayas, eliminó los otros medios de expresión e impuso la escritura alfabética para la comunicación y, sobre todo, para establecer la dominación colonial. Con el obstáculo del océano, la única forma de crear una sociedad colonial para los europeos en América era utilizar la escritura alfabética, las cartas, como los drones que circulan hoy a una velocidad increíble y que transmiten información, y la información es poder, es la que permite administrar desde España gran parte del continente americano.

Dice que la escritura alfabética fue el arma esencial de la conquista, ¿cómo la usó Hernán Cortés para legitimar sus acciones en Mesoamérica?

La usó como un periodista, él no lo era, pero construyó la noticia para Europa en sus Cartas de Relación. Hizo la conquista de manera clásica y arcaica, pero al mismo tiempo creó las imágenes de ese suceso. La escritura fue fundamental para legitimar la conquista, para justificarla. Además, en el mundo español toda forma de propiedad necesitaba un papel, un documento. Entonces, por una parte, la escritura es un instrumento fundamental para comunicar y crear la noticia, porque lo que Cortés cuenta en sus cartas es una mínima parte de la verdad; y, por otra parte, es la manera de legitimar lo que está haciendo. Cuando él pretende en una de sus cartas que Moctezuma le entregó la soberanía y el poder, está construyendo todo un teatro mediático para dar gusto al emperador y para justificar lo que hizo, que era ilegal.

Esta escritura alfabética es un arma de dominación increíble y tiene una doble cara: vuelve más eficaz la comunicación -podías mandar a Europa una descripción precisa de México a través de los navíos y llegaba en unos meses, una velocidad extraordinaria que se puede comparar con la circulación de la información ahora-; y es un poder de acceso limitado, pensemos en los soportes, si escribes cartas quiere decir que tienes papel, tinta y sabes escribir. El papel era fundamental y en el siglo XVI el papel se fabricaba en España o en Génova. Si no hay papel, no hay documentos, como con la comunicación digital ahora, si no hay luz, si las baterías se acabaron, no puedes hacer nada.

¿Cómo explicaría en ese contexto el papel que jugó el latín en la Nueva España?

Es, por una parte, la única lengua que puedes emplear para comunicarte inmediatamente con el dios de los cristianos. Al mismo tiempo, es la lengua del humanismo, de los intelectuales top en Europa, del Renacimiento. Para las élites indígenas era muy importante conocer el latín por estas razones. Estos señores nahuas o caciques indígenas se llaman en latín novi homines, nuevos hombres, y participan en el Renacimiento, lo cual es también una situación muy ambigua porque el latín logra integrar a las élites indígenas en el sistema colonial. Para participar en el sistema de dominación, debes saber leer los códigos de leyes, que son escritos y, muchas veces, en latín. El latín les abre las puertas del cielo, les permite distinguirse como intelectuales y entrar en el sistema judicial, o sea, la máquina administrativa colonial porque para ellos es fundamental conocer las leyes de los vencedores para poder después defender sus propios derechos, grupos o familias.

Su libro inicia y termina hablando de la Psalmodia christiana, de Bernardino de Sahagún, que describe como una caja de Pandora, ¿por qué es tan importante ese texto para explorar cómo se dio la colonización alfabética?

Yo escribo para lectores europeos que no conocen la realidad latinoamericana, menos aún la mexicana, así que debo tomar casos muy concretos para plantear preguntas. La Psalmodia christiana es un texto impreso de 500 páginas escrito en náhuatl, en México del siglo XVI, una empresa muy costosa que supone toda una estrategia y que plantea preguntas sobre cómo fue posible imprimir tantas páginas con la máquina de Gutenberg en náhuatl. Algo excepcional en el mundo americano porque tenemos ahí la imprenta, pero también la fonetización, la alfabetización del náhuatl, que nos habla de las formas de penetración occidental europea. Además, son 500 páginas traducidas por nahuatlatos, los intelectuales indígenas que interpretan los textos bíblicos. Entonces vemos aquí: la llegada de la colonización alfabética, imposición del alfabeto europeo; la utilización de la imprenta y el libro, que es una idea completamente occidental; y la reacción a esta invasión, es decir, quienes hacen este libro con Sahagún son los indígenas, autores que hacen una interpretación de los textos bíblicos extraordinaria.

La Psalmodia cristiana es una serie de cantares sobre los santos del calendario cristiano, cada santo tiene su canto. En casi todos los cantos en náhuatl, en lugar del santo cristiano hablan del tiacauh, es decir, el guerrero azteca que captura enemigos para ser sacrificados. La manera de explicar a los indígenas lo que es el santo es utilizar la palabra tiacauh, que resume el militarismo de los nahuas. Es un término absolutamente militar. Son las élites indígenas que escogieron ese término para explicar a sus compatriotas lo que era un santo. Otro aspecto es que esos cantos tenían que ser bailados, danzados y ahí interviene el pueblo indígena. Esta gente danzaba los cantares dentro de las iglesias, proclamando que los santos del calendario eran grandes guerreros valientes, guerreros absolutamente conectados con el sacrificio humano. Como historiador uno se pregunta: ¿cómo es posible que la Iglesia católica haya publicado, impreso y multiplicado los ejemplares de un discurso que reúne elementos de la ética militar prehispánica con elementos cristianos?.

