Siguen las noticias sobre la IA acumulándose cada semana. Para quienes pretendemos seguir con cierta proximidad los acontecimientos, resulta paradójico que ni la propia IA nos pueda reportar sus hallazgos, sus desvíos, sus ataques autonómicos y sus permanentes desafíos a lo posible.
El paso de la IA generativa a la IA agéntica ha supuesto un brinco cuántico y la visión de la IA general, antes vista como un “territorio-ficción”, cada día se mira más cerca.
A quienes pretenden reducir el golpe histórico que la IA representa para el futuro de la humanidad a que es “una herramienta”, habría que decir que tienen razón; el asunto es que los términos de la ecuación están mutando y somos ahora los humanos los que nos estamos convirtiendo en “su herramienta”.
En medio de esta deslumbrante carrera hacia no sabemos dónde, ciertas disciplinas se vuelven críticas en la toma de decisiones de gobiernos y corporaciones.
En el preocupante uso criminal de la IA, los temas de privacidad de datos, seguridad y ataques a sistemas urgen a tener regulaciones que contengan sus evidentes efectos adversos; y en esa transversalidad de la IA, la Propiedad Intelectual se ha convertido en el centro de buena parte de los debates.
No se trata sólo de la interacción entre estos mundos confrontados, en el que dos grandes vertientes dan forma a la polémica: por una parte, la negativa de autoría a las obras creadas con IA generativa; por el otro, el reiterado acuse de plagio que se dirige a todos los chats que promueven el uso de IA, por la utilización, de origen, de millones de obras, textos e imágenes que yacen en internet como el gran repositorio de la humanidad.
Las soluciones judiciales y legislativas en el primer caso, como sabemos, se han alineado —nuestro país entre ellos— a la confirmación de que, si una obra no acredita aportaciones humanas sustanciales, no es susceptible de protección legal.
En el segundo caso, las sentencias de los asuntos llevados a diversos tribunales en el mundo por titulares de derechos de autor por el uso de sus obras han sido casuísticas, atendiendo a las particularidades de cada reclamación y las pruebas aportadas.
Esta discusión, sin embargo, está dejando un grave lastre que la Propiedad Intelectual no reconoce como desfalco de su propio capital histórico.
En medio de la confusión, las resoluciones basadas en la legislación de derechos de autor de todos los países, que siguen negando protección a las obras creadas con IA por no existir un “autor humano”, desaparecen la razón de ser de la fórmula esencial del derecho de autor, consistente en devolver al autor su parte en la cadena de valor de creación y consumo de la obra, que es el pago de sus regalías.
Sin protección, la obra no vale; es un bien “de todos”, al que no se debe regresar pago alguno.
De esa manera, aún teniendo una obra —vamos a suponer— gráfica de alto valor en términos estéticos y de identidad, la misma será comunicada sin que exista reivindicación alguna de su autoría.
Aferrarse a un principio —la autoría humana— no necesariamente significa honrarlo.
¿De verdad no existen autores en este proceso de creación de la obra generada con IA? ¿Es el usuario? ¿Es el productor de la plataforma? ¿Son ambos?
Tal vez, en el futuro, el diferenciador en los pagos a las plataformas de IA será la entrega o no de derechos autorales a sus usuarios.
Lo que parece quedar claro, en esta apuesta sin ganador posible, es que sin protección la obra carece de valor —se banaliza—, y sin valor que custodiar, la Propiedad Intelectual no se justifica, por la simple razón de que no hay propiedad.
Contenido sindicado vía RSS de El Financiero. Nota original: https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/mauricio-jalife/2026/08/19/ia-y-propiedad-intelectual-una-polemica-que-acaba-mal/