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Esta pequeña fracción de papel ha sobrevivido a reyes, guerras, revoluciones y avances tecnológicos

Aunque su nombre técnico es ‘vigésimo’, pues representa una de las 20 partes de una serie, coloquialmente se le conoce como ‘cachito’: diminutivo de cacho, trozo o porción. En la Lotería, más allá de ser una de las 20 fracciones, es una gran promesa que cabe en el bolsillo, se dobla dentro de la cartera y puede permanecer guardado durante días. A simple vista es un papel impreso con cifras, una fecha y una ilustración, sin embargo, antes de cada sorteo se convierte en la posibilidad de que la vida cambie por completo.

La historia del cachito de la Lotería comienza en la Nueva España, durante el reinado de Carlos III, cuando el funcionario Francisco Xavier de Sarría concibió un sistema que permitiera organizar sorteos públicos de manera sencilla, verificable y periódica. Su proyecto quedó plasmado en el Plan y Reglas de la Real Lotería, publicado el 7 de agosto de 1770.

JUAN FERNÁNDEZ

20 cachitos de fortuna

Aquella operación tenía una casa matriz en la antigua calle de Vergara, hoy Bolívar, en el centro histórico de la Ciudad de México. También contaba con colecturías (oficina destinada a distribuir y vender billetes) encargadas de llevar los billetes a algunas de las poblaciones más importantes del territorio. Todo estaba cuidadosamente dispuesto: máquinas cilíndricas para mezclar las cédulas, extracciones a la vista del público, jóvenes que anunciarían los resultados y listas impresas para dejar constancia de los premios. Faltaba resolver un problema decisivo, pues el billete completo resultaba inaccesible para buena parte de la población.

La solución fue dividir cada número en 20 porciones. Así, quien no pudiera pagar el entero tendría la posibilidad de adquirir una sola fracción. Esa modificación aparentemente práctica contenía una idea social muy poderosa: la esperanza también podía venderse en partes pequeñas. Fue entonces que el primer sorteo se celebró el 13 de mayo de 1771 y con él nació el antepasado directo del cachito mexicano.

Cronología de sedes y recintos

1770: la primera colecturía

La primera colecturía se instaló en una casona de la calle de las Capuchinas, actualmente Venustiano Carranza, en el centro histórico, Ciudad de México. El Plan y Reglas de 1770 también menciona una casa matriz en la calle de Vergara, hoy Bolívar. Algunas narraciones reúnen ambos lugares como una misma primera etapa; otras distinguen la colecturía de Capuchinas de las oficinas y espacios utilizados posteriormente en Vergara.

13 de mayo de 1771: Salón de Cabildos

El primer sorteo de la Real Lotería General de la Nueva España se celebró en el Salón de Cabildos del Ayuntamiento de la Ciudad de México, edificio que actualmente forma parte del Antiguo Palacio del Ayuntamiento, frente al zócalo.

Allí funcionaron las dos máquinas del sorteo, una contenía los números y otra los premios. Los jóvenes encargados de extraer y anunciar las cédulas fueron los antecesores de los actuales ‘niños gritones’.

Patio del antiguo Colegio de Medicina

La actividad se trasladó después al patio del establecimiento conocido en distintas fuentes como Escuela o antiguo Colegio de Medicina, situado en el entorno de la Plaza de Santo Domingo. Su patio ofrecía mayor amplitud y permitía que las extracciones fueran observadas por más personas. Esto era importante porque el carácter público del acto constituía una garantía de transparencia.

Siglo XIX: sedes itinerantes en el centro histórico, CDMX

Durante el siglo XIX, la Lotería ocupó varias casas y locales. No existe una secuencia anual completamente clara, pero están documentadas estancias en el Portal de Mercaderes, frente a Palacio Nacional, la calle de Tiburcio, Balvanera, Donceles, la actual calle de Justo Sierra, la llamada Casa de los Baños y los bajos del Hospital de San Andrés.

1906-1908: Kiosco Morisco

Una de sus sedes más singulares fue el Kiosco Morisco, cuando se encontraba instalado en la Alameda Central. La estructura, diseñada por el ingeniero José Ramón Ibarrola como pabellón mexicano para una exposición internacional, era desmontable y estaba construida en hierro. Bajo su cubierta se celebraron sorteos entre 1906 y 1908.

