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Hace 200 años, el Palais Bourbon de Francia adquirió uno de sus tesoros documentales más preciados y celosamente custodiados: el Códice Borbónico. Pierre-Paul Druon, el bibliotecario encargado de convertir la Biblioteca de la Asamblea Nacional de Francia en un gabinete de obras raras y preciosas, lo adquirió en 1826 por 1,300 francos-oro, durante una subasta pública en París. Desde entonces, el manuscrito de tradición nahua o mexica ha despertado la curiosidad de generaciones de investigadores empeñados en reconstruir el rompecabezas de su historia, composición y significado.

Dos siglos después, el Borbónico vuelve a ocupar un lugar central en la relación entre México y Francia. Junto con otros códices, como el Azcatitlan y el Boturini, es protagonista de uno de los momentos destacados de las celebraciones por los 200 años de relaciones entre ambos países: esta semana, en un Simposio Internacional de Códices Mesoamericanos organizado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y el Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos (CEMCA) en el Museo Nacional de Antropología, se dieron cita destacados especialistas de ambos lados del océano para discutir en torno a los enigmas que todavía guarda este antiguo manuscrito. Ahí también, integrantes de una comunidad indígena hñähñu del Valle del Mezquital expusieron su petición de repatriación, ya que, argumentan, encuentran en una de las escenas del códice similitudes de elementos rituales que aún forman parte de su vida ceremonial.

Un asunto que viene a sumarse a otros enigmas que persisten sobre su origen, pues a pesar de ser uno de los códices más estudiados en el último siglo, y a los avances de las tecnologías de investigación, el documento de 14 metros de largo, elaborado sobre papel amate y dividido en 36 hojas sigue guardando preguntas fundamentales sobre su lugar y fecha de origen y, principalmente, sobre el periplo que lo llevó de un continente a otro.

"Lo más interesante aquí es que desde hace más de un siglo se han trabajado dos preguntas: ¿dónde se hizo? y ¿cuándo se hizo? ¿Se hizo antes o después de la Conquista? ¿Dónde? Todos estamos de acuerdo que es del Valle de México, pero se ha trabajado de manera más detallada", dice en entrevista la antropóloga y etnohistoriadora Danièle Dehouve, investigadora en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) y directora emérita en la Escuela Práctica de Altos Estudios (EPHE), durante su estancia en el país para participar en el Simposio.

La búsqueda de respuestas a esas dos preguntas ha acompañado prácticamente toda la historia de los estudios sobre el códice. Dehouve, estudiosa de las prácticas ceremoniales representadas en el manuscrito, recuerda que hace 130 años aparecieron dos trabajos que sentaron las bases para su estudio: uno del mexicano Francisco del Paso y Troncoso, publicado en 1898, y otro del francés Ernest Theodor Hamy, de 1899. Desde entonces, distintas investigaciones han intentado resolver los enigmas. Una de las investigaciones más recientes se realizó entre 2013 y 2017. Fabien Pottier, entonces doctorante en química y especialista en técnicas de conservación del patrimonio, analizó a través de un conjunto de análisis fisicoquímicos portátiles y no invasivos (fluorescencia de rayos X y espectroscopías de reflectancia y vibracional) los componentes del manuscrito. El estudio fue respaldado por un Comité Científico integrado por especialistas en el códice, entre ellos la propia Dehouve y el investigador José Contel. Al final, despejó algunas dudas sobre su materialidad, pero no arrojó mayores certezas sobre su fecha de elaboración.

Los resultados de esa investigación dieron pie a la publicación de un libro a cargo de la lujosa editorial francesa Citadelles et Mazenod, que nunca llegó a publicarse en México, donde se incluyen los hallazgos de Pottier, textos de expertos de distintas disciplinas y un facsímil de lujo del códice.

"Lo que sacamos del estudio de Fabien es que se trata de un Códice autóctono, que lo hicieron nativos con técnicas nativas, es decir, sobre papel amate, plegado, como se hacían en la época prehispánica. Los pigmentos vegetales y minerales son nativos también", explica José Contel, profesor emérito de la Universidad de Toulouse, también participante en el Simposio.

Que sus materiales y técnicas sean indígenas, sin embargo, no permite fecharlo automáticamente antes de la Conquista de Tenochtitlan, en 1521. Un dato que resultaría primordial pues, tras la destrucción de documentos precolombinos por los conquistadores, sólo sobreviven unos cuantos manuscritos de ese tipo de la región del Valle de México. "No porque los pigmentos sean nativos es que es prehispánico. A veces se confunde lo que está hecho por los nativos con lo que es prehispánico. Puede ser nativo y colonial. Mucho más importante: puede ser colonial y sagrado", precisa el especialista en iconografía mesoamericana.

