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Paul Krugman, premio Nobel de Economía y durante décadas uno de los principales defensores del libre comercio, sorprendió recientemente al reconocer que incluso él había cambiado de opinión. En una conversación sobre el futuro del T-MEC y la competencia de China afirmó (traducción de una entrevista realizada en inglés): “Me ha sorprendido no sólo mi propio cambio de opinión, sino también el de algunos de mis colegas, quienes durante mucho tiempo defendieron la globalización y el libre comercio…”. Después resumió el cambio con otra frase igualmente reveladora: “Ya no estamos en el mundo de hace veinte años”. Más adelante explicó por qué había modificado su postura: “La idea de que es necesario mantener capacidad productiva en tu propio país o en aliados confiables para bienes estratégicamente importantes hoy es una realidad muy clara”. Concluyó con una reflexión que resume el nuevo paradigma: “La interdependencia puede convertirse en un arma”. Pocas frases ilustran mejor el cambio de paradigma que está viviendo la economía mundial.

Visto desde la metodología del Chris Voss autor del libro, Never Split the Difference, la estrategia pública mexicana parece haber caído en una de las trampas más frecuentes de cualquier negociación, que es intentar convencer a la otra parte respondiendo una pregunta que ésta ya había dejado de hacerse. Voss sostiene que el primer deber de un negociador no consiste en presentar mejores argumentos, sino en descubrir cuál es el verdadero problema que intenta resolver la contraparte. Antes de persuadir hay que comprender. Comprender implica aceptar que el otro puede estar tomando decisiones con una lógica completamente distinta. Esto lo he comentado repetidamente en varias de mis columnas anteriores.

Durante décadas, la integración económica de Norteamérica se construyó sobre un principio de producir donde fuera más eficiente para reducir costos y beneficiar al consumidor. Bajo ese paradigma, advertir que modificar el tratado elevaría los precios era un argumento poderoso. Pero el mundo cambió. La pandemia dejó al descubierto la fragilidad de las cadenas globales de suministro. La prioridad dejó de ser exclusivamente producir más barato. Comenzó a ser producir con mayor seguridad. La economía busca minimizar costos. La seguridad busca reducir riesgos.

La diferencia entre costo y seguridad no es nueva. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, EU transformó por completo la forma de viajar en avión. Se creó un enorme aparato institucional de seguridad, se reforzaron los controles aeroportuarios, revisiones mucho más exhaustivas y tiempos de espera considerablemente mayores. Viajar dejó de ser eficiente. Se volvió más lento, más costoso y más incómodo para millones de personas. Desde una perspectiva estrictamente económica, muchas de esas medidas son ineficientes. Sin embargo, muy pocos proponían eliminarlas para abaratar los boletos o reducir las filas. El objetivo ya no era maximizar la eficiencia, sino minimizar riesgos. Cuando cambia la prioridad, cambian también los criterios con los que se toman las decisiones. Algo similar comenzó a ocurrir con la política comercial estadounidense.

Durante años se asumió que integrar las cadenas de suministro hacía al mundo más eficiente. Hoy también se reconoce que esa misma dependencia puede utilizarse como instrumento de presión geopolítica. Desde esa perspectiva, aceptar mayores costos para mantener capacidad industrial propia deja de parecer una decisión irracional. Es exactamente lo que hoy defiende Estados Unidos. Está cambiando el pensamiento económico.

Algunos sostienen que el voto en contra de mantener el T-MEC se debió a la negativa del gobierno mexicano a extraditar a Rubén Rocha Moya. Aun si ese episodio hubiera influido en la negociación, se trataría de un factor coyuntural. El cambio de fondo es estructural y comenzó mucho antes. Basta observar las decisiones que Washington ha venido adoptando desde hace varios años. Los aranceles al acero y al aluminio, el endurecimiento de las reglas de origen y la incorporación de temas como la seguridad fronteriza, el fentanilo y la migración dentro de la propia discusión del T-MEC. Todas responden a una misma lógica. Reducir vulnerabilidades estratégicas y fortalecer la capacidad productiva de EU aun cuando ello implique mayores costos económicos.

Mientras México insistía en demostrar que los consumidores estadounidenses pagarían más por automóviles y otros productos, Washington discutía otro problema. Reducir vulnerabilidades estratégicas y cómo preservar industrias consideradas esenciales para la seguridad nacional. Temas que antes habrían sido ajenos a un tratado comercial como la seguridad fronteriza, la migración, el fentanilo y reglas de origen más estrictas pasaron a ocupar un lugar importante. El tratado dejó de ser exclusivamente un instrumento para facilitar el comercio y comenzó a formar parte de una estrategia más amplia de seguridad económica.

Krugman hizo además una observación que debería llamar especialmente la atención de México. Recordó que la mayor virtud del sistema comercial construido después de la Segunda Guerra Mundial no era únicamente mantener aranceles bajos, sino ofrecer reglas estables y previsibles. Incluso afirmó que preferiría aranceles permanentes antes que negociaciones continuas que impidan saber cuáles serán las condiciones del año siguiente. Su argumento es claro. La inversión puede adaptarse a distintos niveles de costos, pero difícilmente prospera cuando desaparece la certidumbre. Las revisiones anuales no disminuirán las exportaciones, disminuirán las inversiones.

Durante décadas, la pregunta dominante fue: ¿qué política produce bienes más baratos? Hoy la pregunta es, ¿qué política hace más seguro al país? Quien siga respondiendo la primera estará negociando un mundo que ya no existe. Mientras que México discutía el costo de perder eficiencia, Estados Unidos discutía el costo de perder seguridad. Cuando una negociación enfrenta eficiencia contra seguridad nacional, la seguridad nacional siempre termina imponiéndose. Como reconoció el propio Paul Krugman, ya no estamos en el mundo de hace veinte años, hace falta a los negociadores darse cuenta.

* Por el receso de verano, esta columna regresará el lunes 17 de agosto.


Contenido sindicado vía RSS de El Financiero. Nota original: https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/jacques-rogozinski/2026/07/20/krugman-las-vacas-sagradas-cambian-de-opinion/

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