En 1908, fue retirado para liberar el espacio destinado al Hemiciclo a Juárez. Posteriormente se trasladó a Santa María la Ribera, donde fue reinaugurado en 1910 y en donde permanece hasta hoy.

1908-1924: Donceles

Tras dejar el Kiosco Morisco, las oficinas y sorteos volvieron a establecerse en la calle de Donceles, probablemente en el número 67. Hay evidencia de la presencia de la institución en esa zona entre 1908 y los primeros años de la década de 1920.

1925-1933: la casa de Ignacio de la Torre y Mier

La institución adquirió la antigua residencia de Ignacio de la Torre y Mier, esposo de Amada Díaz e integrante del círculo familiar de Porfirio Díaz. Estaba situada en Plaza de la Reforma número 1, frente a la estatua ecuestre de Carlos IV, ‘El Caballito’. La casona fue remodelada y su patio central se convirtió en salón de sorteos.

Gobierno de México

1933-1945: Palacio del Conde de Buenavista

Mientras se preparaba la construcción de una sede definitiva, la Lotería Nacional ocupó el Palacio del Conde de Buenavista, en la colonia Tabacalera. El edificio había servido anteriormente a una compañía tabacalera. Hoy alberga el Museo Nacional de San Carlos. Fuentes culturales oficiales sitúan allí las oficinas de la Lotería Nacional entre 1933 y 1945.

1935-1946: construcción de El Moro

Durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, comenzó el proyecto para construir una sede concebida especialmente para la institución. La obra tomó aproximadamente once años y estuvo encabezada por el ingeniero José Antonio Cuevas.

28 de noviembre de 1946: inauguración de El Moro

El edificio El Moro, en Paseo de la Reforma número 1, fue inaugurado como sede oficial el 28 de noviembre de 1946. Con unos 55 metros en su configuración original, fue uno de los primeros rascacielos de la capital preparados para resistir sismos. El inmueble también participó en una de las primeras señales de televisión de México en los años 50 correspondiente al informe presidencial de Miguel Alemán.

Cachito de lotería: un papel difícil de confundir

Los primeros billetes se parecían a otros documentos oficiales de su época. Eran sobrios y llevaban la información indispensable: número, precio, fecha, sellos y marcas de autenticidad. A comienzos del siglo XIX, los grabados se volvieron más minuciosos. La complejidad no respondía solamente a una inquietud estética; también ayudaba a combatir falsificaciones. Cuanto más elaborado era el trazo, más difícil resultaba reproducirlo.

Lotería Nacional

De una corona a una nación

La lotería atravesó la Guerra de Independencia, el nacimiento de la República y los enfrentamientos políticos del siglo XIX. Cambiaron los gobiernos, los emblemas y las instituciones; la costumbre de comprar una fracción sobrevivió a todos. Durante el gobierno de Benito Juárez, en 1861, adquirió formalmente el carácter de Lotería Nacional. En aquella época también se organizaron sorteos relacionados con obras públicas como aquél dedicado al ferrocarril de México a Toluca y el tren sustituyó al escudo como motivo principal del billete. El detalle anticipaba una de las funciones que terminarían definiendo al cachito moderno: contar algo mediante una imagen.

Lotería Nacional

Un cachito de arte visual

En el siglo XX, el cachito adquirió color e identidad mexicana. Sus diseños difundieron personajes, tradiciones, lugares y acontecimientos, convirtiéndolo en comprobante, medio cultural y objeto de colección. Algunas series forman conjuntos temáticos; otras registran acontecimientos que, vistos años después, funcionan como cápsulas del tiempo. Una colección ordenada permite observar cómo cambian la tipografía, los símbolos oficiales, las causas promovidas y la manera en que México decide representarse. Hoy, su valor histórico depende de la rareza, el diseño y la conservación; incluso un billete sin gran precio puede guardar una historia única.

Lotería Nacional

La suerte salió a pasear

Si la imprenta creó el cachito, el billetero lo convirtió en una tradición callejera. Los vendedores llevaron los números hasta donde se encontraba la gente. Recorrieron restaurantes, parques, corredores comerciales y terminales de transporte. Con sus pregones incorporaron la Lotería al paisaje sonoro del país:

¡Llévese el de la suerte!’, ‘¡El último!’, ‘¡El que va a salir!’.

