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Las afectaciones cotidianas resultantes de tener un hombro desgarrado. Había movimientos de los que no me había dado cuenta lo necesario que resulta el izquierdo: asir la taza de café, sostener un libro, darle vuelta a la página, lavar trastes, teclear. Había que buscar la manera de suplir el movimiento de un brazo. La vida se volvía más lenta y a la vez la paciencia se tornó elemental

Por Évolet Aceves / X: @EvoletAceves

Hace apenas dos, casi tres meses, sufrí de un accidente, de esos que pasan por circunstancias ajenas a uno, pero que le terminan impactando al cuerpo más de lo que uno hubiera deseado, uno no desea daños en su cuerpo, y menos andar teniendo que asistir con médicos y especialistas particulares, en busca de reparaciones de una articulación averiada.

Tenía entonces uno o dos días de haber llegado de Nueva York a Toluca, para pasar ahí junto a mi familia el resto de las soleadas y ansiadas tardes y noches frías, durante los siguientes dos meses.

Pues dos meses, que se sintieron como dos años, fueron los que estuve atada con el brazo enfundado en tremendo cabestrillo. Quizá más que accidente, fue incidente, ocurrió en la noche, ningún extraño me lo ocasionó, fue mi cuerpo mismo, y quizás, en voz de los expertos, un gran estrés acumulado a lo largo de varios meses, quizá de varios años, fue lo que causó lo que me causó, como un mecanismo de defensa anatómico, para parar, ¿para protegerme?, ¿para descansar?, al menos, por los siguientes dos meses.

Terminé con el hombro desgarrado. Específicamente, del área conocida como el manguito rotador, curioso nombre que me pareció encantador para definir aquella bolita que junta el brazo con el omóplato, y está compuesta por tendones, músculos y ligamentos que hacen posible el movimiento natural del hombro. Lo bueno fue que el incidente no llegó a requerir de la férula de yeso, dado que mi desgarre fue tan sólo de nivel uno, y no nivel dos o tres —aún más catastróficos—, como me explicó el traumatólogo.

Lo que sí es que todos los especialistas, radiólogos, traumatólogos, fisioterapeutas, ecografistas, y neurólogo, a quienes vi a lo largo de casi dos meses en verano, de junio a agosto, parecían todos conmocionados al explicar la razón de mi desgarre. “Definitivamente, es la primera vez que veo un desgarre de hombro ocasionado por este motivo”, “Es algo que yo sólo he visto en pacientes que tuvieron un accidente severo de coche, la mayoría tiene afectaciones de este tipo, ¿pero dice que fue en la noche, y que estaba usted durmiendo?”, “Al menos lo he visto en pacientes que se subieron a un juego mecánico, que de tan bueno les terminó desacomodando las articulaciones”.

Pareciera que los desgarres me han acompañado al menos en los últimos años. Los desgarres musculares, los desgarres cutáneos, los textiles, los económicos y hasta los desgarres amorosos, que aunque no son tan visibles resultan igualmente dolorosos.

Total, que con un brazo guardado en el cabestrillo realmente mis capacidades motrices se veían completamente afectadas. Uno dijera al verlo en las películas, se ve que hasta cómodo es, pero ya en la vida real un cabestrillo resulta —aunque útil para sanar— completamente inutilizante, y no quiero ni imaginarme una férula.

No se puede hacer casi nada sin un brazo útil, y más si se lleva una vida en la que siempre se ha estado acostumbrado a utilizar ambos brazos y sin siquiera previos antecedentes de accidentes severos. El mayor accidente a últimas fechas, sin contar los desgarres previos, no iba más allá de una cortadita de dedo que al día sanaba. Esas eran mis experiencias de accidentes previos.

Yo llegaba a ver en las telenovelas a gente usando férulas, cabestrillos y collarines. Siempre había querido tener un collarín, sobre todo en mi infancia, para sentirme en una de esas telenovelas en que las actrices sufrían aparatosos accidentes y al siguiente capítulo ya tenían su adorable collarín. Me parecía como un adorno, un cómodo y acolchonado adorno, a la vez impregnado de inocencia dolorosa, una convalecencia que por algún motivo me hacía querer tener uno igual en mi cuello. Pues uno de los tantos médicos que vi me terminó diciendo, “debería usted utilizar un collarín, no es urgente, pero sí recomendable”. Pues como no era urgente, decidí ya no desembolsar más allá que en aquello que sí lo era.

Los ultrasonidos se volvieron habituales. Recuerdo en aquellas visitas estar formada esperando mi turno con el brazo bien metido en el cabestrillo y rodeada de embarazadas, que más que cuarto de ultrasonidos parecía sala de partos. Como veía a todas acariciando sus divinas panzas, daban ganas de acercarme a alguna de ellas y decirle al oído: dos meses, sí, ocho semanas ya llevo, mientras acariciaba mi panza para no desentonar, y con mi sonrisa maternal.

Escribir, por supuesto, se volvió un desafío descomunal. Si bien, el brazo herido e inmovilizado era el izquierdo —y por suerte soy diestra—, había movimientos de los que no me había dado cuenta lo necesario del brazo izquierdo: simplemente asir la taza de café, sostener un libro con la mano izquierda mientras con la derecha subrayaba, sostener el cigarro; en la computadora, teclear con ambas manos, enchufar el USB del ratón o mouse, o cuando escribía sobre algún libro, colocar la página en el estante que mantenía abierto dicho libro para ver mis subrayados, darle vuelta a la página, revisar fotografías o cualquier otro material útil para escribir lo que estaba escribiendo, como esta columna, materiales que siempre han estado al lado izquierdo de mí, y que era difícil de agarrar con el brazo opuesto. La vida se volvía más lenta y a la vez la paciencia se tornó elemental.

Por supuesto, los problemas iban más allá de sentarme a escribir, se expandió mi inmovilidad en mis hábitos cotidianos, y había que buscar la manera de suplir el movimiento de un brazo, incluso para lavar trastes, “y no se le ocurra cargar absolutamente nada”, me decían los médicos. Por fortuna salí de aquello con enorme apoyo de mi familia y con mis ahorros esfumados en consultas, seguimientos, radiografías, ultrasonidos, medicamentos, pomadas, cremas y demás remedios para el hombro herido.

Me valí de mi propio brazo.

Entre la espalda y la pared.

Estaba hasta el cuello.

Me caí de brazos.

Me quedé de brazos cruzados.

Arrimé el hombro.

Me eché la soga al cuello.

Metida en camisa de once varas.

La mano con pelos.

La mano peluda.

Más vale pájaro en mano que ver un ciento volar.

Una mano lava la otra, y ambas la cara.

Le di la mano y se agarró del pie.

Me llevó de hombros.

Miré por encima del hombro.

Escribir a cuatro manos; escribir a una mano.

Mano de hierro en guante de seda.

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