Contel recuerda que, durante el estudio de Pottier, la comisión científica debatió la posibilidad de realizar un análisis de carbono 14, pero la mayoría de los integrantes se opusieron por considerarlo invasivo y optaron por aprovechar las técnicas no invasivas disponibles. Además, añade, pese a los avances de esta técnica, el carbono 14 sigue teniendo un amplio margen de error.

Danièle Dehouve refiere que, por ahora, el consenso es que el Códice Borbónico fue realizado por varios tlacuilos antes de 1550. "Es decir, durante la primera parte colonial, un momento en el que todavía era muy viva la tradición. Sí fue hecho por indígenas, no hay una mano europea".

Al menos en su confección, interviene Contel, quien recuerda que el manuscrito contiene glosas en alfabeto latín, pero se desconoce si fueron escritas muchos años después o por frailes inmediatamente después de la elaboración del manuscrito, ya que en las láminas hay espacios que parecen haber sido dejados deliberadamente para añadir información.

A partir de esa información, Dehouve sugiere que el Borbónico posiblemente fue elaborado para mostrar a los frailes cómo era el calendario ritual mexica antes de la llegada de los españoles: "Pensamos que fue hecho para mostrar a los frailes cómo era el calendario de antes y que quienes lo hicieron eran gente indígena, tlacuilos muy sabios, pero eso no quiere decir que fue hecho antes de la Conquista".

Y si bien el debate sobre su datación parece no tener fin, para estos mesoamericanistas eso no le resta ningún valor simbólico y ritual al manuscrito. "Independientemente de si fue hecho antes o después de la Conquista y que haya sido un encargo de los franciscanos o de la nobleza indígena, para los indígenas no dejó de ser un libro sagrado por lo que plasmaron en él", dice Contel.

Dehouve recuerda además que hasta alrededor de 1550, las estructuras sociales y las prácticas indígenas seguían teniendo un peso importante en esa nueva sociedad en construcción: "Los señoríos indígenas funcionaban como antes; los encomenderos o los españoles pedían tributo, que seguía siendo en producto de textil, de oro; seguían teniendo sus tlacuilos, sus fiestas, todo. Entonces, José tiene mucha razón en decir que lo único valioso no es sólo lo prehispánico, todo lo que se hizo después de la Conquista y antes de la mitad del siglo XVI es igual a como si tuviéramos datos prehispánicos", sostiene.

Otros especialistas, como Nathalie Ragot, investigadora afiliada al CNRS, coinciden en que el debate sobre la fecha de elaboración no disminuye su valor documental. "Para nosotros es una fuente de información que nos permite cotejar con la arqueología, con las fuentes alfabéticas, la iconografía, la escultura", dice la especialista en mitología indígena, cuya ponencia en el simposio estuvo dedicada a explorar la trecena Ce Ozomatli, Patécatl y el pulque en el Códice Borbónico.

A partir de un estudio iconográfico de Patécatl, dios mexica asociado al pulque, Ragot mostró que su relación con esta bebida va más allá de la embriaguez, pues se vincula también con la fertilidad agrícola y la guerra. La presencia particular de esta deidad en el Borbónico le permitió, además, abordar en su ponencia, el origen geográfico del Códice Borbónico, que es otra de las preguntas en torno al manuscrito. "Los estudios recientes coinciden en señalar su origen en la parte meridional de la cuenca de México, más concretamente en la zona de Xochimilco, Culhuacán, Tláhuac y Chalco", dijo.

Pistas en archivos

Aunque su origen parece irse dibujando poco a poco, su llegada a Europa permanece, en cambio, envuelta en un misterio.

Considerado una de las joyas documentales de la Biblioteca parlamentaria, donde se halla resguardada en una bóveda de seguridad, junto al texto original del juicio de Juana de Arco, el Códice Borbónico representa en sus 36 hojas rituales y ceremonias mexicas. Está dividido en cuatro partes: un tonalpohualli o cuenta de los destinos, que comprende un ciclo de 260 días; una segunda parte que contiene un calendario de 52 años o "un siglo mexicano"; una tercera sección que corresponde a las fiestas que se celebraban en 18 periodos de 20 días; y una cuarta que registra otro ciclo de 52 años y que está incompleta, pues las dos últimas páginas, al igual que las dos primeras, fueron arrancadas entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX posiblemente para "ocultar el lugar de donde venían antes de llegar a Francia".

