“Que se olviden, aquí no volverá a haber elecciones. Jamás, jamás, jamás.” Esas fueron las palabras textuales del presidente nicaragüense, Daniel Ortega, esta semana. Esto no es una novedad, pues no han existido elecciones auténticamente democráticas en los 19 años consecutivos en los que ha ocupado la presidencia del país centroamericano. Pero el hecho de dejar de fingir una competencia electoral va más allá de un evidente deterioro de la vida pública del país. En un momento en el que Washington ha replanteado su doctrina respecto a la región latinoamericana, estas declaraciones acaban de volver al régimen nicaragüense mucho más vulnerable a la presión externa.
Desde la captura de Nicolás Maduro y frente al riesgo latente de una operación similar en Cuba, ha surgido en el debate la posibilidad de que Nicaragua sea el siguiente. Si bien es el último eslabón de la tríada dictatorial de la región, cuesta comprender qué ganaría Estados Unidos con ello. No cuenta con petróleo como Venezuela, ni es un punto estratégico o simbólico como Cuba. Sin embargo, la importancia de Nicaragua reside en lo que desencadena para tres pilares de la estrategia regional de Estados Unidos: doctrina hemisférica, influencia de potencias rivales y una potencial dimensión económica ligada a Trump.
Uno de los puntos clave del nuevo interés sobre el país centroamericano es el hecho de que Estados Unidos no puede permitirse un régimen abiertamente cercano a Rusia y China en su vecindad hemisférica. De acuerdo con analistas de la Conferencia de Seguridad Hemisférica, Nicaragua ha sido un centro de actividad rusa durante años, con una valor estratégico para Moscú. Además, de acuerdo al Atlantic Council, Rusia le ha proveído a Nicaragua 90% de las armas del país. Pero el aliado más cercano y beneficioso sin duda es China. Así como en otros países de Sudamérica y África, el gigante asiático ha recurrido al financiamiento y a proyectos de infraestructura en este país como parte de su estrategia de influencia. Eso lleva al otro punto que puede ser, quizás, el único ángulo de interés para Trump por los fines económicos que conlleva.
Desde hace años, el gobierno nicaragüense ha impulsado el Canal de Nicaragua, un megaproyecto de más de $50,000 millones de dólares que busca competir con el Canal de Panamá. Hasta el momento, el impulso económico ha venido de inversionistas y empresas chinas, lo que ha generado tensiones con Estados Unidos, pues impacta a sus intereses militares y comerciales muy cerca de sus costas. De momento, el plan fue cancelado por la empresa china que había obtenido el contrato. Sin embargo, Ortega ha reabierto las puertas a nuevos consorcios para retomar la propuesta. Dado el renovado interés de Trump por el canal de Panamá desde el inicio de su segundo mandato, cualquier tipo de acción que busque acabar con el régimen de Ortega no estaría libre de réditos comerciales con proyectos como éste, aunque se distinga del “drill, baby, drill” que ha buscado en otras latitudes.
Finalmente, si algo ha quedado claro en los últimos meses es que esta administración ha vuelto a poner como prioridad a América Latina como área de influencia. Bajo la denominada Doctrina Donroe, esta zona vuelve a ser el objetivo de dominación hemisférica de Estados Unidos. Marco Rubio ha hecho de este giro una cuestión tan política como personal. Después de Venezuela y Cuba, Nicaragua sería el último pilar a vencer y, aunque no lo parezca, hay suficientes argumentos para plantearle a su jefe que es la decisión correcta.
Aunque un escenario como el venezolano cada vez parece más improbable para el caso de Cuba y de Nicaragua, todo apunta a que se buscará optar por salidas negociadas más que cambios de régimen, buscando maximizar las ganancias para Estados Unidos y aprovechando las estructuras políticas e institucionales de dichos regímenes.
Aterrizando este planteamiento en nuestro país, lo que ocurra en Cuba y en Nicaragua también será una prueba de coherencia para la política exterior de México. Bajo el cobijo de la no intervención y autodeteminación de los pueblos, la 4T ha llevado una diplomacia de guiños para estos tres países, jamás nombrándoles como dictaduras. Conforme avanza la estrategia de Estados Unidos, el mapa de aliados ideológicos en la región de la actual administración se estrecha cada vez más. Y, ante esta reconfiguración, vale la pena cuestionarse qué tan caro le saldría al gobierno mexicano seguir llamando no intervención a una forma de complicidad.
Contenido sindicado vía RSS de El Financiero. Nota original: https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/raquel-lopez-portillo-maltos/2026/07/23/nicaragua-es-el-siguiente/