Con la llegada del cristianismo a México con el proceso de conquista y evangelización, la sociedad que surgió en el periodo colonial estuvo profundamente marcada por la religiosidad. La presencia de la Iglesia católica y sus enseñanzas fue amplia y abarcó todos los ámbitos de la vida de los novohispanos. Uno de ellos fue la muerte, la cual debía ser afrontada con la esperanza de recibir la gracia de Dios. Para expresar todo esto fue que nacieron las pinturas de la Buena Muerte, legándonos toda una cultura pictórica sobre este tema.
La raíz de las pinturas de la Buena Muerte
Conocido por la locución en latín de ars bene moriendi (el arte del bien morir), la Buena Muerte fue una noción compleja nacida en el cristianismo europeo medieval. Para ser específicos, surgió con dos libros titulados, precisamente, Ars moriendi (El arte de morir). Estos textos escritos en latín, entre 1415 y 1450, consistían en consejos sobre los procedimientos para tener una buena muerte. Todo esto seguía los preceptos de la Iglesia Católica a finales de la Edad Media. Los mencionados tomos suelen interpretarse como una respuesta eclesial a la incertidumbre que generó la peste negra, tanto en el ámbito religioso como en el social.
El impacto de los referidos libros fue inmenso. Se tradujeron a la mayoría de las lenguas europeas, además de que fueron el germen de la tradición literaria occidental dedicada a las guías para la muerte. Por si fuera poco, al estar bellamente ilustrados con grabados y xilografías, también originaron una serie de convenciones visuales para ilustrar todo estetópico. Es de esta forma que se fue conformando el concepto de morir en gracia, es decir, de llevar una vida recta y siguiendo los preceptos adecuados para que, en el momento final de la vida, se pudiera recibir en pleno la gracia de Dios.
La noción de la Buena Muerte nació en la Europa medieval. © Biblioteca Nacional de Francia.La Buena Muerte en la Nueva España
Es así que la idea de la Buena Muerte llegó a lo que actualmente es México durante el proceso de conquista y evangelización en el siglo XVI. La noción fue profusamente enseñada precisamente en la catequización de los pueblos prehispánicos, ya que era importante que comprendieran lo que era llevar una vida cristiana. Para ello, los evangelizadores enfatizaron que era necesario seguir una serie de acciones. Entre ellas estaban tener una vida de sacrificios, respetar los diez mandamientos, hacer testamento o profesión de fe contando con buena salud, confesarse; también había que comulgar y recibir los santos óleos en las vísperas finales para obtener el perdón de los pecados.
Todo estos preceptos marcaron de forma intensa no solo a los pueblos originarios, sino también a lo que sería la sociedad novohispana durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Fue tal la preocupación por la Buena Muerte que inclusive se estableció una serie de acciones para saber que hacer cuando uno moría. Por ejemplo, el cuerpo debía ser enterrado de acuerdo al ritual propio para la ocasión. También se debía ansiar la resurrección y la vida eterna, siguiendo el ejemplo del propio Cristo durante su crucifixión y resurrección. Por otra parte, se creía que el alma era acompañada por San Miguel Arcángel, quien se encargaba de pesar las buenas y malas obras del difunto. De ahí que el alma aguardaría, según esta idea, el juicio final en el cielo, en el purgatorio o en el infierno.
Las alegorías recordaban a los novohispanos la inminencia de la muerte y la necesidad de morir sin pecado. © Pinacoteca de La Profesa. Raíces.Cofradías y gremios: un seguro para la Buena Muerte
Para tener una Buena Muerte, los novohispanos se organizaban en cofradías y mayordomías, de acuerdo a los gremios de sus oficios. Estas corporaciones sociales garantizaban a sus miembros el cumplimiento de todos los servicios necesarios cuando se fallecía. Entre dichas garantías estaba recibir el hábito escogido para que el santo al cual se era devoto, lo sacara del purgatorio. También estaba el cumplimiento de la obligación de orar para salvar el alma de lo miembros. Finalmente, estaba la responsabilidad de brindarle al difunto un entierro cercano al altar de los templos. Tener una muerte súbita, sin ninguno de estos preceptos y sacramentos listo, era tener una Mala Muerte. Esto, en pocas palabras, era sinónimo de condenarse al fuego eterno del infierno.
Los retratos post-mortem formaron parte de la tradición pictórica de la Buena Muerte. © Museo de Arte Religioso Ex Convento de Santa Mónica. INAH.La tradición de las pinturas de la Buena Muerte
Es así que la obsesiva preocupación novohispana por la Buena Muerte generó toda una tradición pictórica que se extendió inclusive al siglo XIX. En el lenguaje visual se adoptaron y adaptaron elementos de la Edad Media. Es así que encontramos el cráneo con los fémures cruzados, el cráneo simple, el cuerpo semi-descarnado y el propio esqueleto. El objetivo era representar concretamente la muerte y la inmortalidad del alma a través del cuerpo.
Los elementos usados en aquellas pinturas dan una idea de lo amplia que era muerte para los habitantes de México en época colonial. Desde el ámbito laico hasta el clerical, todos los novohispanos estaban preocupados por afrontar la muerte a través de una serie de signos y rituales que procuraran su bienestar espiritual. La gracia de Dios y Jesucristo, mediada por la Virgen y los santos, se convirtieron en un bien que debía procurarse desde la vida terrena, la cual era efímera. En este sentido, las pinturas de la Buena Muerte continuaron la tradición del memento mori, es decir, se volvieron un recordatorio sobre la finitud de la existencia humana.
Temas y formatos de las pinturas de la Buena Muerte
El eje bajo el que se realizaron las pinturas del Buen Morir fue el de los preceptos que debía seguir un cristiano para tener una sepultura digna y sobre todo, recibir la gracia de Dios al momento de fallecer. De esta forma, algunas pinturas se enfocaron en recordar como la belleza física da paso a la descomposición del cuerpo, y que aquello solo era vanidad frente a la inevitable mortalidad. Otras mostraron claramente cada elemento que componía la noción del Buen Morir. Varias se enfocaron en el ritual funerario para mostrar como debía realizarse apropiadamente. Entre los principales temas y formatos podemos encontrar:
Polípticos
Estos artefactos de madera mostraban detalladamente, en diversos segmentos pintados, todos los preceptos del Buen Morir.
Políptico de la Muerte, siglo XVIII. © Museo Nacional del Virreinato. INAH.Triunfos de la Muerte
En este formato, se mostraba como la muerte siempre imperaba sobre cualquier condición, edad y sexo. Era un recordatorio de su inevitable inminencia.
Pintura mural con un Triunfo de la Muerte en el Museo Casa del Deán, siglo XVI. © INAH. Secretaría de Cultura.Retablos y ex-votos
Eran pintados y dedicados para pedir por un buen morir. También eran dedicados como agradecimiento a ciertos santos o advocaciones que eran patronas de lo mortuorio, o que se sabía, intercedían por los difuntos.
Retablo al Señor de la Buena Muerte, aún sin una temporalidad identificada. © Museo Amparo.Retratos post-mortem y Muerte Niña
Los retratos post-mortem así como las pinturas de la Muerte Niña mostraban a los difuntos vestidos con sus mejores galas e inclusive, con atavíos de ángeles y santos.
hp Retrato en la tradición de la Muerte Niña del niño Tomás María Joaquín Villas y Gómez, quién murió y fue pintado en 1760.The post La Buena Muerte, el catolicismo mexicano venerando el fin de la vida appeared first on México Desconocido.
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