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Regreso de unas semanas de vacaciones de verano en las cuales pude abocarme a terminar de leer un libro oportuno. El periodista británico John Kampfner publicó recientemente Braver New World: The Countries Daring to Do Things Others Won’t, un escrito valioso para cualquiera interesado en la gestión de políticas públicas y en la capacidad de la democracia liberal de generar resultados para todos. Tras tres años de visitar y analizar un abanico de políticas en nueve países no autocráticos, la tesis de Kampfner es sencilla pero diáfana: la innovación en la gestión pública no suele nacer en naciones o potencias satisfechas de sí mismas, sino en países que, enfrentando retos o con la espalda a la pared, decidieron resolver problemas que otros declaran o postulan como insolubles. Vale la pena recorrer brevemente y destilar esos casos, porque cada uno ofrece una lección que México -ensimismado, polarizado, nadando de muertito en el mundo, gobernado por un régimen que orondo se proclama dizque “progresista” pero que actúa como todo menos eso y “humanista” (sea lo que sea que este galimatías conceptual quiera decir), con un nacionalismo rancio y defensivo y una miopía cada vez más aguda- necesita procesar.

Empecemos en Europa. Viena lleva un siglo construyendo vivienda social donde el 60% de sus residentes vive en unidades subsidiadas sin estigma, generando comunidades mixtas, vitales y funcionales. Eso en buena medida ha hecho de la capital austriaca una de las ciudades que año con año es ranqueada como una de las primeras dos o tres de la lista de las ciudades más vivibles y funcionales del mundo. La lección: la vivienda pública bien diseñada no es asistencialismo, es infraestructura urbana de largo plazo que de paso ayuda a mitigar el impacto de la “gentrificación”, algo que México, con su déficit habitacional crónico y su dependencia de desarrolladores privados poco regulados, apenas empieza a discutir de manera maniquea. Finlandia diseñó un sistema educativo que prepara a los niños para adquirir la flexibilidad para adaptarse a un futuro laboral incierto, no para pasar exámenes. La lección: es la educación como apuesta de futuro, no como campo de batalla ideológico entre la “vieja” y la “nueva” escuela. También en el Báltico, Estonia se transformó en una generación en el gobierno digital más avanzado del mundo, con 97.6% de los servicios estatales disponibles en línea. La lección: la digitalización del Estado reduce corrupción, mejora la transparencia y rendición de cuentas y acerca al ciudadano a su gobierno, exactamente lo contrario de la opacidad y corrupción que siguen caracterizando a buena parte del aparato administrativo mexicano.

En Asia, Taiwán logra un sistema de salud con 90% de satisfacción ciudadana a una fracción del costo de sistemas comparables. La lección: la eficiencia y la cobertura universal no son opuestos, son producto de diseño institucional inteligente, no de más presupuesto o de retórica. Mientras, Japón ha desarrollado residencias y vivienda intergeneracionales que devuelven dignidad a sus adultos mayores sin aislarlos del resto de la sociedad. La lección: enfrentar el envejecimiento poblacional con diseño institucional, no con discursos sobre la familia tradicional como sustituto de política pública. India, a través de aplicaciones móviles y sistemas de pago electrónico, emancipó económicamente a millones de pequeños comerciantes y agricultores. La lección: la inclusión financiera digital puede ser una herramienta de justicia social más poderosa que los programas de transferencias directas.

Marruecos ha construido en el Sahara una infraestructura solar capaz de abastecer a dos millones de hogares. La lección: la transición energética puede ser motor de soberanía energética real, no la retórica nacionalista de Pemex con su paradigma de energía fósil como símbolo identitario, sino generación distribuida, limpia, renovable y exportable.

