En 1999 llegó a los cines argentinos Silvia Prieto, una comedia minimalista de bajo presupuesto con la que el incipiente cineasta Martín Rejtman (1961) hacía un retrato de la Argentina de finales del siglo XX, mediante personajes al borde de una deriva existencial, como su protagonista principal, Silvia Prieto, una chica que cuando cumple 27 años decide que es el momento de cambiar su vida, buscarse un trabajo y averiguar por qué hay otras mujeres que llevan exactamente su mismo nombre.
Considerada un símbolo del Nuevo Cine Argentino, la cinta de Rejtman es una historia que 27 años después sigue encontrando espectadores, sobre todo entre las nuevas generaciones, aunque su realizador no termina de comprender qué conexión encuentran los jóvenes de hoy con una película ambientada en los años noventa. Quizá sea la fascinación por esa década, el fetichismo por el celuloide o la presencia de dos iconos nacientes de la música argentina de esa época: Rosario Bléfari, cabeza del grupo de rock alternativo Suárez, y Vicentico, vocalista de Los Fabulosos Cadillacs.
Lo que sí tiene claro este director es que, desde que hace unos años fue sometida a un trabajo de remasterización que permitió recuperar el negativo original y trasladarlo directamente a digital, la cinta ha tenido un renacimiento. A partir de ese rescate, la cinta ya forma parte del catálogo de MUBI y en México recientemente se pudo ver en dos funciones especiales: en Guadalajara, como parte del Festival MUBI en el que Rejtman fue invitado especial, y el pasado 22 de septiembre en una función única en la Cineteca Nacional.
En entrevista con Confabulario, el realizador argentino habla sobre la realización de Silvia Prieto, una película clave dentro de su cinematografía en la que también figuran títulos como Rapado (1992), Los guantes mágicos (2003), Dos disparos (2014) y La práctica (2023).
También habla del humor en su obra, caracterizada por la comedia seca, el humor absurdo y por retratar la cotidianidad y personajes abatidos o melancólicos de la clase media recuerda detalles, así como de los recortes que han golpeado el sector cultural en Argentina, particularmente a la industria cinematográfica, y que han puesto en crisis las funciones del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA).
Silva Prieto es una historia de finales del siglo pasado, ¿qué resonancias puede tener esta historia de una época que parece lejana con la actualidad?
Creo que las historias muchas veces van independientes de la época en que transcurren. Cuando las películas persisten un poco en el tiempo, la época es un contexto, un marco, pero hay algo que va más allá. Creo que algo así puede pasar con esta película porque se sigue proyectando a lo largo del tiempo. No es que se estrenó en su momento y se quedó ahí, sino que hay constantes rescates y reestrenos. Sigue encontrando públicos. Las últimas veces que estuve en proyecciones es gente muy joven siempre, entonces hay algo que ven ahí que conecta con el momento y la verdad es que no sé qué es. Es más como para preguntarle a ellos. Creo que hay varias cosas. Una es que hay cierta fascinación con el momento en que se filmó la película, los 90. También, creo, las nuevas generaciones tienen una especie de fetichismo por las películas hechas en fílmico. Después, está la protagonista de la película, Rosario Bléfari, que falleció hace unos años y era una actriz, cantante, música, artista excepcional en todos los sentidos. Yo escribí la película para ella, éramos muy amigos y ella tiene seguidores en todos lados en Latinoamérica.
¿Qué hay sobre el contexto de esa sociedad argentina clasemediera que retrata en esa cinta con las lecturas que tienen ahora las nuevas generaciones?
Creo que la Argentina siempre fue un país mayormente de clase media. El foco de mis películas siempre está ahí en esa clase media argentina que estaba mejor o peor, pero que siempre está a pesar de todas las situaciones y las crisis que cada vez son peores y que cada vez hay más pobreza. Sin embargo, hay una clase media bastante fuerte que sobrevive. Lo que caracteriza a Argentina en Latinoamérica sobre todo es eso, su clase media.
Con respecto a hoy, estamos con un gobierno un poco raro en la Argentina, muy fuera de la norma. Odio hablar de política cuando me toca hablar de mis películas, pero es que el mundo está en un momento raro, muchos países están pasando por extremos impensados en otro momento y eso tiene repercusiones graves en todo, pero para la cultura es casi una estocada, no de muerte porque la cultura siempre va a estar, de algún modo va a sobrevivir, pero es terrible sentir que la cultura, más que un valor para un país, es un enemigo. O sea, el Estado argentino considera la cultura su enemigo.
Desde aquí hemos escuchado lo que ha pasado con el sector cultural en Argentina, con los recortes al Instituto Nacional de Cine a la llegada del presidente actual. Sin embargo, cada vez nos llegan más producciones cinematográficas, hay una vibrante literatura argentina. ¿Qué formas de resistencia está encontrando la cultura, la literatura, la cinematografía en ese contexto de recortes y de crisis?
Es cierto que se siguen haciendo cosas, pero con menos recursos. La Argentina siempre produjo mucha cultura. La literatura necesita de menos recursos que el cine y el teatro, por ejemplo. Teatro sigue habiendo muchísimo y muy bueno. Como Buenos Aires es probablemente la ciudad con más teatros en el mundo, hay cantidad de espectáculos para ver de todo tipo, desde producciones grandes hasta producciones muy chiquititas. Obviamente no hay un Broadway en Buenos Aires, pero hay producciones más o menos grandes que no son las más interesantes; las más interesantes son las independientes y hay miles de salas de teatro independiente que siguen funcionando a pesar de que recortan los subsidios que había, la gente aquí no espera a tener la plata para hacer las cosas. Hace las cosas y luego ve cómo se las arregla.
