Ahora mismo se exhibe en cines la película Coyote vs. ACME, cuya recaudación ha rebasado ya los cien millones de dólares. Protagonizada por Wile E. Coyote, el famoso personaje de dibujos animados, la película presenta a un hambriento animal quien, tras innumerables intentos de atrapar a un correcaminos, decide revertir sus fracasos por la vía legal. Para quienes crecimos en la década de los ochenta, el personaje resulta muy conocido. Más aún para quienes provenimos de entornos desérticos.
No hablaré aquí de la película sino del personaje. Casi por ósmosis me he enterado del drama oculto tras la pantalla: se dice que en 2023 el filme fue archivado por Warner Bros para obtener una millonaria deducción de impuestos, pero que la decisión fue revertida y se permitió a los creadores buscar otros distribuidores. Finalmente, los derechos de la película fueron adquiridos por Ketchup Entertainment y ésta fue estrenada el pasado 28 de agosto en los Estados Unidos. Paradójicamente, los fracasos del coyote tienen un próspero final, pues la película ha recaudado más de cien millones de dólares en taquilla.
Lo que llama mi atención es que la historia del personaje es aún más remota. Una primera pista se encuentra en Chuck amuck (1989), volumen de memorias de un pionero en la creación de dibujos animados: Chuck Jones. Animador, caricaturista, guionista, productor y director estadounidense, desde pequeño estuvo vinculado a estudios de grabación, pues vivía en California, a unas cuantas cuadras de los estudios de Charles Chaplin, de los que era un visitante asiduo. Se dice que Jones comenzó lavando acetatos en el estudio de animación de Ub Iwerks, el dibujante que, contratado por Walt Disney, habría trazado la identidad gráfica de Mickey Mouse. Cuentan que el gran drama de Iwerks fue la imposibilidad de capitalizar su talento (hoy dirían monetizar): en tanto empleado de Disney, Iwerks recibió por sus diseños un salario ínfimo si se compara con las ganancias que ha generado el casi centenario ratón.
Pero sigamos tras las huellas del coyote: en sus memorias, Jones recuerda que durante su infancia su familia se mudó a una casa amueblada, y que en ese inmueble había una colección de las obras completas de Mark Twain. Con siete años, el pequeño Chuck se volvió adicto a la prosa del gran novelista norteamericano. Jones recuerda que a esa edad leyó por primera vez uno de los libros del escritor —titulado Roughing it (traducido al español como Pasando fatigas)— y que fue por esa lectura que reparó en la existencia de los coyotes. Así describe Twain a esos animales: “El coyote es un esqueleto largo, delgado, enfermo y de aspecto lamentable, cubierto por una piel de lobo gris, con una cola muy tupida que cuelga siempre hacia abajo con una expresión desesperada de abandono y miseria, una mirada furtiva y maliciosa, y un rostro largo y afilado, con el labio ligeramente levantado y los dientes al descubierto. Tiene una expresión general de escabullirse por todas partes”.
El retrato no se limita al plano físico. Al perfilar el carácter de un coyote, Twain lo describe como “una alegoría viva de la necesidad. Siempre tiene hambre. Siempre es pobre, sin suerte y sin amigos. Las criaturas más mezquinas lo desprecian, e incluso las pulgas lo abandonarían por un velocípedo. Es tan apático y cobarde que, incluso cuando sus dientes al descubierto fingen una amenaza, el resto de su rostro se disculpa por ello”.
“¿Quién podría resistirse a semejante imagen?”, se pregunta Jones en sus memorias antes de confesar que a los siete años ya se identificaba con el infortunado animal. ¿Qué impresionó tanto a Jones para trazar, muchos años después, el perfil de Wile E. Coyote? La respuesta está en las mismas memorias de Twain. Allí, el escritor cuenta que en 1861 se mudó a Nevada con el plan de ser asistente de su hermano, Orion, quien había sido designado secretario del gobernador. No obstante, llevaba un plan secreto. Corría la época de la llamada fiebre del oro: el oeste se poblaba rápidamente por recién llegados en busca de fortuna. Para explotar una mina de oro, bastaba encontrar una veta e informar al gobierno del descubrimiento. Pero no era fácil llegar al Oeste. El viaje, muy largo, implicaba pasar semanas a bordo de una diligencia, literalmente recostado en los costales del correo llenos de cartas y paquetes. Al menos ese es el trayecto que hizo Twain, quien desde allí pasaba los días observando el desierto. No es remoto que desde la diligencia viera coyotes famélicos intentando cazar algo. Así, en Pasando fatigas, el novelista cuenta cómo viajó al Oeste tras la promesa de hacer fortuna de la noche a la mañana. Y sin embargo, aunque lo intentó de mil maneras, en todas fracasó. Fue testigo de cómo varios de sus amigos encontraron yacimientos de oro y se enriquecieron de la noche a la mañana, pero él no.
En las memorias de Twain, el viejo y empobrecido coyote puede ser visto como un símbolo del escritor mismo. Aunque entonces no lo sabía, varias veces a lo largo de su vida iba a amasar fortunas y después a perderlas. De acuerdo con sus biógrafos, sus quiebras financieras se debieron sobre todo a dos grandes proyectos: el primero fue la creación y distribución de una sustancia llamada Plasmon, que tendría la virtud de terminar con el hambre en el mundo. El segundo proyecto fue una compleja máquina que reemplazaría a los tipógrafos en la formación de planas de periódicos. No solo ahorraría tiempo, también esfuerzos en la difusión de noticias. El problema es que el prototipo jamás llegó a funcionar con los estándares necesarios para comercializarlo, y Twain terminó en bancarrota. Historia digna de una novela —o mejor, un libro de crónicas— es cómo el empobrecido novelista arma una gira mundial que le llevará a presentarse en teatros llenos en sitios tan remotos como India, Australia, Ceilán y las Islas Fiji.
Para cerrar, una trivia: ¿sabe el lector cómo se llama, en el campo mexicano, a un intermediario comercial que compra las cosechas o el ganado directamente a los pequeños productores a precios muy bajos, para después revenderlos a un precio mucho mayor?
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