Algunos compradores buscaban la fecha de un nacimiento, otros pedían una terminación soñada. Había quienes acudían siempre con la misma persona, porque estaban convencidos de que tenía ‘buena mano’. Con frecuencia se establecía una relación de confianza: el vendedor apartaba el número habitual y el cliente regresaba por él antes del sorteo. Ninguna de esas costumbres modifica la probabilidad. Un número que lleva años sin aparecer no queda ‘obligado’ a salir, y un billetero simpático no puede anticipar el resultado. Sin embargo, la Lotería nunca ha sido únicamente matemática, es un ritual, una conversación, la memoria y el anhelo. De esa convivencia nació incluso el ‘cachito huérfano’, expresión informal para referirse a la fracción que queda disponible después de que las demás partes de una planilla ya encontraron comprador. A veces, es justamente ése, el abandonado, el último, el que nadie quiso, el que más seduce.

Pete Miller

Las voces que anuncian el destino

La participación de los llamados ‘Niños Gritones’ tampoco es una ocurrencia reciente. Las reglas originales ya establecían que jóvenes extrajeran las cédulas y proclamaran números y premios ante el público. Su intervención formaba parte del mecanismo de transparencia. La extracción debía verse y el resultado tenía que escucharse con claridad. De ahí surgió ese canto alargado que, con el tiempo, se convirtió en una de las firmas sonoras de la Lotería Nacional.

JUAN FERNANDEZ

No todo depende del número mayor

El gran premio concentra la atención, pero no es la única manera de ganar dinero. Según el plan de cada sorteo, puede haber recompensas directas, aproximaciones, terminaciones y reintegros. Las aproximaciones favorecen ciertos números cercanos a los principales. Las terminaciones consideran coincidencias en las últimas cifras. El reintegro suele permitir recuperar una cantidad equivalente al costo establecido para la participación.

Deposit Photos

También conviene recordar que los premios tienen plazos de cobro y están sujetos a reglas e impuestos. El papel debe conservarse sin alteraciones y verificarse a través de canales autorizados. Un ejemplar roto, ilegible o extraviado puede convertir una celebración en una pesadilla.

El devenir del cachito: de lo impreso a lo digital

Actualmente, la Lotería Nacional destina sus remanentes a programas de asistencia pública y social. En 2022, concluyó su fusión con Pronósticos para la Asistencia Pública, iniciada en 2020, integrando en una sola institución los sorteos tradicionales y electrónicos para aprovechar mejor sus recursos y evitar funciones duplicadas.

CNPC

La llegada del cachito electrónico modificó el soporte conservando un número, una serie y un sorteo determinados; la diferencia es que su registro ya no depende exclusivamente de una impresión física. La modalidad amplió el acceso y redujo el peligro de perder el papel, sin embargo, también abrió la puerta a fraudes mediante páginas falsas, comprobantes manipulados y mensajes que anuncian premios inexistentes. La recomendación es adquirir participaciones únicamente en puntos y plataformas autorizadas, además de guardar el comprobante completo. La suerte puede ser incierta; la compra no debería serlo.

Cuando el cachito llegó a la pantalla grande

El cine mexicano descubrió pronto que un billete premiado podía desencadenar sueños, engaños y grandes enredos. Películas como El billetero, Los enredos de una gallega y La lotería retrataron a vendedores y compradores atrapados por la promesa de riqueza. Incluso Luis Buñuel imaginó ¡Mi huerfanito, jefe!, un proyecto nunca filmado sobre un niño que hacía fortuna con el último cachito que no consiguió vender.

IMDB

A lo largo de más de 250 años, el cachito ha sido una apuesta, un documento, un medio de difusión, una pieza coleccionable y, sobre todo, una pequeña fábrica de esperanza, sin perder su esencia: ofrecer a cualquiera la posibilidad de imaginar una vida distinta. Cambiaron sus imágenes, precios y formas de venta, pero no la pregunta que despierta antes de cada sorteo se conserva: ¿y si esta vez me toca?

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