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En Hombre al agua (México, 2026), cauteloso tercer largometraje como realizador del internacionalizado actor capitalino de 48 años Gael García Bernal (largometrajes previos: Déficit, 2007 y Chicuarotes, 2019; cortometraje "La carta" incluido en la cinta colectiva francesa 8, 2008, y segmento "Lucio" del film-ómnibus Revolución, 2010), con guion suyo y del dramaturgo argentino Mariano Pensotti, el otrora impulsivo salvavidas cubano Camilo (interpretado en clave autoirrisoria por el actor-realizador) vive ahora aplatanado y subsumido en un idílico exilio yucateco, dentro de la mansión infantil de su esposa saltadora de garrocha Juana (Esmeralda Pimentel), la muy guapa pero desencantada y reacia al sexo hija del agradecido millonario a quien Camilo heroicamente le salvó la vida Abel (Jorge Salinas), antes de convertirse en su imprescindible asistente al frente de sus turbias manipulaciones fabriles, y pronto (luego de sufrir el magnate un trastorno mental a raíz de un accidente automovilístico) en su jefe de campaña para la gubernatura del estado, perpetuando la ignominiosa situación del siempre flamante habanero Camilo, quien con el tiempo ha pasado de ser la desvelada nana telenovelera de su bebita Sasil, a ejecutor de las peores arbitrariedades antiproletarias, a vil custodio de la embarazada amante argentina de su patrón Silvina (Natalia Oreiro) y a volverse modélico ceroalaizquierda de la película autobiográfica que a sus espaldas escribe y dirige su poderosa mujer Juana, cediéndole el rol protagónico femenino a la despampanante TVestrella brasileña Fabiana (Débora Nascimento) y el papel de un chaparrín acomplejadazo aunque idealizado Camilo al apabullante galán alto y fortachón Robbie (Ricky Martin), en tanto que el infeliz verdadero Camilo se homologa genéricamente con un merodeador seudoexmarido de Silvina (Manuel García-Rulfo), hasta entender que "Esto es un policía, no un melodrama", si bien un thriller policial que nunca llega a estallar efectivamente, pese a que las identidades de todos los personajes cambian, se duplican y trastocan, a fuerza de mezclarse grabaciones y deseos con lo real objetivo, acentuando y grabando el tragicómico naufragio existentencial y la compleja salida a flote del irredento Camilo, a merced de un sofisticado e inextricable estoicismo glorioso.

El estoicismo glorioso propone como argucias dramáticas, vaciladas coruscantes o subjetividades extremas, las múltiples crisis que afectan al egocéntrico aunque frágil Camilo, desmembrado como la película misma en varias dimensiones críticas, todas ellas humillantes, repartidas entre el sexo, la política, la sátira social y la identidad, para constituir a la altura de las circunstancias, e híbrida manera prominente, una dimensión sexual ingenuamente humillante donde medran una fallida cópula conyugal de cucharita exigiéndole Juana a Camilo una fantasiosa alteridad excitante con acento colombiano o nada ("¿De Cartagena o de Bogotá?"), un intenso contacto carnal semionírico con la ofrecida Fabiana sintiéndose a media noche el personaje ficticio que va a encarnar, y un terapéutico trío de efectos catárticos para Camilo con la misma Fabiana que ya interpreta el papel de Juana cuando son dirigidos fílmica y participativamente por ella; una dimensión política divertidamente humillante que armoniza una liberacionista ejemplar TVnovela brasileña en b/n acerca del ascenso de Lula da Silva, un nombramiento a Camilo como jefe de campaña electoral en el mingitorio al desalentador estilo de Lyndon B. Johnson ("Eres el hombre ideal para que me acompañe en la política"), un trastornado arrebato del mefistofélico Abel para lanzarse a la intempestiva contienda ciudadana con spots bomba y ecologista-populista discurso "de vanguardia", y esa invocación oportunista a su tocayo prócer Cienfuegos que hace este inconsciente canallita Camilo educado por el socialismo caribeño después de cesar a un tercio de los trabajadores de una fábrica interviniendo controladoramente sus protestas; una dimensión satírica social estruendosamente humillante que destroza el espejismo de la decisión individual siempre engañosa y lastrada ("Vamos a hacer una película sobre mi vida"/"¿Tu papá va a pagarla?" /"Sí"); una dimensión identitaria cruelmente humillante que endiosa el despojo alienante y la enajenación conducente al vértigo de la no-identidad de Camilo vuelto pésimo intérprete sucedáneo de él mismo al renunciar el insufrible guapo Robbie ("Yo puedo hacer de mí mismo"); todo ello gestionado y movilizado, o más bien inmovilizado por la apatía del irrecuperable protagonista, rayana en lo irritante.

El estoicismo glorioso prolonga ambigüedades hasta crear un juego de espejos donde todo puede ser y no ser a la vez, nunca consecutivamente ni al mismo tiempo, en un laberinto desleído y deliberadamente frustrante, gracias a la edición de Yibrán Asuad, donde los antecedentes anecdóticos son narrados por una sumaria voz en off que resulta ser de la propia esposa despectiva, la fotografía de Fabrizio La Palombara conjunta el esplendor paisajista marino con una curiosa claustrofobia del vacío, la música ambiental de Memo Gómez acaba recurriendo conceptualmente a la arcaica sabiduría de la sabrosa canción cubana vuelta al derecho y al revés, más cerca del batidillo y de la ambición desmedida que del cálculo o la contundencia, como garantía de una autoflagelación triunfal del héroe en suspenso a lo Saul Below ("Si lo que vivimos es una farsa, invéntate una farsa que sea buena").

Y el estoicismo glorioso contempla a su inveterado Camilo sobreviviendo a su propia debacle, plácida y familiarmente instalado en la playa, equivalente a la primigenia de Varadero, pero donde el instintivo ímpetu socorrista del varón todavía prevalece, incluso si primigenio y descompuesto, lanzándose al rescate de un ahogado, pero quedando suspendido en los aires en una imagen congelada, sin poder alcanzar simbólicamente el agua.


Contenido sindicado vía RSS de El Universal Cultura. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/cultura/confabulario/gael-garcia-bernal-y-el-estoicismo-glorioso-por-jorge-ayala-blanco/

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