La primera vuelta de la elección presidencial de este domingo en Brasil —todo indica que habrá segunda vuelta el 25 de octubre—, evoca el proceso que hace cuatro años vivió el país entre Luiz Inácio Lula da Silva y Jair Bolsonaro, y otros recientes en América Latina.
Ahí están de nuevo la polarización, la sociedad dividida entre dos bloques al tiempo que desaparece toda opción de centro, y el protagonismo de la tecnología para confundir sobre qué es o no verdad, con noticias falsas, con videos de inteligencia artificial.
La de hoy, a la vez, es la contienda electoral del país con la mayor economía de América Latina —y una de las 10 economías más importantes del mundo—, con la mayor población y extensión.
Es una elección entre dos modelos, izquierda y ultraderecha, cada vez más irreconciliables, que puede consolidar el progresismo representado por Lula da Silva, quien aspira a su cuarto mandato, o que cimentaría el bolsonarismo, en la figura de Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair, preso por promover en 2023 un golpe contra los tres poderes. El triunfo de cualquiera traerá reacomodos en la geopolítica.
De los 214 millones de habitantes del país, este domingo podrán votar más de 158 millones para elegir presidente —entre 13 candidatos—, 513 diputados y 2/3 de los senadores, gobernadores, vicegobernadores y asambleas legislativas de las 27 entidades federativas.
Un ascenso de Flávio Bolsonaro completaría el bloque de ultraderecha en América, donde México, una de las pocas excepciones, quedaría aislado. Este creciente ascenso de la derecha marca un hito global.
Brasil representa la pieza del engranaje de esa derecha ultra que Estados Unidos promueve, incurriendo en “interferencia en un nivel crítico”, como lo advirtió la Agencia Brasileña de Inteligencia (Abin). La injerencia de EU ya fue evidente en las elecciones de Honduras en 2025 y en las de Colombia este año.
José Briceño Ruiz, doctor en Ciencias Sociales, encuentra que la gran apuesta de la extrema derecha del mundo, no sólo de América Latina, es que Lula pierda las elecciones y que haya una transición en esa nación. “La joya de la corona de las elecciones en América Latina este año, para Estados Unidos, es Brasil, y a los actores internos, a los que nunca les han gustado las políticas redistributivas y la búsqueda de la equidad, les encaja perfectamente que Lula salga del juego”, asegura Briceño, profesor del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe (CIALC) de la UNAM, y originario de Venezuela.
Dos proyectos
Hace unas semanas, estando en Brasil, el profesor Briceño escuchaba a un taxista quejarse de Lula: “Está viejo”, le decía; pero el hombre tampoco simpatizaba con la opción de Bolsonaro: “Es muy burro”, repetía.
El caso es que entre ambos, según las encuestas, se definirá la presidencia. El líder progresista obtiene un 45% de los votos válidos, mientras que el senador ultraderechista consigue 42%, lo que constituye un empate técnico, de acuerdo con el Instituto Datafolha, que excluye los votos blancos, nulos y el cálculo de indecisos.
Lula da Silva es un sobreviviente, representa una fuerza moral en la región y la defensa de un modelo progresista, que recibe el apoyo de movimientos sociales y trabajadores, de mujeres, católicos y de una parte del empresariado.
Su promesa es continuar con los programas sociales que creó hace dos décadas, como Bolsa Familia, que, de acuerdo con el Banco Mundial, ha beneficiado a 50 millones de personas, y que el mandatario incrementó hace unos días de 116 a 133 dólares mensuales, hecho que cuestionó la oposición por anunciarlo en periodo preelectoral.
Lula se ha comprometido con la reindustrialización y la defensa del medio ambiente con miras a erradicar la deforestación y a luchar contra el cambio climático. Consiguió la aprobación de una ley de minerales raros para su explotación y transformación, iniciativa que va de la mano con la defensa de la soberanía que reafirmó hace unos días en la Conferencia de la ONU, cuando dijo: “Brasil no es el patio trasero de nadie”.