"Sabemos que a finales del siglo XVIII estaba en la Biblioteca Real del Escorial. Esto gracias a un historiador escocés, William Robertson, que no estuvo en España para estudiar el códice, pero que tenía sus intermediarios, británicos y españoles, que le informaban. Pero después no sabemos qué pasó entre el momento que se vio allí en el Escorial y su llegada a Francia", comenta Contel.

Añade que en su libro History of America, Robertson menciona la existencia de un manuscrito mexicano en la biblioteca real de El Escorial que fue identificado en torno a 1779. Hasta ahí el códice seguía completo.

Para el experto, quien fue coordinador y editor junto con la investigadora Sylvie Peperstraete del libro publicado por Citadelles et Mazenod, el destino de esas cuatro hojas es uno de los enigmas de la historia del códice que le entusiasma conocer y que considera que se debería rastrear en los archivos históricos.

"Creo que los historiadores del siglo XVIII y del XIX tendrían que indagar. Para mí, más que un trabajo de investigador, es casi una indagación policíaca para saber qué pasó, de dónde salió. Eso es un trabajo para el futuro, pues nosotros trabajamos más con el contenido que con la historia", plantea.

"No se sabe cómo llegó a París. De momento, la hipótesis es que ha sido probablemente 'robado por las tropas napoleónicas' de la biblioteca real del monasterio de El Escorial en España a principios del siglo XIX, en 1813. Pero hay que indagar, a eso vamos. Hay que consultar archivos", añade.

No obstante, como un gran apasionado de este códice, el investigador asegura que desde hace unos años se ha dado a la tarea de reconstruir una de las dos trecenas que estarían contenidas en las páginas pérdidas del códice. "Yo tengo una trecena (periodo de 13 días). El problema que tenemos es que de la primera trecena, que es la de Tonacatecuhtli y Tonacacihuatl, no tenemos representaciones de este tipo en ningún otro códice, habría que imaginarlo. Sin embargo, para la segunda trecena sí, yo ya lo hice. Y si alguien pintara bien y algún artista podría hacerlo, podríamos reconstruir la segunda trecena. La primera y la segunda trecena son importantísimas y no las tenemos", aventura el investigador.

Un rompecabezas interminable

La antropóloga Danièle Dehouve, quien también ha hecho trabajos etnográficos en comunidades indígenas náhuatl y tlapaneca del estado de Guerrero, coincide con su colega José Contel respecto los enigmas que quedan por resolver en torno a este códice y asegura que, dentro de esa cadena de investigadores que se han rendido fascinados ante las maravillas del documento, ellos son un eslabón en esa cadena de conocimiento.

"Es un trabajo muy largo y no se trata sencillamente de mirar las imágenes y no es una cuestión individual. Formamos parte de una larga cadena de investigadores. Hemos avanzado juntos desde hace unos 10 años", dice la investigadora, quien durante su ponencia en el Museo Nacional de Antropología abordó el simbolismo y las formas de representación de los dioses a partir de una comparación entre las deidades que aparecen en el Códice Borbónico y en el Tonalámatl de Aubin.

Por su parte, José Contel se confiesa un apasionado por comprender el contenido de este códice y de otros manuscritos de tradición mexicana. Cuenta que experimentó una especie de "enamoramiento" cuando pudo ver por primera vez el original del Borbónico, en el año 2000, en vivo y a todo color. Hasta entonces, su aproximación había sido a través de una edición facsimilar del bibliófilo y anticuario Duque de Loubat, acompañada por los comentarios de Ernest Théodore Hamy, en un ejemplar que se encontraba en la biblioteca del Museo del Hombre.

"Había dos facsimilares, uno en muy buen estado y a mí me tocaba siempre el feo. Era un ejemplar que, seguramente, en aquel entonces, los niños de los liceos que lo consultaban podían haberlo recortado o no sé. Con ese facsímil estudié en aquel entonces y sólo pude verlo en el 2000, en una visita con el investigador Juan José Batalla... Nos sacaron el códice y nos dejaron con él", recuerda con entusiasmo.

Desde entonces, el investigador, hoyemèrito de la Universidad de Toulouse, no ha dejado de maravillarse con cada nueva pieza del rompecabezas del Códice Borbónico.

Como él, investigadores de distintas partes del mundo siguen estudiando el manuscrito desde disciplinas diversas, como la iconografía, la materialidad, las fuentes históricas y arqueológicas, así como la comparación con otros códices de tradición prehispánica o con los llamados manuscritos biculturales.

"Cada uno de esos códices nos da una pieza del rompecabezas. Cuando seamos muy viejitos diremos: 'Ay, mira, aquí pongo una pieza más para reconstruirlo'", dice Contel.


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