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La literatura mexicana está en deuda con su pasado remoto porque las novelas más leídas sobre el imperio mexica son El corazón de piedra verde, de Salvador de Madariaga, y Azteca, de Gary Jennings, ambos extranjeros. Me pareció que era una omisión grave que no se hubiera hecho una novela sobre épocas anteriores, como si la Conquista fuera el único episodio novelable del pasado de México”, afirma Enrique Serna sobre El dios hambriento (Alfaguara, 2026), su novela más reciente.

En la entrevista y en el epílogo del libro menciona que, desde la infancia, cuando su madre lo llevó al Museo Nacional de Antropología, se sintió atraído poderosamente por las maravillas y atrocidades del imperio mexica: “Con una mezcla de fascinación y morbo. Mi vocación literaria me llevó por otros caminos, pero siempre tuve archivado en el inconsciente la idea de transportarme a ese mundo fabuloso y macabro. Esa ilusión infantil renació en 2018, cuando escribí el argumento de una teleserie sobre la Conquista para Televisa. Mi asesora histórica, Andrea Martínez Baracs, me dio una serie de lecturas para profundizar mi conocimiento de esa época de la historia. El proyecto quedó en los archivos de Televisa, nunca se concretó porque, entre otras cosas, se atravesó la pandemia. Más adelante hice el libreto de la ópera que escribió Federico Ibarra, El vencedor vencido, sobre la expedición de Hernán Cortés a Las Hibueras. Pero la idea que tenía para una novela era retroceder en el tiempo, a la gestación del imperio azteca; es decir, al año 1430, que son 90 años antes de la Conquista”. Novela que es, al mismo tiempo, una reescritura de la historia y puede servir, sin necesidad de un conocimiento previo, como introducción al momento en que nace el imperio mexica, afirma. En entrevista, Serna habla de los orígenes de El dios hambriento y cómo el poder se sirve de la historia mexicana a favor de sus narrativas.

Le interesan los discursos del poder en un periodo histórico. Ese periodo hoy se utiliza para una línea que glorifica el nacionalismo, ¿me puede hablar de esto?

Al escribir la novela sólo tenía la idea de que el lector se transportara conmigo a esa época. Lograr una inmersión lo más profunda posible. Tenía en mente una idea de Flaubert: cuando él estaba escribiendo Salambó, que ocurre en Cartago, una ciudad mítica que ya había desaparecido en el momento en que hizo la novela, se reunió con un grupo de amigos y dijo que lo que buscaba era suministrar a sus lectores unas bocanadas de hachís histórico. Quise hacer algo parecido. La idea de escribir una novela que produzca efectos alucinógenos tiene que estar sustentada en una buena reconstrucción histórica. La verosimilitud es importante para lograrlo. Para nada tengo en mente que mi novela forme parte de esa polémica de hoy entre los adoradores del pasado prehispánico y sus contrincantes.

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Creo que la literatura trata de crear un espacio autónomo al margen de esas disputas ideológicas.

¿Cuál fue el detonador de El dios hambriento?

El hecho que disparó mi curiosidad fue una injusticia grave contra Nezahualcóyotl, cuando su ejército y el de Moctezuma habían vencido ya a los usurpadores del reino del Acolhuacan. Ahí, Tlacaélel le impuso a Nezahualcóyotl una guerra ficticia, sin derramamiento de sangre, en la que los acolhuas aparecieran como perdedores de la guerra, se quemara el altar del Templo Mayor de Texcoco para que, entonces, pareciera que los mexicas eran el reino dominante en la Triple Alianza. Preguntarme qué fue lo que detonó esta humillación fue el disparador. Toda la intriga palaciega de mi novela es una historia de ficción.

¿De dónde viene el interés por los claroscuros de la historia?

Surge de un afán de mostrar las épocas del pasado como pudieron ser y, sobre todo, de un intento por calar hondo en la psicología de aquellos personajes. Eso no lo puede hacer la Historia porque tiene ciertas limitaciones, aspira a una verdad objetiva. Mientras que el novelista histórico busca una verdad subjetiva que sólo tiene validez en los límites de la ficción. Eso permite calar más hondo en el alma del personaje. ¿Qué me llevó a la novela histórica? A partir de los 40 años empecé a sentirme expulsado del presente porque nuestra ciudad está en perpetua reconstrucción. Nada de lo que había en mi niñez, en la colonia donde viví, existía para entonces. Digamos que las referencias biografías que tenía habían desaparecido. Eso me llevó a quererme exiliar en el pasado. Ahora ya completo una tetralogía de novelas históricas.

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Creo que es relevante señalar que en el presente se olvidan esa complejidades

La novela es el mejor antídoto contra la polarización que provocan las redes sociales, que tienden siempre a generalizar, hacer simplificaciones y satanizar o idealizar algo. La novela sirve justamente para librar esos escollos.

¿El poder necesita crearse narrativas para actuar?

Es interesante ver cómo diferentes regímenes políticos en México han buscado interpretar la evolución histórica del país. Hay una inscripción de Jaime Torres Bodet en el Museo de Antropología, en donde dice que no hubo vencedores ni vencidos, sino que se sembró la semilla de una patria nueva, etcétera... Digamos que, en ese momento, el régimen del PRI tenía la intención de que los mexicanos no se victimizaran ni se vieran como un pueblo vencido. Esa era una posición inteligente de parte del PRI.

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Hoy hemos pasado a exacerbar una polarización para sacar raja política de ella, resucitando odios que en gran parte ya habían desaparecido. Siempre la gente que excita el odio tiene muchos partidarios, sobre todo en las redes sociales, donde casi nadie escribe para decir algo positivo de otra persona, sino para joderla. Agustín Basave ha llamado a esta época “la era de la ira”, lo cual es una expresión muy afortunada.

Son discursos distintos, pero, ¿hay algo similar con los manejos del PRI?

Hay una similitud enorme, que es la de formar, otra vez, un partido hegemónico que se eternice en el poder. Desde luego que esa es una de las características que tiene el régimen actual en México.

Ahora, en cuanto a su política cultural, veo una idea de que lo único que vale la pena de la cultura mexicana son las artesanías, los textiles... Y más bien, un cierto menosprecio de toda nuestra gran riqueza, por ejemplo, literaria, pictórica y demás.

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No creo que el pasado prehispánico sea lo único rescatable de nuestra historia.

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