En el cine es más difícil, sobre todo si no estás haciendo tu primera película. Si es tu primera y contás con tus amigos de la universidad o de la escuela de cine, existe la manera de hacerlo, pero cuando ya hiciste varias películas no podés acudir a la buena voluntad de amigos todo el tiempo. Uno no puede pedir favores interminablemente. Entonces, hay que encontrar el dinero real para cubrir los costos verdaderos de lo que cuesta hacer una película sin contar con el Instituto de Cine en la Argentina. Se hace muy complicado porque uno puede acceder a fondos de afuera, pero te dicen: "Bueno, si no hay dinero en tu país, ¿cómo vas a hacer la película?" Entonces eso corta muchas las posibilidades. Estamos todos ahí viendo cómo hacer.
Volviendo a Silvia Prieto, ha contado que la hizo con bajo presupuesto, es una película independiente, hecha con sus amigos, ¿qué experiencias y aprendizajes le ha dejado esas primeras producciones de bajo presupuesto que ayudarían en un contexto de crisis como el actual?
Sí, esa película se hizo realmente como comentabas. La directora de fotografía era mi amiga, tenía su cámara y una camioneta donde cargábamos los equipos. Salíamos a filmar todo muy cerca de mi casa porque en mi casa estaban las luces, los trípodes, todo el equipo estaba en el living de mi casa. Durante todo ese tiempo tenía que pasar esquivando todo eso, mi casa era una especie de oficina de producción. El sonidista era mi vecino y era el dueño de la locación principal de la película, la casa de la protagonista Silvia Prieto, a media cuadra de mi casa. Todo estaba cerca. Pensé la película como para que se pudiera hacer así, con esas restricciones y tratar de que esas restricciones se convirtieran finalmente en valores, no en límites. Yo sigo trabajando así de algún modo, las limitaciones que tengo de presupuesto intento que finalmente se conviertan en un valor de la película; que no se vea como una limitación, sino un estímulo para encontrar una solución mejor. Ese es como el aprendizaje más importante de Silvia Prieto en cuanto a producción.
Su estilo se ha caracterizado por el humor o la ironía como recurso. ¿De alguna forma el humor le permite mostrar mejor la fragilidad humana que el drama?
No sé, creo que de las dos maneras uno puede mostrar la fragilidad humana. Mi camino fue ese, le escapo al drama. Realmente prefiero la liviandad del humor y no creo que por liviano sea menos profundo. El humor termina mostrando cosas que el drama tal vez no puede mostrar. Le escapo al drama básicamente, no me interesa mucho y le escapo a los extremos en el cine. Prefiero las historias que no son tan extremas.
Además del cine, se ha dedicado a la escritura en los últimos años. ¿En qué está trabajando ahora?
Sí, ahora estoy trabajando justamente en un libro que voy a publicar el año que viene. Estoy escribiendo más literatura que cine, pero al mismo tiempo estoy pensando que ese texto tal vez lo adapte al cine, o sea, es como un trabajo doble: una historia que por el momento es literaria, pero que se va a convertir en una película.
Por lo general, cuando escribo literatura y cuando escribo un guión de cine no mezclo las cosas, salvo con mi primera película, Rapado, que sí se originó de un cuento, pero sí he tenido una carrera paralela durante mucho tiempo. No son mundos tan diferentes los que se cuentan en la literatura que los que se cuenta en el cine, son bastante similares.
Parece que en este momento estamos en un momento de despedida de ciertas formas de entender el cine, de entender la literatura, la cultura en general con el auge de la Inteligencia Artificial y las nuevas formas de ver el cine, ¿cómo ve la actualidad respecto a estas transformaciones culturales?
No solamente la cultura, el cine y la literatura, sino todo. Estamos viendo cómo día a día uno se encuentra con que las cosas funcionan de otra manera. Claramente, tanto el cine como la literatura y la vida, el trabajo, la vida social, todo está mutando. Es difícil la pregunta porque es algo que está en constante movimiento. A mí, por el momento, no me está afectando demasiado, simplemente uso la Inteligencia Artificial cuando escribo para buscar algún sinónimo. Lo mismo que antes cuando uno googleaba algo que no sabe. Yo lo uso en ese sentido. Por ejemplo, si estoy escribiendo desde Buenos Aires y tengo situaciones que transcurren en Italia y en Alemania, lo uso para buscar lugares y para confirmar que lo que estoy escribiendo tiene sentido, que no me estoy equivocando con algunos datos, etcétera, pero no la uso nunca como para pedirle que escriba un texto en determinado estilo o algo así. No me interesa ni siquiera probarlo, hasta me da un poco de miedo, en realidad. Tengo la sensación de que nadie sabe lo que va a pasar y cómo va a afectar la inteligencia artificial a la cultura en general, pero tengo la sensación de que, a pesar de que van a cambiar los medios de producción, siempre las voces particulares y específicas de los artistas van a seguir sintiéndose y haciéndose notar. Veo muy difícil que eso cambie o desaparezca.
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