Este es y ha sido siempre un país de hombres fuertes y gobiernos duros. Poco demócrata y dado a la obediencia gubernamental. Pocos rasgos de rebeliones democráticas y cuestionamientos a las autoridades. Escasos ciudadanos en defensa de sus derechos.
Con la muerte de Obregón en La Bombilla, el presidente Calles terminó con el caudillismo y dio paso a la etapa de las instituciones. En realidad, un sincretismo político criollo. El partido único sustituyó al caudillo y Calles se autonombró jefe máximo de la Revolución, detentando el poder político real. El maximato tardó muy poco, apenas un sexenio, con tres presidentes: Portes Gil, Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez. Con Cárdenas se liquida el poder de Calles y se abre paso al presidencialismo.
A partir de entonces, se establecieron gobiernos duros con hombres fuertes. Todo el poder durante seis años y el silencio después. El tapado, signo y emblema de toda una época. Lo que empieza, termina. El sistema, la costumbre y las fórmulas mágicas se desgastaron y pasaron al desuso y a la inoperancia.
El neoliberalismo y la globalización se abrieron paso en la República. Cambiaron las reglas del juego del poder. Se desterraron la intervención del Estado en la economía y los límites a las inversiones extranjeras. Quedó atrás el discurso y la defensa de la soberanía nacional y la autodeterminación de los pueblos.
El cambio fue brusco y riesgoso. La privatización exagerada, la apertura total al extranjero y la cancelación de la participación del Estado en la industrialización y en la política de sustitución de importaciones. Nos convertimos en una gran maquiladora. El patrimonio nacional pasó a manos extranjeras.
El gobierno de la 4T ya no pudo volver al pasado. Ya no hubo nacionalizaciones y la participación del Estado en la economía es muy menor y sin efecto transformador. Una izquierda acotada por la realidad económica y por el exterior. El movimiento de Morena está en problemas por el narcotráfico y la supuesta presencia de un narcogobierno. El grupo más cercano a López Obrador, su líder moral, en problemas con el gobierno de Estados Unidos. La presidenta defendiendo lo indefendible y en un trecho muy delicado, en donde se regatea su liderazgo. En los corrillos y entre articulistas se ha soltado el rumor de que existe un maximato moderno en nuestro país.
México necesita un golpe de timón. Cambio de gabinete en los puestos clave, renovación de los líderes de las cámaras de Senadores y de Diputados, reestructuración del Poder Judicial con profesionales de acreditada solvencia moral. Anunciar una nueva política bilateral y hacer pública la voluntad gubernamental de abrirse a las inversiones extranjeras en ramas estratégicas.
La relación con Estados Unidos es complicada. Trump, en el más importante foro de la ONU, denuncia a México como el epicentro del narcotráfico en la región.
Estas afirmaciones son muy delicadas para el gobierno de la 4T. La presidenta debe tomar muy en serio a Trump. En mi opinión, Presidencia no ha medido las posibles consecuencias de no considerar las amenazas del vecino. No hay que estirar la liga al punto de obligarlo a tomar medidas extremas en contra de Morena al declararla un movimiento ligado al narcotráfico.
Esto es lo que está en juego. La mejor defensa para el gobierno es reconocer la realidad, tomar la iniciativa de proceder a depurar al país, limpiar la mugre, transitar por caminos diferentes y dejar de hacer lo que no funciona. Es más, no pasa nada si, en forma conjunta, se toman medidas y acciones para bien de ambas naciones. México merece mejor destino.
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