Presentándose con las banderas de su país, de EU y de Israel, Flávio Bolsonaro, de 45 años, ha hecho de la seguridad el tema central de su campaña, siguiendo el modelo que promovió su padre cuando consiguió la presidencia en 2018. Como el patriarca, llega con el respaldo de los evangélicos, que controlan una tercera parte del Congreso; él mismo, como senador y cristiano, es integrante del Frente Parlamentario Evangélico, con el cual articula los temas centrales de su campaña: la defensa de la familia tradicional y la lucha contra la que llama una ideología de género. Su apoyo se concentra en los estados del sur, de manera muy destacada en Río de Janeiro, así como entre evangélicos y empresarios.
La seguridad que promete Bolsonaro es una demanda que encuentra paralelo en las campañas recientes en América Latina y que ha recibido respaldo de Donald Trump, quien designó como terroristas a las organizaciones Comando Vermelho y Primeiro Comando da Capital.
Lucía Dammert, investigadora social de la Universidad de Santiago de Chile, analiza la evolución del problema de seguridad en América Latina: “Mientras que el mundo político conservador, o de derecha, ha logrado instalar la sensación de que la inseguridad se debe a la migración o a lo que llaman libertinaje, más que a la necesidad; por ejemplo, de un Estado fuerte, los gobiernos de izquierda no han sido exitosos en mostrar que otro tipo de iniciativas son viables y necesarias, y en reconocer que la seguridad tiene que ser parte fundamental de las políticas de desarrollo”.
Aunque Lula anunció durante su campaña medidas para frenar la inseguridad, el tema lo ha hecho suyo la derecha. Modelos como el de Nayib Bukele en El Salvador son aplaudidos por Trump y replicados por presidentes como Abelardo de la Espriella en Colombia. La seguridad es la base del proyecto de EU en la región a través del Escudo de las Américas y de la Doctrina Donroe, y aspira a que Brasil sea parte de su plan.
“Si la extrema derecha gana en Brasil siento que va a ser mucho más radicalizada que la del primer gobierno, y que va a estar subordinada a este Trump que es distinto del Trump que trató con Jair Bolsonaro”, sostiene José Briceño.
Advierte que el triunfo de Flávio Bolsonaro traería consecuencias geopolíticas: “Creo que puede desarticular los BRICS. Por lo menos, la participación de Brasil en los BRICS, bajo el liderazgo de China, va a ser revisada. Habrá muchas implicaciones geopolíticas con un Brasil en la extrema derecha en Sudamérica”, dice el investigador de la UNAM.
Los poderes, ¿hacia dónde?
Aunque todo indica que hoy no se conocerá el nombre del nuevo presidente de Brasil, las otras elecciones de hoy sí serán determinantes para el equilibrio de poderes, tanto en el Congreso como en el Poder Judicial.
En Brasil, a diferencia de otros países, las bancadas parlamentarias tienen mayor capacidad de controlar los recursos presupuestarios, medida que legó Jair Bolsonaro. Uno de los proyectos del actual gobierno es modificar otra vez este escenario en el Congreso, pero mientras ocurre esto, los partidos buscan hacerse con el Poder Legislativo, relegando incluso su apuesta por la elección presidencial.
Un objetivo de la derecha en esta elección es quedarse con la mayoría del Senado para, desde ahí, tener control sobre el Poder Judicial, porque el Senado es la cámara que puede juzgar a un magistrado del Supremo Tribunal Federal (equivalente a la Suprema Corte de Justicia).
Esto es muy importante porque el próximo presidente podrá designar a cinco ministros del Supremo, pero además porque hoy Brasil se halla sumido en un escándalo sin precedentes que compromete a dos ministros, señalados de estar involucrados en el caso del banco Master. Uno de esos ministros es Alexandre de Moraes, quien condenó a los protagonistas del asalto a los tres poderes en Brasilia, en enero de 2023, y que hoy tiene a Jair Bolsonaro en la cárcel. De ganar el bolsonarismo, ¿el indulto al patriarca podría ser una de las primeras medidas de gobierno?
“Cualquiera de los dos puede ganar. Pero creo que, si gana el bolsonarismo, la izquierda reconocería esa derrota; Lula siempre ha reconocido sus derrotas. Lo que me preocupa es si Lula gana por 200 mil o 100 mil votos, ¿cómo va a reaccionar Bolsonaro?, ¿qué pasará si no reconoce su derrota?”, se pregunta el investigador José Briceño.
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cdm
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