No hay precisamente respuestas a eso, pero me permite pensar en estas élites indígenas cristianizadas. Hoy nos damos cuenta que la mayoría de la información que tenemos de los indios prehispánicos procede de esas élites, de ahí la importancia de pensarlos en términos de intelectuales porque sabían español, nahuatl o maya, y el latín. ¿Cuántos de nosotros sabemos tres idiomas o el latín? Eran intelectuales de un nivel muy superior al europeo porque manejaban el mundo europeo, el cristiano y latino y su propia sociedad, su cultura, con toda su memoria.

Lleva más de 50 años escribiendo sobre la historia de México, ¿cómo fue su primer acercamiento a ese tema de estudio y qué lo atrajo tanto que lo ha mantenido escribiendo sobre eso toda su vida?

Va a salir pronto con la editorial de Luis Bonilla en México un libro, Libres trópicos, que he publicado en dos volúmenes con mi hermana. Se publicará el primer volumen y ahí intento explicar mi relación con México de manera bastante detallada. Lo que puedo decir en pocas palabras es que fue la casualidad. Yo era un estudiante, tenía 20 años, preparaba una tesis sobre los Países Bajos del siglo XVI, sobre un territorio entre Bélgica y Francia. Tenía poquito dinero, quería viajar y tenía mucha curiosidad. Gracias al Cine Novo de Brasil, quería ir a Brasil. En 1970, imposible, los precios eran altísimos. Pensé que tal vez Perú, misma cosa. La solución fue México porque justo en los 70 abrieron los primeros vuelos chárter entre Ámsterdam y Nueva York, viajes económicos. Después, había que tomar varios vuelos para llegar a San Antonio, Texas, y de ahí en autobús hasta Monterrey y después otro autobús hasta la Ciudad de México. Cuatro días para llegar a México. No hablaba una sola palabra de español. El país me fascinó completamente por sus paisajes, por su historia, sus monumentos históricos, por los indios, como puedes imaginar, pero también porque en la Ciudad de México, vi también a Estados Unidos. Ciudad Satélite en 1970 era ya Estados Unidos. Parecía tenerlo todo, un país tradicional, muy acogedor y la proximidad con Estados Unidos.

Después creé lazos afectivos con personas en México, por eso decidí hacer una tesis sobre México. No fue la investigación lo que me hizo viajar allá, es el viaje a México que me hizo querer estudiarlo y vivir ahí unos 10 años. Quería conocerlo y entenderlo, pero entender México para saber lo que significa ser europeo, porque ustedes son el resultado de la colonización europea. Para un europeo o francés hoy en día es fundamental entender qué exportamos de nuestra civilización, nuestra cultura, qué destruimos y cómo la gente resistió. Muy temprano tuve esta idea en la mente. Ustedes hacen la historia de México para mexicanas y mexicanos; lo que me interesa a mí es entender mi país y mi continente. México es como un espejo. Cuando veo a los indios que escriben en el latín, es como un espejo que me envía la imagen de gente latinizada, pero que no son europeos. Eso me obliga a pensar qué significó el latín para nosotros europeos y para los indios. ¿Por qué nosotros abandonamos completamente el latín?. Es una cuestión de raíces y de un vaivén continuo entre México y Francia, Europa. Europa es ahora un continente mestizo, está viviendo lo que ustedes vivieron en los siglos XVI, XVII, XVIII. Nosotros estamos descubriendo lo que significa comprar la fruta con los chinos, ir al barbero que es un árabe. Esta mezcla de pueblos en una ciudad ustedes la enfrentaron mucho antes.

Dedica su libro a dos grandes pensadores del México antiguo recientemente fallecidos, Alfredo López Austin y Enrique Florescano, ¿cómo fue su relación intelectual y personal con ellos?

Sí, es gracias a Enrique Florescano que, junto con Solange Alberro, creé un seminario de historia de las mentalidades en el 78, hace casi 50 años. Fue un amigo que me ayudó mucho y que, sobre todo, es uno de los gigantes de la historia mexicana. Y con Alfredo López Austin tuve el privilegio de leer los borradores de sus tesis, un excelente amigo y también otro intelectual gigante, no solo mexicano sino latinoamericano. Dos intelectuales extraordinarios que me ayudaron a entender lo que era México porque yo necesitaba ese intercambio de visiones y ellos eran dos testigos extraordinarios de la historia y sabedores del pasado indígena y colonial. Voy a visitar México, pero es muy triste regresar sin poder hablar con ellos ni con mi querida amiga Solange Alberro. Es un poquito duro, pero es el precio de vivir demasiado.

Volviendo a su libro, ¿en qué momento el latín deja de tener tanta influencia?

En Europa, a finales siglo XVI, se utiliza cada vez más la lengua vulgar y se abandona progresivamente el latín. En el caso de México hay dos fenómenos esenciales: El latín era la conexión entre las élites indígenas y el clero, sobre todo las órdenes mendicantes, o sea, a través de la escuela. Los franciscanos, los agustinos utilizan a sus alumnos indígenas para ejercer su poder en la sociedad colonial. Esas órdenes religiosas entran en crisis a finales del siglo XVI y pierden poder. Por otra parte, la aristocracia indígena que se mantuvo en el siglo XVI, a pesar de la conquista, desaparece poco a poco o se hispaniza completamente en el siglo XVII. La desaparición del latín se explica por la crisis de las órdenes religiosas y la crisis social de la aristocracia. La publicación de obras indígenas y en latín es algo particular de la segunda mitad del siglo XVI.


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