En América, Costa Rica triplicó su economía mientras duplicaba su cobertura forestal, demostrando que la política ambiental puede ser motor de crecimiento, no un freno. La lección: la falsa disyuntiva entre desarrollo y sustentabilidad es, precisamente, falsa. Y Canadá ofrece, quizá, el caso más incómodo para el debate migratorio actual en Estados Unidos y Europa (y crecientemente en Sudamérica): un sistema de inmigración basado en puntos, una política de asilo real, planeación demográfica de largo plazo y un consenso bipartidista de que la migración bien gestionada es una oportunidad, un motor de crecimiento económico, y no una amenaza a la identidad nacional. La lección: la migración puede diseñarse como política de Estado con metas, criterios y capacidad de absorción -no como un fenómeno que debilita, que se emplea como válvula de escape o se utiliza como moneda de cambio diplomática.

¿Qué tienen en común estos nueve casos de éxito? Ninguno apela al victimismo histórico ni a la soberanía ramplona o a la confrontación retórica con un vecino como sustituto de la acción. Ninguno presume que basta con “tener otros datos” o con regresar al pasado para resolver problemas del presente y futuro. Todos parten de un diagnóstico honesto de sus limitaciones y construyen, con pragmatismo, soluciones medibles. México, en cambio, vive mirándose el ombligo. Dos gobiernos consecutivos han convertido la política exterior en un parapeto de narrativa defensiva -“respeto a la soberanía”, “no intervencionismo”- mientras los problemas estructurales que Kampfner identifica como urgentes en otras latitudes (salud pública eficiente, vivienda digna, transición energética real, educación para el futuro, digitalización del Estado, justicia ambiental, inclusión financiera, gestión migratoria con visión de Estado) permanecen sin resolverse o, peor, retroceden.

La paradoja es evidente: mientras Taiwán, Estonia o Costa Rica -países con fracciones del tamaño económico del nuestro- producen resultados medibles y tangibles que mejoran la vida cotidiana de sus ciudadanos, México ha gastado su capital político en pleitos diplomáticos, en la centralización del poder bajo la narrativa de la llamada “4T” o en el manejo reactivo de su frontera sur como apaciguamiento ante presiones externas, sin una política migratoria integral propia, planeada y con objetivos nacionales claros. Kampfner advierte que la innovación audaz no requiere riqueza, sino voluntad política y honestidad sobre los fracasos propios. Esa es, quizás, la lección más incómoda para un gobierno que ha convertido cuestionamientos a su gestión en sinónimo de “traición a la patria” y la crítica externa en “intervencionismo”. Mientras Taiwán cuida la salud, Estonia digitaliza, Costa Rica reforesta, Finlandia educa o Canadá aplica una política migratoria integral, el gobierno de México recurre a cortinas de humo, pontifica sobre la soberanía en lugar de fortalecerla, reduciendo vulnerabilidades y flaquezas internas, y discute si ayer hubo un “compló” en su contra. La valentía, visión y fortalecimiento de la soberanía, al final, no se abonan con baladronadas y estridencias frente al exterior: se robustecen mirando hacia dentro con la disposición y voluntad de crear consensos para cambiar lo que no funciona.

La búsqueda de una nueva forma de hacer política, una que ofrezca mejores resultados para la ciudadanía, apenas comienza. Un sinfín de problemas que enfrentamos son similares. Muchos de los desafíos ya se perfilan: desde la IA hasta la demografía y el cambio climático. Otros aún están por asomar la cabeza. Y en muchos países, los puntos de referencia se han reducido. Más que en cualquier otro momento de mi vida, veo a México hoy como un país a la deriva. Sin embargo, si nos esforzáramos más por aprender unos de otros, por adquirir conocimientos y experiencias de lugares lejanos, avanzaríamos más en la identificación de soluciones. Descubriríamos que los principios que debemos adoptar suelen ser transferibles de un país a otro. Lo que necesitamos es aprender y colaborar globalmente para resolver localmente; o lo que postulamos desde la campaña presidencial ganadora en 2006: más México en el mundo y más mundo en México.


Contenido sindicado vía RSS de El Financiero. Nota original: https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/arturo-sarukhan/2026/08/05/hay-que-sacar-la-cabeza-de-la-arena/

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