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La memoria ha sido considerada como un principio que ordena y certifica la presencia del ser humano en este mundo y, a su vez, le prepara el camino para su viaje al más allá sobre todo para quienes consideran que hay una vida después de la muerte—. La memoria en Platón es reminiscencia que resplandece en el alma; para san Agustín es un océano interior de saberes e imágenes en permanente búsqueda de Dios, mientras que John Locke ve en la memoria un principio de identidad personal o una forma de afincamiento del individuo, diríamos, frente al látigo del tiempo.

Pero en la memoria no todo es una gracia o un don asumido sin esfuerzo. Proust aprendió a sortear las trampas de la memoria involuntaria, y a veces caprichosa, para viajar En busca del tiempo perdido, después de remojar una madeleine en una taza de té. Freud, por su parte, comprobó que los recuerdos de sus pacientes eran parciales, obtusos y se agazapaban en los subterfugios de la mente, sobre todo en los casos traumáticos. Y Funes el memorioso —personaje de Borges— poseía la peculiaridad de recordarlo todo sin comprender nada porque el exceso de información le impedía generalizar, abstraer y pensar. En consecuencia, la capacidad de olvido es tan importante como la del recuerdo, así como el maridaje del sonido y el silencio en la música, la luz y la sombra, y otras dualidades por el estilo.

La memoria es el tema central de la novela Despedidas (Anagrama, 2026, traducción de Jaime Zulaika) del británico Julian Barnes, quien, a los 78 años y diagnosticado con leucemia, escribe un texto híbrido que es resultado de una mezcla de meditación literaria, ensayo y autobiografía, situado en los umbrales de la ficción y que, además, se convierte en una indagación sobre el amor, la identidad, la vejez y la muerte. Todos estos asuntos aparecen matizados por la mirada de un escritor exitoso, colocado al final de sus días.

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La novela desarrolla dos relatos: el primero es general e incluye la reflexión ensayística de Julian Barnes, quien, al entrar al mundo de la ficción, puede considerarse como un autor-personaje que cuenta su propia vida a un narratario vinculado a la figura del lector. El segundo relato está enmarcado en la narración principal y corresponde a la historia amorosa de Jean y Stephen, quienes se conocieron cuando eran estudiantes en Oxford, vivieron una relación de pareja y después tomaron rumbos diferentes.

El conflicto de este segundo relato consiste en que cuarenta años más tarde y después de haber corrido mundo cada uno por su cuenta, deciden reanudar el romance, solo para comprobar que todo regreso es decepción o que ya no se identifican el uno en el otro, porque el paso del tiempo ha dejado huellas que les impiden reconocerse. Y así las cosas terminan convertidos en personajes de una obra teatral más cercana al absurdo que a cualquier tragedia amorosa. De modo que Stephen aparece como un Quijote enamorado y Jean como Madame Bovary, ambos locos de literatura, pero con un hoyo en el centro imposible de llenar.

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Después de la conclusión del relato enmarcado, Julian Barnes vuelve a la reflexión sobre la vejez, las enfermedades y la muerte. Le dice a su lector que muy pronto su persona será una suma de anécdotas autobiográficas en una estantería de libros, pero al menos, como pensaba Pascal, y a diferencia de los animales y las plantas, tendremos conciencia de haber vivido, lo cual parece ser la metáfora de esta espléndida novela del adiós.


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